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Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

Hasta siempre, comandante

Después de una vida de aventuras incontables, murió Jacques-Ives Cousteau, el comandante, profesional del agua para empezar y trovador del planeta entero más tarde y hasta su muerte. Verdad y mito se mezclan en las biografías más o menos oficiales del buzo francés que transformó un añoso dragaminas en el ultramoderno Calypso, desde el cual el hombre y sus asociados se lanzaron a mares, lagos y ríos a desentrañar los secretos de la región subacuática de la Tierra.

¿Quién no vio alguna vez un documental filmado por el equipo que comandó Cousteau? La majestad amenazada de las ballenas, la ferocidad de los tiburones, el apareamiento febril de los calamares, la elegancia de los pingüinos, la incandescencia de erupciones volcánicas a cientos o miles de metros de profundidad, los hielos bajo cuya frialdad viven rarísimas especies, así como desastres naturales de todo tipo quedaron en los celuloides que transportaba el navío vinculado al Museo Oceanográfico de Mónaco, institución científica de la cual el comandante fue director.

En 1957, Cousteau —bajo la dirección del célebre cineasta Louis Malle— produjo su primera película en gran escala. Se llamó en castellano El mundo silencioso y recuerdo haberla visto en Mérida, en el cine Aladino, de la mano de una tía abuela que acabó —como yo— fascinada con la función. Fue el primer documental que obtuvo Palma de Oro en el Festival de Cannes, y también el primer filme de ese género que mereció un Oscar de Hollywood.

El mito del inventor

Se atribuye a Cousteau la invención de lo que se llama «la escafandra autónoma», luego conocida como «aqualung». Frank Jubelin, de Le Nouvel Observateur, acaba de demostrar que tal atribución es incorrecta. En realidad, el comandante sólo depositó desde 1943 una patente de uso para los resultados de un trabajo antiguo y constantemente perfeccionado que vinculó el «visor» con un cilindro de aire comprimido. Desde el siglo pasado, se afanaron en diseñar y construir ese instrumento Rouquayrol y Denayrouse. Luego, en 1937, el fruto de la labor de aquéllos continuada por Le Prieur hizo furor en la Exposición Universal. En 1943, un nuevo modelo permitió a su creador —Georges Commeinhes— bajar a 53 metros de profundidad sin tener que conectarse por mangueras a la cubierta de un navío.

El ingeniero Emile Gagnan, simultáneamente, trabajó para lograr un aparato que permitiese reemplazar la gasolina por gas en los motores, por cuenta de la empresa L’Air Liquide. Uno de los dueños de ésta fue Henri Melchior, suegro de Cousteau, a la sazón ya interesado —como oficial de la Marina francesa que colaboró con los nazis— en el promisorio tema. El viejo presentó al uno con el otro y de allí salió el adminículo para bucear conocido como «Cousteau-Gagnan», que registraron formalmente. La empresa creó una filial para producirlo en serie. Curiosamente, se hizo para aquél una excepción, ya que todo invento de un oficial debía ser patentado como propiedad de la Marina. La operación —un tanto turbia— le produjo a Cousteau utilidades y regalías suficientes como para llevar una vida desahogada.

Por pasillos asordinados del poder francés, Cousteau logró contratos y privilegios —algunas veces poco claros—, que constituyeron siempre la parte oscura y acallada de su vida. Esta, en su lado visible, sigue siendo luminosa como esos documentales, delicia de adultos, jóvenes y niños que agradeceremos siempre su audacia al comandante y al equipo humano de su Calypso, infatigables pioneros del siglo XX.

El dinero submarino

Jacques-Ives Cousteau dejó, entre otras, esta enseñanza: «Sólo hay tres verdaderos flujos en el mundo: el mar, el aire y el dinero». Tiene razón —comenta Jean-Marie Pontaut en L’Express— porque, en el mayor de los silencios, transitan cotidianamente por el mundo, envueltos en mudos impulsos electrónicos, un billón 300 mil millones de dólares. Compárese con la cifra aproximada de la deuda externa de México hace algunos años, es decir, 130 mil millones de dólares. La silenciosa corriente de efectivo equivale a diez veces ésta.

Es impensable que todo este dinero líquido sea limpio. Así lo sugiere la existencia de los «paraísos fiscales» conocidos, que forman un elenco impresionante: Bermudas, Bahamas, Islas Vírgenes, Turks-Caicos, Costa Rica, Panamá, Aruba, Antillas Holandesas, Isla de Man, Jersey, Guernesey, Alderney, Sark, Luxemburgo, Liechtenstein, Andorra, Mónaco, Gibraltar, Liberia, Hungría, Campione d’Italia, Chipre, Bahrein, Isla Mauricio, Hong Kong, Labua, Nauru y las Islas Cook.

La casa Merrill-Lynch, según el mismo hebdomadario francés, calcula que en esos edenes del dinero y su lavado reposa 15% del pnb mundial, igual a unos 5 billones de dólares. Haga usted números: se estima que, en 1994, las compras de droga al menudeo en los Estados Unidos fueron por 21 mil millones de dólares o, cuando menos, por 13 mil millones. Este monto y otros análogos se constituyen con billetes de baja denominación que, como afirma la revista que citamos, forman «un Himalaya de dinero líquido». Grandes montañas silentes que, como es obvio, no profieren el menor rumor acerca de ellas mismas.

Hay novedades en este planeta del silencio. Todo indica que la isla Nauru, en el Pacífico, ha dejado de ser un apacible espacio arenoso y deslumbrante al que se lleva dinero para jabonar. Hoy, al parecer, ese idílico rincón del globo es virtualmente propiedad de la nueva mafia rusa, empresa global dedicada a reciclar moneda impura donde puede. En Nauru las palmeras ya no se emborrachan precisamente con sol.

Innovar o morir

Gilles Gaetner, de la misma publicación, exploró el desarrollo de esta nueva corporación del delito, nacida hace sólo diez años al término del régimen comunista en lo que fue la Unión Soviética. El periodista traza la frontera entre lo que fueron los clanes italianos y lo que son las modernas tribus del crimen.

Los ítalos se organizan en torno de la pertenencia a una misma familia o, cuando menos, a la coterraneidad elemental: la de quienes vieron la luz en el mismo pueblo. Los rusos no actúan así: prevalece entre ellos la organización que no toma en cuenta ni la consa-guinidad ni la memoriosa proveniencia común.

Además, en tanto los italianos son algo muy parecido a un negocio privado, los rusos giran en torno de la corrupción estatal. Su punto de partida fue el tráfico de armas, hijo de la sobreproducción de éstas que dejaron como saldo el régimen comunista y sus ambiciones empistoladas de dominio mundial. Los enormes excedentes permitieron a los socios de los directores de fábrica comprar a costo de remate local, y vender a precio de mercado internacional. De estos rubros, la mafia rusa brincó a otros: alcohol, prostitución, cigarros, opio_ Las actividades, asegura el reportero, encuentran su financiamiento en el desvío de fondos públicos, jugo de corrupción.

Los padrinos rusos, al parecer, controlan hoy a lo largo y lo ancho del mundo alrededor de 40 mil compañías —unas fantasmas, otras reales— que operan en los renglones inmobiliario, hotelero, del comercio de tabaco, la importación y la exportación. Están ligadas a dos mil bancos e instituciones financieras y, de acuerdo con datos proporcionados por el Ministerio del Interior de Rusia, invirtieron en 1994 algo así como 50 mil millones de dólares en treinta países diferentes. Sin ruido, por cierto. Bajo el agua. Como los tiburones que filmó Cousteau: tranquilos a veces y, por ratos, si el hambre lo exige, sanguinarios.