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Ciudad sin muros

Este mes diversas peleas propiciarán una muestra de lo mejor del boxeo mexicano.

Antes y después del reglamento del Marqués de Queensberry, hubo peleas memorables. Son legendarios los pleitos en los muelles de Londres, Dublín y Bilbao, las grescas en las calles de Brooklyn, Dresden y Budapest, los enfrentamientos entre el gran Max Schmelling y el «Bombardero de Detroit» Joe Louis, el puñetazo que Luis Angel Firpo le propinó a Jack Dempsey antes de perder la pelea, los nombres de Fenoy, Joe Conde, Kid Azteca, Chango Casanova, Toluco López, Sal Sánchez, Púas Olivares, Alacrán Torres. Sin embargo, desde hace algún tiempo, la perversa curiosidad que desde la secundaria producen las broncas, ha decaído por falta de verdaderos pleitos. Por eso, han empezado a surgir mitos hechizos, a falsificarse historias, a inventarse combates. Por eso, desde los escándalos islámicos de Cassius Clay, se pretende hacer ídolos populares de cualquier boxeador más o menos eficiente.

«La televisión», pensaba Angelo Bartlett Giamatti, «ha deformado más a los deportes que informado al público acerca de ellos. La naturaleza misma de los deportes ha sido violada. La televisión los ha sentimentalizado. Ha convertido el drama en ópera. Todo es una interminable lista de arias». Si el cine ha creado grandes mitos boxísticos, la televisión ha hecho de magníficos peleadores como Julio César Chávez, personajes de telenovela, que ni en la decadencia adquieren dignidad.

Sin embargo, el oscuro mundo del boxeo, no exento de apostadores, empresarios turbios, boxeadores que venden barata su derrota, periodistas aviesos, aficionados incriminatorios, sobrevive en las arenas mortecinas de la provincia, en los peligrosos cuadriláteros de la frontera, en las esquinas de Pachecos, Oblatos y Mexicalzingo, en los gimnasios del centro de la Ciudad de México y en las funciones sabatinas de la Arena México o la entrañable Coliseo, donde todavía aparecen personajes como «el japonés de Xochimilco» Sergio Millán, o Eduardo Vampiro Gómez, siempre dispuestos al nocaut, a favor o en contra. También en el Cinturón de Oro MVS, en una inmensa discoteca que cambia de nombre con sospechosa frecuencia, pudieron verse peleas en las cuales la falta de técnica era suplida con la contundencia y la decisión callejera.

A pesar de la proliferación de categorías y organizaciones mundiales, que ha provocado que existan campeones en cada esquina, aunque sólo sean «campeones de abecedario», como los llamó Angel Fernández, existen todavía púgiles perseverantes, que se arriesgan en el lejano Oriente contra oscuros peleadores de nombres impronunciables, donde deben enfrentarse a prácticas insospechadas y bajezas cotidianas. Uno de esos boxeadores que se mantienen perseverantes, cuya arma suele ser la voluntad en detrimento del rostro, muchísimas veces heroicamente ensangrentado, es Daniel Zaragoza. Salvador Elizondo lo ha llamado «un romano». Desde hace mucho, su presencia en los cuadriláteros ha sido común, siempre a punto de caer, siempre reponiéndose como un viejo campeón que desprecia la victoria.

En el Centro Histórico de la Ciudad de México, el edificio que fue sede de la Escuela Nacional Preparatoria ahora aloja al Museo de San Ildefonso.

Húesped de la historia;

El Colegio de San Ildefonso fue establecido por la Orden Jesuita a finales del siglo XVI a fin de educar a los jóvenes de la época. A principios de siglo, se estableció en el local la Escuela Nacional Preparatoria. Actualmente, el edificio enmarca el museo donde se exhiben murales de Rivera, Orozco y Siqueiros entre otros. Cuenta con salones dedicados a distintas manifestaciones artísticas, entre los que destaca el Salón Generalito donde se muestran sillas en madera que pertenecieron al Convento de San Agustín.;

Empezó a funcionar como casa de formación de los jesuitas desde finales del siglo XVI; fusionó en 1618 con el Colegio de San Pedro y San Pablo y a mediados de esa centuria se convirtió, bajo el patrocinio real, en internado para alumnos de la Compañía. Estos jóvenes, destinados a desempeñar los puestos directivos de la sociedad virreinal, recibirían clases externas, en su residencia celebraban lúcidos actos literarios y representaban piezas teatrales de contenido religioso. El establecimiento prosperó a tal punto que en el siglo XVIII tuvo que construirse un nuevo y vasto edificio. Este es el que ha perdurado. En 1767, al ser expulsados los jesuitas de los dominios del Rey de España, los 300 estudiantes que se alojaban en San Ildefonso se dispersaron. El plantel fue ocupado por el Regimiento Flandes, pero volvió a ser centro docente a fines del siglo, bajo la protección de Miguel Domínguez, uno de los exalumnos, corregidor de Querétaro, al iniciarse la lucha por la Independencia. Los religiosos de San Ignacio regresaron a los pocos años y en 1833 José María Luis Mora y Valentín Gómez Farías crearon ahí la Escuela de Jurisprudencia. Durante la Regencia, la Junta de Notables devolvió el colegio a los jesuitas, pero al ocurrir la intervención francesa el inmueble fue convertido en cuartel por los invasores. Al triunfo de la República, Gabino Barreda, por disposición del presidente Juárez, fundó en San Ildefonso la Escuela Preparatoria, cuyos alumnos promovieron la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud. En 1910, al instituirse la Universidad Nacional, se incorporó a ella la Preparatoria; Victoriano Huerta la segregó y militarizó en 1914. El presidente Carranza asignó la Escuela al Ministerio de Educación y luego al gobierno del Distrito Federal. En 1920, siendo presidente Adolfo de la Huerta, regresó definitivamente a la Universidad. En 1929 Emilio Portes Gil concedió la autonomía a la máxima casa de estudios y San Ildefonso pasó a formar parte de su patrimonio.

