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Con excepción de Irlanda, los resultados de los recientes comicios en los países miembros de la Unión Europea (ue) han sido favorables a los partidos de izquierda. Se podrían hallar rápidamente, al menos, dos razones para ello. Por una parte, los altos índices de desempleo afectan hoy en día a cerca de 18 millones de trabajadores en la ue, cifra que ha resultado intolerable para los habitantes del mundo postindustrial. Por la otra, el elector europeo castigó a una derecha preocupada esencialmente por alcanzar las condiciones de la llamada «convergencia económica» mediante la ejecución de políticas restrictivas y socialmente costosas.

Sin embargo, la izquierda ha llegado de nuevo al escenario político con méritos propios. Así, el atractivo de la izquierda parece ser su capacidad para aprender de sus errores pasados, lo cual se refleja de forma clara en la plataforma del Partido Laborista británico. No se trata más de partidos con ideologías renuentes al compromiso, a descartar todo lo que suene a libre mercado, y a abultar los déficit presupuestarios en aras de mantener alejados a toda costa los efectos disolventes de un capitalismo salvaje. Se trata más bien de una izquierda con propuestas renovadas que ha aprendido a moverse de manera relativamente pragmática y que, sin sacrificar la economía de mercado, está dispuesta a defender las conquistas sociales en las que descansa la prosperidad europea.

Si bien en el terreno de las políticas concretas, las diferencias entre la derecha y la izquierda radican tan sólo en una mayor «sensibilidad social» por parte de esta última, la izquierda sigue siendo fuente de esperanzas. En este sentido, es importante su retorno al poder porque, a pesar de lo desdibujada que sea la línea que divide a las políticas concretas de la izquierda y la derecha, la primera sigue representando para muchos la posibilidad de defender los intereses de los individuos concretos frente a la frialdad de las cifras económicas. El reto para la izquierda consiste, entonces, en ver de qué manera puede conciliar las esperanzas de sus simpatizantes con la eficiencia económica en un momento difícil para las economías europeas. El éxito en hallar una solución viable a este reto permitirá a la izquierda europea redefinir su identidad, luego de la profunda crisis en que ha vivido a partir del derrumbe del llamado socialismo real.