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Rolando Cordera Campos. Economista. Director de Nexos TV. Este texto se presentó en el Seminario Internacional sobre la Violencia (Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, 30 de abril, 1997), organizado por el Profesor Emérito, Doctor Adolfo Sánchez Vázquez.

En medio de la más aguda concentración de la riqueza en el siglo y de la contaminación de la política por el delito, cada día se vuelve más urgente innovar las formas de cooperación política y social frente al cambio estructural de la economía para acabar con su incapacidad para producir esos mecanismos de intercambio.

Por violencia se entiende la intervención física de un individuo o grupo contra otro individuo o grupo. La violencia conlleva una intervención física y una intención: destruir, dañar, coartar. Hay violencia cuando se actúa directamente pero también haciendo uso de medios indirectos, destinados a alterar el ambiente físico en que la víctima se encuentra por medio de la destrucción, el daño o la sustracción de recursos materiales. En este sentido descriptivo, la violencia puede considerarse sinónimo de fuerza. Hasta aquí el Diccionario de Política ( N. Bobbio N. y N. Mateucci, Siglo XXI Editores, tomo II, pp. 1671-80). 

Al mismo tiempo, es claro que el vocablo aparece siempre ligado al poder, cuyo ejercicio y constitución no pueden desvincularse de una interpretación sobre el uso o la disposición de la fuerza. Sin embargo, es indispensable asumir a la vez que entre uno y otro término hay no sólo diferencias descriptivas sino conceptuales. Y, desde luego, diferencias en cuanto a sus implicaciones sobre la configuración y el desempeño de los sistemas sociales. 

Con la perspectiva que nos abre la interpretación política de la violencia y su sentido, podemos ahora adelantar una proposición inicial sobre el tema que nos ocupa: la violencia, diríamos, no es ni ha sido nunca un elemento exclusivo de la economía para asegurar la producción y distribución de los medios necesarios para la subsistencia y expansión de las sociedades humanas. Tampoco podría decirse, hoy, que la violencia sea o haya sido fundamento principal, mucho menos exclusivo, del poder o el desarrollo económicos. No obstante, al igual que ocurre con la noción de poder político, es imposible hablar o pensar en la economía y su desarrollo, desde las fases más atrasadas de su organización hasta las más modernas y, en otro sentido, las más históricamente ambiciosas como fue el experimento comunista de este siglo, sin encontrar vinculaciones del más diverso signo entre economía y violencia.

En la actualidad, un tiempo de grandes fracturas y mutaciones culturales y sociales que produce sin cesar el cambio globalizador del mundo, suele hablarse de una «violencia estructural» que se acentúa y generaliza con los cambios en la estructura económica que apuntan hacia la implantación de un mercado mundial unificado. De aquí suele también pasarse, a veces con demasiada premura, a postular la raigambre violenta del sistema económico finisecular que promueve la ideología neoliberal, cuando no del capitalismo como tal. Mundialización, neoliberalismo y violencia estructural, formarían así un triángulo de hierro y dolor parecido al que se conformó en el amanecer del capitalismo y hasta la irrupción de la Revolución Industrial. Un cambio de época que tiene lugar, como en el pasado, mediante una violencia brutal, implacable y destructiva.

Perpleja, la sociedad de este fin de siglo atestigua en efecto una violencia social que afecta directa e inmediatamente a millones, no sólo en las áreas atrasadas y convulsas de siempre, sino en el corazón mismo de Europa. En los grandes espacios africanos y asiáticos, así como en nuestro propio continente, aparecen fenómenos de violencia cuyas implicaciones sobre la economía son no sólo aparentes sino de tal complejidad, que llevan a pensar a muchos que la subsistencia y la reproducción material de esas sociedades dependen o tienen como base el uso y el usufructo de la fuerza, la aplicación de la violencia con fines y por motivos económicos. 

Así, sin mediaciones o distinciones analíticas o genéticas, se habla de una economía de la violencia, de una economía violenta o bien de una economía que irremisiblemente gesta espacios de violencia, los necesite o no, para su vigencia o reproducción. En la óptica de la así llamada «resistencia global a la globalización», sin embargo, se trata de expresiones de un proceso único y unificador. 

