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Bajo la consigna de originalidad, se puede cometer un sinnúmero de torpezas literarias cuando prestigiados tutores en la materia dan consejos que se antojan dogmáticos y perentorios: 

Las editoriales presentan una deplorable acumulación de inventarios. ¿Es eso causa suficiente para que un escritor potencial frene la voluntad de publicar su obra? Preferible revitalizar la propuesta de Gabriel Zaid, en el sentido de que el Estado compre a las editoriales un ejemplar de cada libro para cada biblioteca, lo cual resolvería en gran medida el problema editorial. 

Lo importante es ser leído, mayoritariamente leído. Este credo encierra una paradoja: ni los mejores escritores han sido los más leídos, ni los más leídos han sido los mejores escritores. 

Hay que ser claro para ser entendido por las mayorías. ¿Por qué ese afán de confundir el arte con la divulgación? Seguir este consejo implicaría concebir una creación masiva y, por ende, mandar a la porra a Joyce. 

Para escribir hay que pasar una serie de pruebas. ¿Qué pasa cuando esas pruebas se remiten ya al beneplácito de las grandes mayorías, ya al consentimiento de la crítica especializada? Decía Oscar Wilde que un crítico es aquel capaz de traducir de manera diferente o con un nuevo método su impresión ante el arte. 

Después de leer a todos los autores mexicanos y latinoamericanos, hay que irse al fondo de uno mismo y si y sólo si se tiene algo nuevo qué decir, entonces darse el lujo de escribir. ¿Quién define lo «nuevo»? ¿No ocurre, acaso, que las mismas cosas encuentran nuevos modos de expresarse? Tampoco hay estilos que desmerezcan por parecerse a otros. ¿Y si el lema «sé original» desplaza la calidad, el contenido o la historia en el texto? 

Pero no todo es desesperante en estas bienintencionadas recomendaciones de los grandes conocedores del mundo de las letras: bienvenida su preocupación por una mayor y mejor lectura, por una cultura de disciplina y esmero entre los escritores incipientes. Lo cuestionable son los modos en que profieren sus preceptos lapidarios. Curiosamente se empeñan en moderar los nuevos ingresos a las filas editoriales, que ellos mismos ya acaparan.