2013
Una autodestrucción

El 17 de marzo de 2013 el diario La Jornada publicó un artículo titulado “Vuelco en el PAN: líderes por voto directo; queda trunca su asamblea”. Era una nota de media página dentro de la sección de Política de aquel domingo, a la que probablemente pocos prestaron atención. Relataba lo que sucedió un día antes en la XVII Asamblea Nacional, en la que, sin darse cuenta en el momento, se le dio la estocada final al ya entonces endeble andamiaje democrático del partido.

Pocos meses antes, en julio de 2012, el PAN había perdido la Presidencia después de dos sexenios en el poder. La elección fue un tsunami contra el partido. Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI, se llevó la victoria con 38 % de los votos; le seguía López Obrador con 32 % y en tercer lugar Josefina Vázquez Mota, la candidata panista, con 25 %. Además, el PRI recuperó gubernaturas importantes como Jalisco y Yucatán —ambos arrebatados al PAN—, así como cientos de alcaldías en todo el país. El ánimo de los panistas estaba por los suelos.

En ese contexto se convocó la Asamblea Nacional. Supuestamente con el objetivo de replantear el rumbo del partido y hacer las modificaciones adecuadas para la realidad de oposición en que se encontraba de nuevo. Para eso, y con el fin de demostrar que el PAN seguía siendo un partido fuerte, Gustavo Madero, entonces el dirigente nacional (un hombre de buenas intenciones pero malas ideas y peores aliados), buscó hacer una asamblea multitudinaria en el espacio más grande que la militancia pudiera llenar. Y así fue como el evento se terminó celebrando en la Arena Ciudad de México, un recinto techado en forma de estadio con capacidad para 22 000 personas al norte de la capital.

Ilustraciones: Estelí Meza

Del país entero llegaron autobuses con militantes. Algunos comprometidos con el partido y muchos más a quienes no les importaba demasiado el asunto pero aceptaron el viaje, financiado por algún lidercillo local que tenía una cuota de asistencia que cumplir.

Dentro del recinto cada delegación tenía asignada una parte de las gradas. Los militantes recibieron un sobre blanco tamaño oficio con folletos informativos, pero que serviría al mismo tiempo como pancarta. En una de las caras, el sobre tenía impresa la palabra “SÍ” en color azul, y del otro lado “NO” en letras rojas. Cada vez que se sometía una propuesta a votación desde el estrado, los delegados mostraban una de las caras del sobre para comunicar su posición. Se esperaba poco debate, así que las votaciones se tomarían, a “ojo de buen cubero” o, en términos oficiales, mediante “votaciones económicas”. Contra todas las reglas de la democracia, al frente de cada sección, estaba parado el líder local del grupo que le iba diciendo a la gente en qué sentido votar.

La asamblea inició temprano por la mañana con todas las formalidades. Se cantó el himno nacional y se dieron los discursos de apertura. Y poco a poco, se presentaron las iniciativas que no eran más que una serie de modificaciones simplonas que casi no atendían la verdadera crisis del partido.

Las votaciones iniciaron tal como estaba previsto. A todo lo que la dirigencia proponía, la gente en las gradas mostraba un efusivo SÍ con sus cartulinas. Y a lo que la dirigencia se oponía, la gente, guiada por sus líderes locales, señalaba NO.

A eso de las dos de la tarde, la asamblea se relajó. Ya aprobados los puntos que más les importaban a Madero y a los dirigentes locales, comenzaron los asuntos generales y los líderes del partido aprovecharon para reunirse en un recinto privado detrás del escenario para hablar quién sabe qué.

Por unos breves momentos, los militantes se quedaron sin sus líderes en las gradas. Fue entonces que, de manera sorpresiva, el senador Javier Corral pidió la palabra para poner una nueva iniciativa a discusión: proponía que a partir de ahora la presidencia del partido fuera electa directamente por la militancia y no por el consejo. Tanto a nivel nacional como en los estados. Era una idea revolucionaria y sumamente peligrosa.