La comprensión de la violencia como un fenómeno contemporáneo y actual, obliga más bien a intentar una disección de sus manifestaciones. El buscar que la violencia no se implante como eje del comportamiento social obliga a su vez a tratar de examinar con detalle sus diversas implicaciones sobre el cuerpo político-económico. Sólo así es posible encontrar o inventar políticas e instituciones que sin desbarrancarse en la «contraviolencia-violenta», puedan disolver sus núcleos más duros y agresivos.

De manera esquemática, con la exposición franca de algunas ironías y perplejidades extraídas del discurso de la economía política, es lo que trataré de hacer en adelante, buscando a la vez ilustrar con ejemplos mexicanos algunas de estas situaciones.

La economía de la violencia

Sin duda, en el mundo de hoy existe una economía de la violencia, tal como hay aquí, en Italia o China, una economía política de la corrupción y la corrosión, cuyas instituciones básicas están todavía a la espera de ser expuestas. Una y otra se dan la mano en los cruces más espectaculares del tráfico de armamentos y de narcóticos, ambos articulados por organizaciones criminales cuya morfología y dinámica las lleva a vincularse con los órganos del Estado y a contaminar el poder político. 

La producción y el usufructo de este tipo de actividad económica se realiza en función o dependencia del recurso a la violencia. En las actuales condiciones institucionales, que no son sólo legales sino también de costumbres y creencias sobre la salud pública, el bien común o el interés general, este tipo de producción y distribución de bienes y generación de ganancias es inseparable del ejercicio de la violencia. No basta el acceso al poder político y sus agencias que puedan lograr tales productores; en toda instancia del proceso económico la violencia tiene que estar presente como un hecho cercano, nada virtual o tendencial como ocurre con el poder del Estado. En este territorio de la economía no hay Estado sino fuerza y capacidad de fuego.

La economía de la violencia no es, sin embargo, siempre ilegal o criminal. La producción en masa de medios de destrucción y armamento en general, que tuvo lugar durante la Guerra Fría, es la más conspicua expresión de esta economía de la violencia y para la violencia que logró incluso legitimidad internacional y le fue atribuida una funcionalidad económica de gran importancia.

Del desarrollo de la economía armamentista dependieron millones de empleos y se obtuvieron cuantiosas ganancias, en tanto que regiones enteras, como California, hicieron depender de esa actividad su espectacular opulencia. Esta producción estuvo destinada a una violencia que nunca se desplegó totalmente. Su futilidad destructiva, en la que se insistió una vez que quedó claro que se estaba produciendo en masa un armamento que no podría tener aplicación en este mundo, llevó a muchos a pensar no sólo en la locura del género humano, sino en que se trataba de un simulacro siniestro, pero no por ello antieconómico, destinado a sostener lo insostenible: un sistema capitalista que ya era incapaz de crear y recrear campos de inversión y mercados, para asegurar la reproducción ampliada del modo de producción. 

Hoy, después de la Guerra Fría, se discute mucho sobre el «dividendo de la paz» y algunas de las mejores mentes económicas, como Leontieff o Galbraith, han dedicado grandes esfuerzos a precisar y contabilizar los usos alternativos, de paz y desarrollo, que la reconversión de la economía bélica podría tener sin afectar la racionalidad axial del sistema. No se ha avanzado mucho en ello, pero es claro que la centralidad de la economía de guerra no era tal. 

El crecimiento económico estadunidense registró ciclos e inestabilidades, y tendrá más en el futuro, pero Estados Unidos sigue adelante y encabeza la economía mundial con tasas de desempleo reducidas y avances tecnológicos formidables, impulsores de inversión y consumo adicionales, muchos de ellos gestados en aquella economía de la violencia. Sin menoscabo de sus efectos impulsores de la economía capitalista, todavía a debate en estrictos términos de racionalidad económica, puede decirse que de esa experiencia terrible no puede derivarse un caso general concluyente contra el capitalismo, como un sistema económico articulado por la violencia.

Volvamos a las manifestaciones criminales de la economía de la violencia. El tráfico de armas y el de drogas, y el crimen organizado en general, tienen ramificaciones múltiples hacia la economía legal, civil y no violenta, muchas de cuyas ramas subsisten o se expanden gracias a esas conexiones. Mucha gente vive de estos negocios fincados en la violencia; bancos y constructoras, servicios de todo tipo, florecen gracias al blanqueo de la ganancia ilegal y se vuelven un factor de estímulo para que esta economía de la violencia no sólo se mantenga sino que se reproduzca. 

