Este es el discurso pronunciado al recibir el doctorado honoris causa de la Academia de Artes Teatrales, en Praga, el 4 de octubre de 1996.


Hace tiempo leí un artículo de periódico titulado “La política como teatro”. Se trataba de una crítica persuasiva y devastadora de todo lo que he tratado de hacer en política. La premisa básica era que en el reino serio de la política no hay lugar para las frivolidades de un reino tan superfluo como el teatro. El autor pudo haber estado en lo correcto en algunos puntos; soy muy consciente de que en los meses iniciales de mi presidencia, algunas de mis ideas tenían más un aire teatral que perspicacia política. Sin embargo, creo que había algo básicamente incorrecto en su argumentación y que se debe a su falta de comprensión tanto del origen primitivo y el significado del teatro como de un aspecto crucial de la política.

Sin duda alguna ustedes entenderán por qué —ya que fui empujado prácticamente de la noche a la mañana del mundo del teatro al mundo de la alta política— quise, en esta célebre ocasión, ofrecer algunas observaciones sobre la dimensión teatral de la política.

Parece ser —y la investigación actual sobre la historia más antigua de la raza humana lo corrobora— que una de las principales fuentes de la autoconciencia humana fue la nueva imagen del mundo que surgió cuando nuestros ancestros se irguieron y empezaron a caminar en dos pies. De un ambiente hasta entonces desestructurado surgió gradualmente el mundo tal y como hoy lo conocemos. Ahora tenía un “arriba” y un “abajo”, una “izquierda” y una “derecha”, un “cerca” y un “lejos”. La gente empezó a darse cuenta de que el sol salía y se ponía en lugares diferentes; reconoció una regularidad y una lógica en sus movimientos a través del cielo y en los sucesivos patrones de oscuridad y luz. Fue así como surgió nuestra conciencia sobre el espacio y el tiempo —o del espacio-tiempo, como diríamos ahora— como algo que obedece a cierto orden. Y fue también entonces que la humanidad empezó a darse cuenta de su propio ser y del mundo como mundo, y que empezó a pensar en un sentido religioso. Esto es comprensible. ¿De dónde más pudo surgir una explicación al hecho de que el mundo era algo más que un terreno en el que el ser humano podía moverse y encontrar alimento si no de un orden misterioso? Y así fue que se supuso la existencia de un lugar de donde este orden había emanado y de un ser que le había dado forma. Este orden, no del todo comprendido pero oscuramente percibido como una creación inteligente, no pudo haber surgido por accidente: tenía que ser producto de una voluntad. Y si de hecho había uno o más misteriosos compañeros en el cosmos, ¿por qué no buscar maneras de comunicarnos con ellos?

La conciencia de una estructura en el espacio y el tiempo, de composición y de orden —y, por lo tanto, de desviaciones de este orden o de posibles alteraciones— ha constituido una parte integral de nuestro ser en el mundo desde los orígenes de la humanidad, y, de hecho, debió jugar un papel esencial en esos orígenes, ya que un ser humano autoconsciente que carezca de esta conciencia es algo imposible de imaginar.

Ahora parece ser que esta conciencia, la fuente de la espiritualidad y la religiosidad humanas, ha formado parte de nuestra historia durante más tiempo de lo que suponíamos. Y yo me atrevo a aventurar que en esta misma conciencia yacen los orígenes prístinos del drama y del teatro también. Yo creo que el sentido de lo dramático —o de lo teatral, si se me permite ponerlo en estos términos— ha formado parte de la vida humana desde que nos volvimos humanos, y antes de que el drama y el teatro se convirtieran en fenómenos culturales o géneros artísticos autónomos. En otras palabras, lo que hoy percibimos como drama o teatro es simplemente una de las muchas manifestaciones tardías de nuestra experiencia fundamental del mundo y de nuestro sitio en él. Tan pronto como empezamos a reconocer que una cosa sigue a la otra, que algunas pueden repetirse, que diversos sucesos pueden estar conectados, que el espacio-tiempo, y por lo tanto, el mundo, está estructurado, empezamos a experimentar cierto sentido de lo dramático. Y tan pronto como empezamos a utilizar los rituales para comunicarnos con las fuerzas que suponemos responsables del mundo, estamos haciendo teatro. Porque ¿qué es el teatro si no un intento por aprehender el mundo de una manera enfocada mediante la aprehensión de una lógica espacio-temporal? ¿Acaso las fases básicas del drama —de la exposición a la catarsis— no derivan del ritmo primordial de las estaciones? ¿Y qué es el teatro si no un sucesor de la magia —un intento de comunicarnos, a través de un lenguaje ritual, con las fuerzas que gobiernan el mundo?—. Aristóteles en alguna ocasión escribió que cada drama o tragedia tiene un principio, una parte media y un final, con un antecedente siguiendo a un precedente. Esto es precisamente lo que quiero decir cuando afirmo que el teatro es un intento particular por comprender la lógica del espacio y el tiempo, y, por lo tanto, la lógica del Ser mismo.

