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El hombre de Estado es aquel que tiene una conciencia más clara de la muerte. De la propia y de las personas e instituciones que le rodean. Es por eso quizá que sabe cuál es el momento preciso para renunciar, la fórmula propicia para retirarse temporal o definitivamente. 

A diferencia del líder de mediana estatura, del político de bajo perfil, o incluso de aquel que posee grandes habilidades y capacidades negociadoras, el gobernante con visión de Estado, al tener una idea más clara de su finitud, posee también una noción más nítida del tiempo y del sentido de oportunidad. No sólo del oportunismo. Al negarse a reconocer su muerte y lo transitorio de las instituciones construidas por el hombre, los políticos «promedio» se eternizan en sus posiciones. Los hombres de Estado, al saber renunciar, se hacen inmortales. Ante la muerte, como derrumbamiento de la apariencia, el político se niega a reconocer su irremediable existencia; aceptarla significa asumir la imposibilidad de seguir cambiando su imagen, para continuar jugando como arlequín en el proscenio de la política. 

De un tiempo a la fecha hemos dado inicio en nuestro país a la era del «gobierno transitorio», del apego estricto a los mecanismos procesales tan poco excitantes de la democracia, ciertos en su estructura pero inciertos en sus resultados. A la falta de emoción que para algunos nostálgicos del autoritarismo puede significar el cumplimiento de las reglas por todos aceptadas, debemos oponer la intensidad de la discusión democrática de las ideas. Tomar el pulso a la sociedad y establecer una adecuada comunicación entre gobernantes y gobernados a través de las instituciones públicas, será fundamental de ahora en adelante La necesidad de saber tomarle medida a los tiempos y conocer, en ocasiones intuitivamente, el momento adecuado para introducir reformas, exige la búsqueda ciudadana de representantes con una mayor conciencia de su propia fugacidad. 

Como gobernante, funcionario público, dirigente partidista, representante popular, o simplemente como miembro activo de una organización social, quien es hombre de Estado piensa, junto con E. Levinas, que el sentido de la muerte consiste en «no hacerla inofensiva, ni justificarla, ni prometer la vida eterna, sino intentar mostrar el sentido que otorga la aventura humana».