El Consejo Nacional, que hasta entonces elegía al presidente del partido, era un órgano integrado por las grandes figuras de Acción Nacional, entre quienes estaban los gobernadores panistas, los dirigentes y exdirigentes nacionales, la secretaria de las Mujeres, el secretario de los jóvenes y los militantes más reconocidos en todo el país. Se le consideraba “la conciencia del partido”. Los Consejos Estatales, que eran una réplica a escala del mismo modelo, nombraban al presidente del PAN en cada entidad. Y eso era lo que Corral, por alguna misteriosa razón, quería cambiar.

El senador dio un discurso como sólo él lo podía dar en esa asamblea carente de grandes figuras: con una retórica perfecta, apasionada y conmovedora, apelaba a los militantes excluidos de las decisiones importantes, despotricaba contra las cúpulas cerradas y antidemocráticas y llamaba a los presentes a respaldar su iniciativa en aras de “devolverle el poder a la militancia”. El senador Héctor Larios, que moderaba aquella sesión, no sabía qué hacer. El discurso de Corral había encendido a la militancia, incluso a los que estaban ahí sólo por el paseo y que minutos antes morían de aburrimiento. Desde las gradas, de forma espontánea, el público estalló eufórico mostrando el gran SÍ azul en sus sobres blancos mientras Corral seguía arengándolos.

Al darse cuenta de la gravedad de lo que estaba sucediendo, alguien corrió a avisarles a Madero y a los dirigentes estatales para que controlaran a la gente. Pero ya era demasiado tarde. Tanto la prensa como el notario presente habían visto la manifestación inequívoca de la voluntad de la militancia. Madero quiso poner orden de nuevo pero no lo logró, y la realidad era que tampoco tenía idea de cómo resolver ese lío. La sesión terminó entre gritos de los militantes —que además lanzaban desde las gradas las manzanas que les habían dado de almuerzo— e intentos de Madero por reestablecer el orden. El evento cerró con una declaratoria de falta de quorum, que en realidad no sirvió de mucho porque el daño ya estaba hecho.

¿Por qué era tan grave que la elección del presidente del partido se hiciera por militancia y no por el consejo? Bueno, porque para ese momento el Consejo Nacional era uno de los pocos contrapesos que tenían los llamados “padroneros”: caciques locales cuya fuerza residía en el control que tenían del padrón a través de afiliaciones masivas.

Eran figuras usualmente corruptas, que usaban dinero público (o por lo menos sospechoso), además de programas sociales, para inflar las listas de militantes y controlar de ese modo las votaciones internas.

El surgimiento de esos personajes se dio cuando el PAN comenzó a ganar elecciones de forma sistemática y muchos vivos cayeron en cuenta de que quien controlaba el padrón controlaba también las candidaturas y,  por lo tanto, el poder. Cuando Gustavo Madero llegó a la dirigencia, apoyado por algunos de esos personajes, les entregó la dirección del Registro Nacional de Miembros del PAN y las cosas se salieron de control: aparecían de pronto cientos de nuevos militantes en un municipio pequeño; se celebraban “cursos secretos” para asegurarse de que sólo los padroneros —y no  sus oponentes— afiliaran nuevos adeptos o simplemente se cerraban las afiliaciones cuando ya no querían que cambiara nada en un padrón que tenían controlado.

Si ellos ponían al dirigente nacional y los dirigentes estatales, no habría forma de evitar que se hicieran del poder absoluto en el partido, de sus candidaturas y su presupuesto. Lo que efectivamente sucedió en los años siguientes.

Para el momento de la asamblea, yo tenía 23 años y llevaba cinco de participar activamente en las filas juveniles del partido. Fue sólo a la luz del tiempo que alcancé a distinguir lo dramática que había sido aquella sesión para el destino de Acción Nacional, que hoy sigue entrampado en las mismas dinámicas internas que le impiden reconstruir un rumbo ideológico, elegir candidatos competitivos y darles espacio a cuadros con potencial. Con esa decisión, el PAN perdió su mayor valor institucional: el debate de las ideas.