En breve, el mundo como experiencia de un ambiente estructurado contiene una dimensión dramática inherente, y el teatro es, de hecho, una expresión de la búsqueda de una manera concisa de atrapar ese elemento dramático. Una obra de teatro de no más de dos horas de duración siempre presenta, lo quiera o no, un cuadro del mundo entero e intenta decir algo acerca de él.

¿Y qué es la política?

De acuerdo con la definición tradicional, la política es la conducta de los asuntos públicos, la preocupación por ellos y su administración. Por supuesto que la preocupación por los asuntos públicos significa preocupación por la humanidad y por el mundo en el que vivimos. Y eso, a su vez, requiere cierta comprensión de la humanidad y un reconocimiento de todos los aspectos de nuestra autoconciencia en el mundo. No veo cómo un político puede alcanzar eso sin reconocer el elemento dramático inherente al mundo que ven los seres humanos y, por lo tanto, una herramienta fundamental de la comunicación humana. La política sin un principio, una parte media y un final, sin exposición y sin catarsis, sin graduación y poder sugestivo; la política que carece del tipo de trascendencia que desarrolla un verdadero drama, utilizando gente real, y lo convierte en un testimonio sobre el mundo como un todo, ese tipo de política es, en mi opinión, una política castrada, coja y sin dientes. En otras palabras, es una mala política. No estoy diciendo que siempre tengo éxito con lo que predico —tómese como ejemplo la crítica del artículo al que hice mención al principio—, pero he trabajado para desarrollar una política que sabe que importa qué es lo que viene primero y qué le sigue, una política que sabe que todas las cosas tienen una secuencia y un orden propios, una política que sabe que los ciudadanos, sin necesariamente teorizar como yo lo estoy haciendo ahora, reconocen perfectamente bien si las acciones políticas tienen una dirección, una estructura, una lógica en el tiempo y el espacio, una graduación y una poder sugestivo, o si carecen de todas estas cualidades y constituyen simplemente una respuesta azarosa a las circunstancias.

El teatro es un fenómeno del tiempo y el espacio. En el espacio limitado del escenario, en un tiempo limitado, con un número limitado de figuras y artefactos, el teatro dice algo sobre el mundo como un todo, sobre su historia, sobre la existencia humana. Como un descendiente de los rituales, explora el mundo con el fin de influir en él. El teatro es siempre simbólico y también una abreviación. En el teatro, la inconmensurable riqueza y la infinita complejidad del Ser se comprimen en un código conciso que, a pesar de lo simple, pretende extraer lo que parece más esencial de la sustancia del universo y comunicarlo al auditorio. Esto, de hecho, es lo que las criaturas pensantes hacen todos los días cuando hablan, estudian, escriben o meditan. El teatro es simplemente una de muchas maneras de expresar la habilidad humana básica para generalizar y comprender el orden invisible de las cosas. Cualquier cosa que digamos, incluyendo estos comentarios, constituye una combinación de inútiles simplificaciones y un intento por desprender del intrincado tejido de las cosas y los eventos algo esencial que pudiera, a primera vista, haber permanecido oculto.

