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Lo que bebe el ojo Artes plasticas

Frente a nosotros: unas maletas abiertas y un auto abandonado, como si asistiéramos a la escena de un crimen o de una huida; nadie resiste la tentación de asomarse a ver qué contienen las maletas, a ver ropa, postales, revistas; más adelante, nos encontramos con un laberinto de fotos sobre el suelo, puede verse a alguien bañándose en un río, recorremos el laberinto, extrañados, entre luces amarillas y cables que rompen el espacio en verticales infinitas, como un bosque. Esto es parte de lo que se exhibe en el Centro Cultural de Arte Contemporáneo bajo el nombre de Así está la cosa. Instalación y arte objeto en América Latina, una muestra, al parecer bastante representativa, de lo que más de cincuenta jóvenes artistas de Brasil, Venezuela, México, Chile y Cuba, entre otros países, están haciendo.;

La instalación aspira a enfatizar la sensación de extrañamiento frente a objetos comunes, nos obliga a ver aquello que el uso diario nos oculta; también y a pesar de que algunos objetos e instalaciones pretendan ser rarísimos no pueden dejar de recordarnos a un paseo por la ciudad, por cualquier ciudad, nos salen al paso cabeceras pintadas con figuras de tiburones, imágenes de Bart Simpson, ropa manchada de sangre… el museo se convierte en llanura de gracia saturnina, en bodega, basurero y ruina artificial, en algo así como esas inmensas calzadas que dibujaba Piranesi a cuyos costados hay miles y miles de piezas y fragmentos a primera vista inconexos, pero luego revelan un orden secreto, un orden centrífugo: mientras más extraños y alejados parecen entre sí, más seguro se está de que obedecen a un centro. El verdadero arte reside en un gesto: la selección de los objetos, ya Duchamp decía que «el gran problema era el acto de escoger. Tenía que elegir un objeto sin que éste me impresionase y sin la menor intervención, dentro de lo posible, de cualquier idea o propósito de delectación estética». Hay de todo, a veces los materiales de las instalaciones y los objetos son sintéticos y se trabajan con herramientas, en otras, como en el caso de Paula Santiago, los materiales son los más íntimos y humanos: la sangre y el pelo; pero ya sea esto o aquello la intención es la misma: poner en funcionamiento un mecanismo crítico, un artefacto único hecho de objetos en serie. 

La ironía es una de las virtudes de la instalación; regularmente son objetos cotidianos que el orden gratuito asignado por el artista promueve a objetos de arte. Esto disuelve el significado tanto de obra de arte como de artista, hasta convertir su gesto en un signo de interrogación, en una sonrisa o en una negativa. Aunque, hay que decirlo, la ironía es un fruto escaso porque la instalación pretende sugerir un movimiento o exhibir el espacio y lo arriesga todo por una sensación, por un efecto que, cuando se consigue, es maravilloso, pero su objetivo es más bien inmediato, busca la provocación, la irritación o la fascinación; muy pocas veces evoca una idea. 

Estos artistas se encuentran perfectamente situados porque en un mundo de objetos como el nuestro, el arte ha de ser necesariamente objetual; pero también debido a una sobreabundancia de objetos se encuentran sitiados: su obra corre el riesgo de no ser sino la proporción geométrica de desperdicios, el elogio al basurero. A veces, como en el caso de Eugenia Vargas (Chile), José Damasceno (Brasil) o Héctor Bialostozky (México), la instalación consigue atraparnos en un ambiente, nos hace transitar por otro mundo y nos obliga a darnos cuenta que la omnipresencia divina existe: son todos los objetos. 

¿Cuáles son las características de una instalación? Ante todo, se trata de las relaciones entre los objetos, así como de la repetición o fragmentación de los mismos, crea una visión desintegrada del espacio donde privan las leyes de la excepción, cuyo resultado es la desorientación: a través de la creación de otro espacio nos obliga a notar el espacio excitando nuestra atención y atrapándonos en una red de estímulos. Es probable que un hombre de ciudad se encuentre más a gusto entre una bella instalación que en un bosque; las luces brillantes, los escenarios extraños, los encuentros inesperados con objetos imposibles se han convertido en una segunda naturaleza, en una naturaleza intervenida por el proceso quirúrgico del artista como en el caso de las fotografías de azis + cucher donde, de los rostros humanos, han sido borrados los ojos, la boca y las fosas nasales hasta crear un desconcertante forro de piel sobre un cráneo; o bien en una naturaleza subrayada como en el caso de Paula Santiago cuyos materiales —hipnóticos, aterradores— son sangre y cabellos, o como el estudio de la ropa de cadáveres del grupo Semefo cuyo propósito es sólo mostrar y señalar los hechos sangrientos. 

Las instalaciones son lo más moderno que tenemos, son el producto de una sociedad postindustrial donde las maquinarias, neutras y estériles, son relevadas de su función productora y se vuelven inútiles como un objeto bello; así está la cosa.