Con todo, vale la pena traerlo a cuento, el fin de la Prohibición no fue el fin de la industria alcoholera ni de todos los industriales de la violencia de aquel entonces. Muchos de ellos se reconvirtieron y encontraron en la economía no violenta campos de inversión y fuentes de ganancia. Más que explicar el desarrollo de esta economía con razones económicas, escasez o demanda, por ejemplo, habría que acudir a factores institucionales y a las decisiones irracionales propiciadas o permitidas por las instituciones o por su ausencia. El cambio institucional no trajo consigo la desaparición de la producción y el consumo, sino el cambio en las condiciones de producción y obtención y uso de ganancias. La fatalidad de la violencia asociada a un cierto tipo de producto o forma productiva no es evidente, al menos no en un sistema cuya esencia es el cambio permanente y acelerado de gustos, técnicas y métodos productivos. 

Es claro, por otro lado, que el cambio legal no produjo el fin de la economía de la violencia. Varios de sus actores se reconvirtieron dentro de sus fronteras y desarrollaron nuevas actividades. Hoy, como se sabe, éstas han alcanzado niveles de lucro y poder inimaginados por los pioneros de la industrialización del crimen y la violencia.

La economía violenta

No sólo hay unas economías de la violencia sino una forma violenta de hacer economía. Históricamente, la violencia como método económico se ubica en las formas precapitalistas del saqueo y la conquista de territorios y poblaciones, la esclavitud y el trabajo forzoso: se trata de las sociedades organizadas en torno a la dependencia directa, basada en la religión o la magia, pero siempre con el uso de la fuerza, en las que la sujeción de la fuerza de trabajo y el trabajo servil fueron factor decisivo de la supervivencia y la expansión de los grupos humanos.

Con el colonialismo y la ampliación mercantilista, parafraseando a Volodia Teitelboim, el capitalismo tuvo un «rojo amanecer». Las poblaciones diezmadas y sojuzgadas, los territorios agotados tuvieron su contraparte en esos procesos que Marx resumió en la idea de una acumulación originaria. Todos estos desarrollos son propios del predominio de una forma genérica de asegurar la supervivencia. Al igual que el resto de los animales, los humanos buscamos satisfacer las necesidades mediante la recolección de frutos de la naturaleza y la apropiación de territorios. Pero, como nos indica la pensadora estadunidense Jane Jacobs, a diferencia de otras especies también comerciamos y producimos para comerciar (cf. J. Jacobs: Systems of Survival, Random House, New York, 1992).

Mientras predomina el primer método de sobrevivir, tiende a predominar lo que he llamado economía violenta. A medida que se desarrolle el segundo, puede por lo menos proponerse que la violencia o el uso directo de la fuerza dejan de ser los componentes principales de la economía. Son otros los problemas que encara la cuestión de la supervivencia. Sin embargo, la unificación del mundo por el comercio, gran ambición y promesa del capitalismo, no se cumple nunca de una sola vez ni se implanta de un modo homogéneo y normalizador.

A todo lo largo del siglo, en busca de territorios y mercados, la humanidad ha vivido largos y duros años de extremos de guerra y destrucción, como lo relata con pasión y lucidez el historiador Eric Hobsbawm. Para afirmar el Reich, tomar revancha del abuso victorioso que puso a un lado el interés capitalista más elemental y dio paso a la pasión nacionalista, así como para afirmar una nueva hegemonía mundial y racial, los nazis no titubearon en reeditar el método del trabajo forzado en sus campos de producción y exterminio y llevaron al delirio estas formas violentas de hacer economía.

Peor aún, en los grandes saltos fallidos de los años treinta en la URSS y los cincuenta en China, con la divisa de ir más allá del mercado y el capitalismo, se echó mano de la violencia sobre los hombres y la naturaleza y «el plan» se volvió más bien libreta de instrucciones para violentar la voluntad de la sociedad y simular transformaciones productivas e históricas. Los saldos están ya a nuestra vista.

Lo que hoy ocurre en Africa, pero también en vastos territorios de Asia y América Latina, es precisamente una lucha abierta, violenta, por tierra y recursos, con cargo a la población local que es movilizada y usada violentamente. La experiencia chiapaneca es, para nosotros, emblemática y no debía soslayarse este componente económico violento que se asocia sin duda a la expoliación, pero también al precario desarrollo mercantil de la región. 