El teatro también tiene otras características. Posee una habilidad especial para aludir a, y transmitir, múltiples significados. Una acción específica que se muestra en escena siempre irradia un mensaje más amplio, sin expresarlo necesariamente en palabras. La naturaleza colectiva de una experiencia teatral no es menos importante: el teatro siempre presupone la presencia de una comunidad —actores y audiencia— que comparte, y esta posibilidad de compartir constituye un elemento fundamental de esa experiencia.

Todas estas cosas, por banales y obvias que le puedan parecer a gente de teatro como ustedes, tienen su contraparte en la política. Un amigo mío dijo en alguna ocasión que la política era “la suma de todas las cosas concentradas”. Incluye al derecho, la economía, la filosofía y la psicología. La política es también, inevitablemente, teatro —teatro como un sistema de símbolos que se dirige a nosotros como individuos y miembros de una comunidad; que testifica, a través del evento específico en que se encarna, el gran acontecer de la vida y el mundo, y que expande nuestra imaginación y nuestras sensibilidades.

No puedo imaginarme una política que aspire al éxito de largo plazo que no tenga conciencia de estas cosas.

Permítanme darles algunos ejemplos. 

Los símbolos nacionales e históricos que la política emplea son parecidos a los símbolos teatrales. Los himnos nacionales, las banderas, las decoraciones, los aniversarios nacionales y demás no significan gran cosa por sí solos como fenómenos visuales, pero los significados y asociaciones que evocan constituyen importantes instrumentos de la comprensión que una sociedad tiene de sí misma, un medio muy importante para crear conciencia sobre la identidad y la continuidad sociales. Más que eso, estos símbolos de la condición de Estado están ligados a sentimientos tales como el orgullo nacional, la disposición a defender al país y la gratitud de la sociedad hacia quienes le brindaron un servicio distinguido.

Más allá de esto, la política está cargada con símbolos menos visibles también. Cuando el presidente alemán vino a Praga poco después de nuestra Revolución de Terciopelo —el 15 de marzo de 1990, el aniversario de la ocupación nazi de las tierras checas— no dijo gran cosa porque su visita en ese día hablaba por sí sola. Fue igualmente propicia la visita del presidente francés y del primer ministro británico en el aniversario del Acuerdo de Munich. Y cuando —por vez primera— los más altos representantes de todos los países de Europa Central empezaron a reunirse regularmente en pequeños pueblos de la región, este hecho constituyó en sí mismo un signo político importante, incluso si estas reuniones no hubieran producido resultado alguno.

Debo de admitir que yo también me involucro en políticas simbólicas; con frecuencia me reúno con gente durante un día de trabajo —compañeros ciudadanos o delegaciones extranjeras— no porque tenga cosas urgentes que discutir con ellos, sino simplemente por el hecho de reunirnos, porque el solo hecho de reunirnos lleva un mensaje. No puedo ocultar que en ocasiones esto me resulta una imposición. Por otro lado, también soy consciente de que este tipo de encuentros constituye una parte integral de la política y que sería tonto evitar ciertas reuniones simplemente porque no tengo una agenda particular que discutir.

Podría darles una lista más larga de ejemplos, pero en muchos sentidos, éstos y otros actos políticos simbólicos se asemejan al teatro más que cualquier otra cosa. También suponen alusiones, una multiplicidad de significados y poder sugestivo; también expresan una realidad condensada, haciendo una conexión sin ser explícito; también cuentan con un marco ritual universalmente aceptado que ha soportado la prueba del tiempo.

