A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

El Colegio de San Ildefonso fue establecido por la Orden Jesuita a finales del siglo XVI a fin de educar a los jóvenes de la época. A principios de siglo, se estableció en el local la Escuela Nacional Preparatoria. Actualmente, el edificio enmarca el museo donde se exhiben murales de Rivera, Orozco y Siqueiros entre otros. Cuenta con salones dedicados a distintas manifestaciones artísticas, entre los que destaca el Salón Generalito donde se muestran sillas en madera que pertenecieron al Convento de San Agustín.;

Empezó a funcionar como casa de formación de los jesuitas desde finales del siglo XVI; fusionó en 1618 con el Colegio de San Pedro y San Pablo y a mediados de esa centuria se convirtió, bajo el patrocinio real, en internado para alumnos de la Compañía. Estos jóvenes, destinados a desempeñar los puestos directivos de la sociedad virreinal, recibirían clases externas, en su residencia celebraban lúcidos actos literarios y representaban piezas teatrales de contenido religioso. El establecimiento prosperó a tal punto que en el siglo XVIII tuvo que construirse un nuevo y vasto edificio. Este es el que ha perdurado. En 1767, al ser expulsados los jesuitas de los dominios del Rey de España, los 300 estudiantes que se alojaban en San Ildefonso se dispersaron. El plantel fue ocupado por el Regimiento Flandes, pero volvió a ser centro docente a fines del siglo, bajo la protección de Miguel Domínguez, uno de los exalumnos, corregidor de Querétaro, al iniciarse la lucha por la Independencia. Los religiosos de San Ignacio regresaron a los pocos años y en 1833 José María Luis Mora y Valentín Gómez Farías crearon ahí la Escuela de Jurisprudencia. Durante la Regencia, la Junta de Notables devolvió el colegio a los jesuitas, pero al ocurrir la intervención francesa el inmueble fue convertido en cuartel por los invasores. Al triunfo de la República, Gabino Barreda, por disposición del presidente Juárez, fundó en San Ildefonso la Escuela Preparatoria, cuyos alumnos promovieron la Sociedad de Conferencias y el Ateneo de la Juventud. En 1910, al instituirse la Universidad Nacional, se incorporó a ella la Preparatoria; Victoriano Huerta la segregó y militarizó en 1914. El presidente Carranza asignó la Escuela al Ministerio de Educación y luego al gobierno del Distrito Federal. En 1920, siendo presidente Adolfo de la Huerta, regresó definitivamente a la Universidad. En 1929 Emilio Portes Gil concedió la autonomía a la máxima casa de estudios y San Ildefonso pasó a formar parte de su patrimonio.

A fines del siglo anterior, Joaquín Baranda, ministro de Justicia e Instrucción Pública, atendiendo una solicitud de Vidal de Castañeda y Nájera, director de la Preparatoria, dispuso que la sillería del antiguo coro de San Agustín se instalara en el Salón Generalito de la Preparatoria. El montaje se hizo en 1890. El siglo XX agregó nuevas notas de dignidad y belleza al edificio, pues en sus muros pintaron José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Jean Charlot, Fermín Revueltas, Fernando Leal y Ramón Alva de la Canal. La obra sobresaliente es la del maestro de Zapotlán en los muros del tercer patio. Ahí pintó, en la planta baja, Maternidad, La huelga, La destrucción del viejo orden, La trinchera y La Trinidad (obrero, campesino y soldado); en el primer piso, Los aristócratas, Acechanzas y otras alegorías del clero y del poder; y en el segundo, los temas del hombre al borde de la tumba, el hijo que se despide de su madre, la familia que queda atrás, los soldados improvisados y las soldaderas; y en la escalera, Cortés y la Malinche y algunas figuras de indígenas y evangelizadores. En general el conjunto orozquiano de la Preparatoria acaso quiera representar el origen del México mestizo (la escalera), la intuición de los ideales de renovación (planta baja), una crítica a las fuerzas negativas (primer piso) y la tragedia humana de la Revolución (segundo). Orozco realizó estas pinturas entre 1922 y 1925. El edificio ha sido restaurado y desocupado, en espera de que se le asigne un nuevo y noble destino.