En América Latina y en México, en particular, esta economía violenta no tiene una explicación económica unívoca. No son la escasez o la falta absoluta de relaciones comerciales los factores que explican este recurso sistemático a la violencia, sino más que nada es la «falta de Estado», de capacidad jurídica efectiva y civilizatoria, la que permite la emergencia y reproducción de estas «zonas marrones» como las llama Guillermo O’Donnell, que ponen en entredicho los flamantes procesos de democratización que han acompañado los ajustes y la globalización económica en que se ha embarcado el continente desde hace más de una década.

Por cierto, es en estas zonas marrones donde tienden a fundirse y confundirse la economía de la violencia y la economía violenta, el narco, la guerrilla y la ocupación extensiva y depredadora de la naturaleza. Con todo, como lo ha sugerido recientemente Ivon LeBot para Chiapas, la falta de firmes vínculos con el mercado exterior y el consecuente desarrollo de formas mercantiles y productivas así orientadas, puede implicar severos obstáculos para la conformación de la base mínima que el sueño zapatista requiere para aspirar a ser una realidad más o menos alternativa.

Mercado, civilización y violencia

Aquí se ha insinuado que la superación de la violencia como método o forma económica se asocia al desarrollo del comercio y a la generalización de los métodos productivos que son propios de la economía industrial capitalista. Así lo propusieron, entre otros, Adam Smith en el siglo XVIII, Keynes en las primeras décadas del presente siglo y, más recientemente, Albert Hirschman, en su pequeño gran libro Las pasiones y los intereses. 

Oigamos a Smith:

El comercio y las manufacturas introdujeron gradualmente un orden y un buen gobierno, y con ellos la libertad y la seguridad de los individuos, quienes habían vivido antes en un estado continuo de guerra con sus vecinos, así como de dependencia servil respecto de sus superiores. Esto, aunque ha sido lo menos observado, es con mucho su efecto más importante (Wealth of Nations, III, v. 4. Citado por Skinner: «Adam Smith». The Invisible Hand. The New Palgrave, Eatwell, Milgate y Newman, eds. Londres, 1989, p. 11)

En un ensayo reciente, Hirschman retoma su tratamiento de la relación entre las pasiones y los intereses y nos recuerda lo que Keynes proponía al final de su Teoría General: 

Las inclinaciones humanas peligrosas pueden ser encauzadas por canales comparativamente no dañinos, a través de la existencia de oportunidades para hacer dinero y riqueza privada. De no poderse satisfacer esos deseos de esta manera pacífica, pueden encontrar una salida en la crueldad, la búsqueda atropellada del poder y la autoridad personal y otras formas de autoengrandecimiento (Cit. por A. Hirschman: A Propensity to Self-Subversion, Harvard University Press. Harvard Mass., 1995, p. 217).

La experiencia del mercado no ha sido así de cumplidora. Para empezar, como hemos sugerido, la civilización mercantil se impuso a punta de cañón y a costa de la destrucción de formas culturales y productivas, gente y tierras. Y a todo lo largo de esta Edad de los Extremos, como la ha llamado Eric Hobsbawm, las convulsiones y mutaciones económicas que son propias de esta forma de organización productiva que llamamos genéricamente capitalista, han pasado por momentos de extrema violencia. La nueva organización industrial norteamericana de la gran empresa y los grandes sindicatos no emergió sino a través de grandes y sangrientos conflictos, y nuestra propia forma de organización mercantil capitalista, así como la conformación del Estado, se abrieron paso por las armas y la guerra civil revolucionaria.

Las dos grandes interrupciones de la economía mundial y sus procesos globalizadores en este siglo, desembocaron en dos grandes guerras de alcance mundial y, como lo recuerda Anthony Giddens, 

no fue el desarrollo endógeno del industrialismo lo que disolvió el poder de las élites tradicionales en Alemania y Japón, y no fueron los procesos internos de cambio político los que produjeron la emergencia de las democracias liberales en esos Estados. Lo primero fue el resultado de la derrota en la guerra, en tanto que lo segundo fue el producto de la intervención directa de Estados Unidos y otros gobiernos aliados (The Nation State and Violence, University of California Press, 1987, p. 243). 

