2012: el paréntesis priista

Entre fines de noviembre y principios de diciembre de 2012 visitaba Jalisco para ver a mi familia y asistir a la Feria Internacional del Libro (FIL). Tenía 17 años. Estaba en la antesala de terminar la preparatoria y empezar a estudiar Ciencia Política: pensaba, leía, hablaba, respiraba y exudaba política. La elección de ese año me politizó, aunque no haya votado.

Fue una época de movilizaciones en Ciudad de México que empezó en la primavera con el movimiento #YoSoy132: jóvenes universitarios apenas mayores que yo tomaban las calles, exigían la “democratización” de los medios, estaban contra la “imposición” del candidato priista —caracterizado como “hueco, frívolo, autoritario”— y mostraban una afinidad mayor con el candidato perredista: Andrés Manuel López Obrador. De manera hiperbólica algunos exageraron la importancia de aquellas marchas y debates, llamándole nuestra primavera democrática, la irrupción de los jóvenes en la política, el “despertar mexicano”.

La mañana del 1 de diciembre de 2012 vi en televisión al último presidente panista darle la banda presidencial a Enrique Peña Nieto. Sólo doce años después de que Vicente Fox prometió sacar a las “tepocatas y víboras prietas”, el PRI regresó a la Presidencia. Desilusionado asistí a la FIL, donde apenas un año antes Peña Nieto no pudo recordar con claridad tres libros que lo marcaron: una novela de Carlos Fuentes, un libro de historia de Enrique Krauze y, por supuesto, la Biblia.

Cada generación juzga con severidad a la anterior por sus errores, omisiones y puntos ciegos. Las generaciones que me anteceden pensaron, en un caso de wishful thinking, como Gabriel Zaid, que “sería muy extraño que el PRI fuera eterno. Avanzamos hacia la fecha en la cual terminará”.1 Por eso para muchas personas de mi generación es una anomalía, un extrañísimo caso, que si uno de los fines declarados de la transición democrática fuera “sacar al PRI de Los Pinos” este regresara en un periodo tan corto. ¿Qué condiciones lo hicieron posible? ¿Cómo este periodo le abrió la puerta a Morena?

La Presidencia de Peña Nieto fue un paréntesis que habría que explicarnos. Porque el PRI jamás se fue, y los priistas siguen con un papel protagónico en la vida pública: del expresidente López Obrador para abajo.

La herencia autoritaria

La imagen del PRI parece estática: una pandilla de ladrones en traje, líderes charros, gobernadores corruptos, legisladores levanta-dedos. Es en muchos sentidos la caricatura que hizo Rius del sistema político; es la piñata a la que todos le quisieron pegar, pero que en realidad nadie quería romper. El antipriismo fue la tara intelectual de la generación de transitólogos.

Por eso no se entiende la transformación que sufrió como partido: de la hegemonía al pluralismo, del dominio total a la competencia –imperfecta pero real– y de ahí a nuestros días: a ser un partido cuasi satélite, esquirol y oportunista, funcional para el nuevo oficialismo.

Esa transformación del PRI pasa de largo porque en sus siglas están cifrados todos los vicios del sistema político mexicano: autoritarismo, violencia, corrupción, clientelismo, ineptitud y dispendio, gatopardismo… Esa caracterización permitió una sinécdoque extraña durante el periodo previo a la transición: el sistema político se explicaba por el PRI y la Presidencia.2 Pero el partido que regresó a la Presidencia en 2012 era distinto del que se fue en 2000.

Durante las dos décadas y media de la transición se tomaron una extensa y elaborada serie de decisiones legislativas, de política pública, incluso discursivas para desmantelar las supuestas fuentes de su poder: las prerrogativas de la Presidencia,3 el extenso dominio sobre los recursos públicos, la sobrerrepresentación en el Congreso, el control sobre los medios. Pero el PRI supo replegarse en el resto del país: en gubernaturas, presidencias municipales, en el Legislativo con senadores y diputados, las principales corporaciones y redes clientelares, con sus operadores de confianza.

Los doce años del PAN en la Presidencia fueron un periodo de cogobierno por el poder cada vez más extenso y arbitrario de los gobernadores priistas y la dependencia de la administración federal a los votos del tricolor en el Congreso. De esa debilidad estructural de los gobiernos panistas, de la impunidad y corrupción de las “pequeñas monarquías” subnacionales viene Enrique Peña Nieto.

La herencia autoritaria no es genética: es histórica. En democracia el PRI no sólo no desapareció, sino que fue un exitoso “partido autoritario sucesor”. 4 Después de la debacle en las elecciones legislativas de 1997 supo recomponerse, adueñarse del Congreso en 2009 y lanzar de manera exitosa a un candidato que no había tenido puestos en el gobierno federal.

El PRI de 2012 heredó una serie de características de su pasado autoritario que le permitieron ganar en democracia: una marca de partido que servía de identificación, de comparación clara con las otras opciones; pese a los números negativos y el antipriismo, es indudable que el PRI era el partido más reconocido, el que tenía mayor presencia y despertaba lazos más fuertes de identificación; una organización territorial que le ahorraba los costos de movilización electoral, ya fuera como estructuras locales dentro de las oficinas locales del partido o por medios informales (operadores, líderes vecinales);5 una red clientelar aceitada por programas sociales, dádivas, dinero público y el gasto discrecional de los gobernadores –un relevo generacional de jóvenes ambiciosos que sólo tenían experiencia en gobiernos locales–; y acceso a recursos financieros: gobiernos corruptos que sabían hacer negocios, fraudes, crear esquemas piramidales, empresas fantasma, desviar recursos y canalizarlos a campañas políticas. Por último, una propensión a negociar con el crimen organizado y a dejarse infiltrar por él.