Por supuesto que una acción política no puede servir como símbolo o jugar un papel importante a menos que se conozca. Hoy en día, en la era de los medios masivos de comunicación, es evidente que si un hecho carece de la cobertura adecuada, particularmente de la televisión, igual podría no llevarse a cabo. Incluso aquellos que dudan de la importancia política de la arquitectura espacio-temporal o del significado de los símbolos y rituales políticos no pueden negar un aspecto de teatralidad en la política: la dependencia de la política de los medios. Vivimos en un tiempo en el que cuando uno no le resulta amistoso a los medios no puede convertirse, por ejemplo, en presidente de Estados Unidos. Hoy los políticos utilizan consultores para ampliar su imagen en los medios, y muchos estarían desamparados sin la asesoría en técnicas para actuar y presentar un discurso frente a las cámaras. Algunos políticos se vuelven virtuales esclavos de los medios, al grado de que le sonríen a las cámaras en lugar de sonreirle a la gente; incluso cuando palmean la espalda de un pequeño, esperan la llegada de los medios para que registren la ocasión desde el mejor ángulo. Otros dedican una gran parte de sus vidas a hablar con periodistas influyentes, conscientes de que el tono de los creadores de opinión conlleva más peso que los temas discutidos. Así, todos los políticos, incluidos aquellos que desprecian al teatro por superfluo, como un embellecimiento de la vida que no cabe en la política, sin querer se vuelven actores, dramaturgos, directores y animadores.

Al margen de lo que pensemos sobre el asunto, debemos reconocer que a este respecto, por lo menos, el arte teatral está presente en la política después de todo. 

El importante papel que el sentido de lo teatral juega en la política tiene —debemos admitirlo— un doble filo y un carácter ambivalente. Aquellos que poseen esta cualidad pueden conducir a las sociedades a grandes y meritorios hechos y nutrir en el público una cultura política democrática, un coraje cívico y un sentido de la responsabilidad. Pero esas personas también pueden movilizar los peores instintos y pasiones humanos, pueden volver fanáticas a las masas y conducirlas al infierno. Permítanme recordarles uno de muchos ejemplos: la aptitud nazi para los espectáculos imponentes. Recordemos las gigantescas congregaciones de la NSDAP, las procesiones iluminadas con antorchas y otras ceremonias que las acompañaban, los inflamados discursos de Hitler y Goebbels, el culto nazi a la mitología germana, y los uniformes de Goering. Difícilmente podríamos encontrar abusos más monstruosos de los aspectos teatrales de la política. ¡Cuántos fueron vilmente arrastrados en aquellos tiempos! Pero esto no se limita al nazismo y al comunismo. Hoy en día —incluso en Europa— podemos encontrar muchos dirigentes que utilizan todo un arsenal de herramientas teatrales para infundir el tipo de nacionalismo ciego e insensible que eventualmente conduce a la guerra, a los exterminios étnicos y a las atrocidades de los campos de concentración y del genocidio.

El teatro es claramente una parte integral de la política, pero también es cierto que puede convertirse en un instrumento altamente efectivo de abuso.

¿En dónde está el límite? ¿En dónde está la frontera entre el respeto legítimo a la historia y a la identidad nacionales, a los símbolos de la condición de Estado, y la diabólica música de los gaiteros moteados, los oscuros magos y los hipnotizadores? ¿En dónde termina el admirable arte del apasionado discurso público y en donde empieza la demagogia burda y el engaño? ¿Cómo podemos reconocer el punto más allá del cual la comprensión de la estructura dramática de la existencia humana y la necesidad natural de la gente de participar en experiencias colectivas a través de ciertos ritos integradores se convierten en una manipulación que asalta la libertad humana? ¿En dónde se convierte en el primer paso hacia el camino que conduce al desastre universal?

Me temo que la ciencia moderna no cuenta con un método exacto para fijar esa línea divisoria. Debemos entonces confiar en factores no científicos tales como el sentido común, la moderación, la responsabilidad, el buen gusto, el sentimiento, el instinto y la conciencia.

Es aquí en donde percibimos una enorme diferencia entre el teatro como arte y la dimensión teatral de la política. Una loca exhibición teatral por un grupo de actores fanáticos constituye parte del pluralismo político, y, como tal, ayuda a expandir el reino de la libertad sin constituir un peligro para nadie. Una loca exhibición de un político fanático puede conducir a millones a una calamidad sin fin.

Esto me lleva a un tema sobre el que frecuentemente hablo: el tema de las demandas especiales que la política impone a la conciencia y la responsabilidad. Pero ya he dicho demasiadas cosas sobre ese asunto y no lo voy tocar ahora.

Vaclav Havel
Dramaturgo.

Traducción de Octavio Gómez Dantés