Los efectos pacificadores y civilizatorios del capitalismo se ven no sólo marcados por sus orígenes violentos sino que se ven siempre acompañados por erupciones de violencia, hoy magnificadas por la formidable capacidad de destrucción que la producción de armas en masa, con la más alta tecnología imaginable, hace posible.

La nueva y vertiginosa oleada de globalización que hoy vivimos de nuevo promete el fin de la guerra y del recurso a la violencia para «hacer economía». Pero la cosificación y fetichización del mercado ponen de nuevo a la sociedad humana ante posibilidades de disrupción que no están lejos de la violencia abierta. Frente a la globalización se busca poner la afirmación de nuevas o viejas identidades y en esta lucha de identidades siempre está presente la posibilidad de guerra. Disolver por el comercio este frenesí particularista de culturas y adscripciones nacionales, locales y hasta tribales como en Africa, no parece un camino fácil ni exento del recurso a la violencia.

Las transformaciones del capitalismo dan cuenta de la enorme capacidad que tiene la sociedad moderna para producir cambios e innovar en la ciencia y la técnica, así como en la propia organización social. Pero el reino del mercado no es sólo magia sino desesperación y angustia ante la inseguridad y la incertidumbre que acompañan al cambio. Más que reflotar el más grosero de los darwinismos sociales, y hacer de la competencia un fetiche destructivo, lo que parece estar en el orden del día es la invención de nuevas formas de cooperar entre Estados, naciones y grupos sociales. Como lo ha dicho George Soros: 

Hay algo erróneo en convertir la supervivencia del más apto en el principio conductor de la sociedad civilizada. Mi punto principal es que la cooperación es, tanto como la competencia, una parte del sistema y que el slogan «supervivencia del más apto» distorsiona este hecho (Soros, G.: «The capitalist threat», The Atlantic Monthly, febrero de 1997.)

La sociedad se las ha arreglado para convivir y sobrevivir a la violencia. Y sus métodos de producción y distribución prometen hoy como nunca antes que esta sobreposición a la fuerza como recurso económico puede en efecto volverse un sistema universal de vida. 

¿Se puede ir más allá del mercado? Los intentos de este siglo acabaron en el caos económico, extremaron el recurso a la violencia directa sobre la gente, como sucedió en la URSS en los años veinte y treinta. Ahora, en busca del mercado, esas sociedades y otras más que en realidad nunca pretendieron abolirlo del todo, se despeñan por el desfiladero de la desintegración nacional, la guerra intestina y la violencia abierta con fines de acumulación y enriquecimiento. 

Pero, a la vez, la propia experiencia histórica nos indica la posibilidad real y realista de contar con mercados diferentes y no con «el mercado», con capitalismos que recogen combinaciones y compensaciones sociales y no con «el capitalismo» que es ciego y sordo a la existencia colectiva y, de hecho, en su exaltación individualista arrincona cualquier posibilidad de desarrollo individual. Es esta búsqueda la que hoy se puede y debe intentar. Crear las condiciones para que esta exploración de nuevas combinaciones cooperativas sea viable y realista es lo que sigue como tarea central del desarrollo y de toda visión que quiera superar la violencia. 

Estos son, ni duda cabe, los retos del México de fin de siglo. La violencia se disemina y amenaza con contaminar la todavía frágil trama de relaciones sociales que ha emergido del cambio estructural de la economía y del que ha tenido lugar por décadas en nuestras formas culturales y de relación con el mundo. También cuestiona la convivencia democrática que se quiere implantar como la forma principal para dirimir el conflicto político y conformar y renovar el poder. 

México está, así, frente a la necesidad urgente de innovar en materia de cooperación política y social. La economía, por sí sola, no parece capaz de producir esos mecanismos de intercambio que sin afectar las cuerdas maestras del mercado propicien a la vez relaciones de solidaridad entre los actores y agentes del drama económico y social. 

Para terminar, algunas preguntas que parecen útiles para acercarse en otra ocasión al caso mexicano. ¿Podemos pensar en una cooperación socialmente productiva en medio de la pobreza, el empobrecimiento y la más aguda concentración del ingreso y la riqueza registrada en el siglo? ¿Puede darse esta cooperación necesaria para disolver la violencia, en medio de la competencia salvaje y de la contaminación de la política por el delito? Estos son, al filo del milenio, nuestros desafíos.