No es ninguna sorpresa que esa herencia autoritaria no sea exclusiva del PRI. El vestigio autoritario permea buena parte de los gobiernos subnacionales: estados y municipios controlados por caciques, élites que saltan de un partido a otro, nombres y apellidos que se repiten. Pese a que el PRI perdió sus mayorías legislativas en 1997 y la Presidencia en el 2000, fue capaz de retener por dos décadas el control de muchos gobiernos empleando tácticas que iban desde la compra del voto hasta la persecución de opositores. Es el legado que pasó de sus filas a las del morenismo.

Sólo cenizas hallarás

En 2013 el presidente Peña Nieto anunció un gran paquete de “reformas estructurales”: medidas en los campos de la política, economía, educación, energía, transparencia y otros ámbitos tendientes a la modernización, cambio administrativo y control de distintas ramas del Estado. Se enmarcó en algo peculiar, extrañísimo: los tres partidos de la transición se sentaron a negociar las reformas, buscando consensos, diseñando y cambiando cláusulas y comas. Se le llamó Pacto por México. Fue un momento que quizá no se repita en las próximas décadas. Para algunos fue contra el mandato representativo que marca diferencias clave entre los programas ideológicos de los partidos; para otros es lo más cercano a una especie de parlamentarismo o gobierno de coalición.

El Pacto fue un idilio breve, un amor de verano entre los partidos de la transición y que se acabó con dos imponderables: la oposición de las izquierdas –cuya representación monopolizó López Obrador antes de tener un infarto– a la reforma energética y la desaparición de 43 jóvenes de la escuela rural de Ayotzinapa.6 El mal manejo del caso, los escándalos de corrupción como el de la Casa Blanca, las sucesivas derrotas estatales del PRI, el irrefrenable avance del lopezobradorismo y su nuevo partido (colgado de la manera más oportunista y vil de la bandera de Ayotzinapa) terminaron con el “nuevo” PRI: la cara joven y supuestamente distinta del viejo partido autoritario.

El PRI regresó democráticamente, pero falló en entender las reglas del juego de la democracia. De nuevo, no es genética, es simple historia: el dinero público, la pobre fiscalización, un INE sin dientes, la corrupción y los escándalos pudrieron un partido que no nació para competir y que no entendió que su regreso no estaba escrito en piedra, sino que podía revertirse por el mismo medio: los votos.

No es una relación causal ni unívoca, pero es claro: la incompetencia, corrupción y frivolidad del PRI en democracia le abrió las puertas a Morena. El presidente Peña Nieto fue una pieza clave en el apoyo al candidato López Obrador: no sólo su gobierno inventó un delito contra el candidato de Acción Nacional, Ricardo Anaya –que supuso, según encuestas, al menos una reducción de 10 % en la intención de voto–,7 sino que su partido fue cómplice en la irregular cláusula de sobrerrepresentación electoral que infló los números de los legisladores morenistas;8 no metió las manos para defender uno de sus proyectos transexenales clave, el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.9 Tampoco es casual que la plana mayor de exgobernadores, legisladores y hasta secretarios de Estado del priismo sean ahora fervientes militantes de Morena o sus partidos aliados.

Las generaciones anteriores a la mía lo tuvieron más claro: el partido hegemónico era el adversario por vencer; el autoritarismo –centrado en la figura del presidente– era lo que había que desmontar; la democracia, el libre mercado, la apertura al mundo eran los avatares de una nueva época. Entre mi generación el asunto resulta más complicado: mientras unos se suman con más o menos entusiasmo al oficialismo, otros se repliegan a la vida privada: encuentran imposible trabajar en gobierno por los salarios que ofrece, por la aparatosa carga de trabajo y por la tácita aceptación de que varios espacios y oficinas de la administración pública estén politizados (es decir: sean militantes). La apatía que promueve la regresión autoritaria es patente. Unos más, sin querer pertenecer a las filas del régimen ni derrotarnos del todo, nos quedamos impávidos. El presente nos ahorca porque la política tiene un espacio limitado, casi administrativo: no podemos pensar en el mañana.

Con todo, sería muy extraño que el PRI fuera eterno. Aunque no haga falta: su herencia autoritaria sigue vivísima, gobernando el país.

 

Julio González
Ensayista y editor en nexos

 

1 Zaid, G. “Escenarios sobre el fin del PRI”, Vuelta, 103, junio de 1985.

2 Es la idea de Daniel Cosío Villegas. Morales, C. M. “El estilo personal de gobernar en su medio siglo”, nexos, octubre de 2024.

3 La obsesión por el presidencialismo, como anota Ariel Rodríguez Kuri en este número.

4 En estos apuntes sigo las ideas del politólogo James Loxton, “Authoritarian successor parties”, Journal of Democracy, volumen 26, julio de 2015.

5 Véase en este número el artículo de María Guillén y Francisco Morales.

6 Escalante, F., y Canseco, J. “De Iguala a Ayotzinapa”, nexos, noviembre de 2019.

7 Castañeda, J. “2018: La oposición ganó… con una buena ayudada del gobierno”, nexos, mayo 2021.

8 Medina Mora, N. “Fabricando mayorías”, nexos, mayo 2021.

0 Woo, G. “El pecado original: a seis años de la cancelación del NAIM”, Blog de la Redacción, nexos, 11 de noviembre de 2024.

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Publicado en: 2025 Julio