A fines del siglo anterior, Joaquín Baranda, ministro de Justicia e Instrucción Pública, atendiendo una solicitud de Vidal de Castañeda y Nájera, director de la Preparatoria, dispuso que la sillería del antiguo coro de San Agustín se instalara en el Salón Generalito de la Preparatoria. El montaje se hizo en 1890. El siglo XX agregó nuevas notas de dignidad y belleza al edificio, pues en sus muros pintaron José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Jean Charlot, Fermín Revueltas, Fernando Leal y Ramón Alva de la Canal. La obra sobresaliente es la del maestro de Zapotlán en los muros del tercer patio. Ahí pintó, en la planta baja, Maternidad, La huelga, La destrucción del viejo orden, La trinchera y La Trinidad (obrero, campesino y soldado); en el primer piso, Los aristócratas, Acechanzas y otras alegorías del clero y del poder; y en el segundo, los temas del hombre al borde de la tumba, el hijo que se despide de su madre, la familia que queda atrás, los soldados improvisados y las soldaderas; y en la escalera, Cortés y la Malinche y algunas figuras de indígenas y evangelizadores. En general el conjunto orozquiano de la Preparatoria acaso quiera representar el origen del México mestizo (la escalera), la intuición de los ideales de renovación (planta baja), una crítica a las fuerzas negativas (primer piso) y la tragedia humana de la Revolución (segundo). Orozco realizó estas pinturas entre 1922 y 1925. El edificio ha sido restaurado y desocupado, en espera de que se le asigne un nuevo y noble destino.

Café con moda

En el local que hasta hace poco ocupaba el restaurante Teatrón, a un costado del Auditorio Nacional, se inaugurará en septiembre el Fashion Cafe. Así como el Hard Rock exhibe prendas y objetos de estrellas del rock, el nuevo restaurante, del que ya existen sucurales en Nueva York, Barcelona, Londres, Nueva Orleans, París y Manila, contará con fotografías y objetos relativos a modelos y al mundo de la moda. Sus accionistas Naomi Campell, Claudia Schiffer y Elle Macpherson prometieron asistir a la inauguración.

Una pequeña Europa Central

Por Giner Vizcaya

Ya a principios de siglo, los emigrantes extranjeros empezaban a conformar un mundo peculiar en la Ciudad de México. El afrancesamiento porfiriano se mezclaba con una hispanidad siempre contundente. Los ingleses introducían el futbol y permanecían con discreción fieles a sus costumbres. Los norteamericanos trataban obsesivamente de hacer negocios. Algunos alemanes y judíos centroeuropeos creaban una cotidianidad misteriosa y, acaso, de cierto exotismo occidental. Se sospechaba que muchos de ellos practicaban el espionaje. Como lo descubrió Friedrich Katz en La guerra secreta en México, no pocos, efectivamente, lo hacían. En la Segunda Guerra mundial, ese mundo extranjero creció y se volvió más enmarañado. Los republicanos españoles se hicieron presentes en las calles y los cafés del centro, los chinos transformaron la calle de Dolores y en ciertas partes de la Condesa surgió una pequeña Europa Central.

Algo de ese mundo sobrevive en el restaurante Hipódromo, en los bajos del hotel Roosevelt. A pesar del enorme reloj propio de la Selva Negra, el lugar, creo, podría estar en Berlín Oriental. Hace poco, una remodelación trató de modernizarlo y estuvo a punto de destruirlo con espejos y cierta decoración adecuada para un bar hechizo. Sin embargo, el local parece haber recuperado algo de su ambiente original —quizá después de la caída del Muro, los restaurantes de Berlín Oriental sufrieron la misma transformación.

Poco se sabe en México acerca de la cocina alemana. Suele ignorarse incluso la existencia del faisán de Baviera —pechuga de faisán empanizada en mermelada de ciruela o deshuesada, encebollada, envejigada y cocida rociada en aguardiente de manzana, sazonada con hierbas aromáticas, laurel romano y guindillas de Hungría— que, dice Alvaro Cunqueiro, era el plato favorito de Maximiliano de México. Se desconocen también las gefüllte Schweinerippchen, costillas de cerdo mechadas con uva de Corinto, manzanas, galletas y ron, o el Wurstendrötchen, salchichón ahumado frito en hojaldre. La cocina alemana ha quedado reducida aquí a sopa de cola de res, una salchicha cualquiera y chuletas de cerdo.

En el restaurante Hipódromo, ese error lamentablemente no es corregido, pero en el menú, que cambia diariamente, luego de una entrada y una sopa o un consomé sustancioso, puede comerse una buena salchicha blanca con sauerkraut con sabor casero, al que los franceses llaman, «quizá por equivocación», pensaba Néstor Luján, choucroute. Algunos días se sirve un pato a la naranja muy recomendable o un jugoso chamorro de cerdo, digno de la cerveza de barril que ahí se sirve, la cual nos devuelve la certeza de que esa bebida sigue siendo uno de los grandes inventos de la humanidad. Suele haber también platos mexicanos como albóndigas en chipotle o cerdo en adobo, que son un acierto discreto.

En medio de la efervescencia restaurantera de la Colonia Condesa, siguen resaltando los lugares tradicionales, los de siempre, los realmente de barrio, que mantienen, sin añoranza, la vida de otros tiempos. (Insurgentes Sur 287, entrada por Popocatépetl. Tel. 207-88-76)