Como todos los milénials mexicanos, soy hija de la transición democrática. Tengo grabada en la mente la respuesta de una maestra de primaria a la que le pregunté en el 2000 quién iba a ganar la Presidencia y me respondió sin chistar: El PRI, mijita…, siempre va a ganar el PRI. De niña viví el triunfo de Fox y recuerdo las miradas incrédulas de los adultos a mi alrededor cuando se anunció el resultado. Como muchos, crecí escuchando a familiares y profesores contar historias sobre la represión de los oscuros años setenta y ochenta.

Me afilié al PAN, en gran medida, por su historia de lucha democrática. Creía en la transición como receta para resolver los problemas del país: desde la corrupción hasta la pobreza y la impunidad. Era una optimista de nuestra democracia y del papel que el PAN desempeñaba en ella.

Pero el PAN al que yo entré al cumplir apenas la mayoría de edad se iba pareciendo cada vez menos al de los libros de historia. Las afiliaciones masivas habían transformado la vida interna para mal, pues sustituyeron los grandes debates por competencias de acarreo. En el proceso de democratizar al país, el PAN había perdido su propia democracia.

En esos mismos años, cambié de forma de pensar también. Entré a la universidad y comencé a cuestionar mis propias ideas sobre temas como el acceso al aborto o el matrimonio igualitario. Y también sobre los frutos de la transición, que claramente no había sido suficiente para resolver los problemas del país. Sí, se había avanzado en la creación de instituciones, la profesionalización del servicio público y el acceso a servicios de salud. Pero también, México se había vuelto un lugar más violento e inseguro, más de 50 millones de mexicanos vivían en pobreza y la corrupción rampante del gobierno de Peña Nieto revelaba lo poco que las leyes de rendición de cuentas habían conseguido en ese sentido.

Para sumarle al asunto, después de aquella asamblea del 2013, los padroneros habían terminado de adueñarse del partido en el que de manera insistente, y sin éxito, yo intentaba participar.

Finalmente, después de mucha reflexión y muchas campañas de por medio (incluyendo la de Margarita Zavala como candidata independiente a la Presidencia después de que le cerraran las puertas en el PAN), concluí que en ese partido no había espacio para alguien como yo y que yo ya no tenía ganas de estar ahí. Y así como mucha gente de mi generación con la que alguna vez compartí el interés de hacer política desde aquella trinchera, terminé por renunciar a mi militancia en 2018.

Desde hace ya unos años me he dedicado de lleno al periodismo, cubriendo sobre todo cuestiones de política y elecciones; desde ahí he podido ver a Acción Nacional con una perspectiva distinta.

Temo ver un partido que agoniza y no lo sabe. He visto al PAN desmoronarse por dentro y convertirse en un mero cascarón que vive de la popularidad de su emblema y del repudio de un sector de la población en contra de Morena. Es una ruta muy similar a la que antes siguió el PRD, que al perder a sus caudillos se desbarrancó hasta el punto de perder el registro. Los partidos que construyeron la alternancia y lucharon contra el autoritarismo hoy están siendo enterrados por la ciudadanía en la misma tumba que el PRI. No pueden decirse sorprendidos: ellos mismos se acomodaron juntos en el ataúd de las alianzas para hacerle el trabajo más fácil al sepulturero.

Los partidos de la alternancia se quedaron cortos en ideas y rutas para construir el México que venía después de la transición. Y ante la nueva ola de descontento, quien lo capitalizó fue un jugador que ni siquiera existía en el año 2000: Morena.

Muchos comparan el escenario que vivimos hoy con el priismo de los años ochenta, con un partido hegemónico, con supermayorías en el Congreso y en las gubernaturas, un Poder Judicial doblegado ante el poder político y sin instituciones de transparencia y rendición de cuentas. Y sí, tal vez el régimen que está construyendo Morena tiene muchas similitudes con aquel pasado del que venimos: se están debilitando los contrapesos, se destituyó a la mitad de los jueces del país de un plumazo y no hay iniciativa constitucional que el bloque morenista no pueda aprobar de forma exprés en un arranque de soberbia.

Pero hay una diferencia enorme entre el pasado y el presente que va más allá de Morena. La verdadera tragedia es que en el pasado sí había oposición y hoy eso no existe.

La oposición de entonces, que se fue construyendo durante décadas, tenía figuras relevantes, preparadas y valientes: Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna, Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Heberto Castillo, Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez. La oposición de hoy, en cambio, es frívola y reactiva y es difícil pensar en algún nombre que se pueda colocar a la altura de sus antecesores.

Durante décadas el PAN dio la lucha en las calles y en las urnas, impartiendo talleres sobre formación de ciudadanía, buscando profesores y pequeños empresarios para que se anotaran como candidatos, organizando grupos de mujeres voluntarias que tocaban puertas y armando redes de simpatizantes dispuestos a contar votos y vigilar boletas durante noches enteras después de una elección para impedir fraudes. Durante años el PRD fue el partido de las causas sociales, en el que se sentían representadas las feministas, los universitarios, los defensores de Derechos Humanos, los zapatistas y los campesinos.

Hoy, frente a Morena, no hay quien esté construyendo ciudadanía en las calles o yendo a buscar al profesor del pueblo para que sea candidato de oposición en la próxima elección. No hay un partido en el que las jóvenes feministas se sientan representadas ni con el que los familiares de desaparecidos sientan respaldo.

Sí, el crecimiento voraz de Morena y sus intentos por eliminar contrapesos son preocupantes, pero es más preocupante que no haya ningún partido de oposición que tenga un plan claro para contenerlo.

Con el PRD ya no hay retorno, pero ¿puede el PAN retomar su espacio a la cabeza de la oposición? La respuesta teórica es “sí”, pero cuesta pensar cómo pueden salir del pantano en el que se sumergieron al dejar que los padroneros tomaran el partido por asalto; esos padroneros a los que les convence más el negocio de ser una oposición cómoda que el sacrificio de disputar el poder en condiciones adversas.

Pienso en el PAN no sólo porque es el partido de oposición con mayor historia y presencia a nivel nacional, sino también porque es la oposición que tiene más sentido en términos ideológicos frente al gobierno de Morena. Pero ante su inminente decadencia, una realidad se empieza a mostrar como ineludible: tal vez los partidos que nacieron para conseguir la transición morirán con ella, así como la hoguera que la consume.

Movimiento Ciudadano hace un trabajo interesante, con nuevos perfiles y la única agenda clara en toda la oposición: derechos laborales, medioambiente y acceso a la vivienda. Aun así, es un partido al que le falta madurar. No tiene una gran estructura nacional y varios de sus perfiles prometedores han demostrado ser burbujas infladas por las redes sociales que revientan ante el menor escrutinio. La realidad es que el panorama opositor hoy luce desierto.

A 25-30 años de la alternancia democrática, es difícil saber si este breve periodo que vivimos fue simplemente un receso en la historia de un país autoritario o si sólo estamos pasando por un breve tropiezo en la ruta de la construcción democrática que se inició en 1997. Y aunque parezca contraintuitivo, la respuesta a esa pregunta no está del lado de Morena, sino del lado de la oposición. Porque la verdadera democracia no reside en que ningún partido gane con mayorías abrumadoras, sino en que siempre haya alternativas reales de disputar el poder. Y hoy México no las tiene.

 

Fernanda Caso

Abogada y periodista especializada en temas de política y elecciones. Conduce el pódcast Política Déjà Vu y es analista en Es la hora de opinar en N+.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: 2025 Julio