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Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

1. Desde 1975, cuando el entonces llamado imperialismo norteamericano sufre una contundente derrota en Vietnam, las izquierdas en el mundo han vivido una larga y dolorosa pesadilla que, con mucha frecuencia, ha degenerado en confusión, desconcierto, crisis y hasta denegación oportunista de la propia identidad. Todo ocurre, en efecto, como si el triunfo del Ejército de Liberación Nacional vietnamita hubiera marcado el clímax de la oleada progresista que había permeado la mayor parte del planeta después de la derrota militar y política de los fascismos. Una oleada que hacía pensar a buena parte de los observadores que los días del liberalismo y el capitalismo estaban contados y que condujo, como señala Bobbio, a que las fuerzas de la derecha se vieran obligadas a renegar de sus principios e identidades, intentando presentarse, en todo caso, como fuerzas defensivas de la civilización cristiana occidental.

Nadie podía prever entonces que al calor de las dificultades económicas emergentes a nivel mundial, y ante el estrepitoso fracaso de los sistemas totalitarios del mal llamado socialismo real, lo que vendría no sería el colapso del capitalismo y del mercantilismo sino todo lo contrario. El renacimiento abrumador e incontenible del liberalismo económico y de las fuerzas empresariales, la consolidación de la hegemonía material de los poderes capitalistas y finalmente el desplome vertiginoso de la mayor parte del llamado «bloque socialista». Tras una serie de desilusiones y fracasos más o menos trágicos y costosos, las izquierdas marxistas, revolucionarias, comenzaron un difícil proceso de reconversión democrática que no pocas veces terminó en el abandono de todos los ideales, cuando no en su conversión en organizaciones sociales o militaristas mafiosas.

El doble descubrimiento de que no existen alternativas viables y deseables ni a la democracia liberal ni a la economía de mercado capitalista, sino opciones dentro de la democracia y dentro del capitalismo, llevaría a la extinción desigual pero implacable de las ideologías revolucionarias, antisistémicas, que por tanto tiempo dieron sentido e identidad a gran parte de las izquierdas, sobre todo en las sociedades subdesarrolladas. La parábola seguida por el EZLN, a pesar de todas las cortinas de humo sentimentaloides, puso en evidencia la neta inviabilidad de los métodos «revolucionarios» en nuestros días y la total obsolescencia de la vieja terminología marxista-leninista, aun disfrazada de teología de la liberación.

Pero también las izquierdas reformistas y socialdemócratas se tuvieron que enfrentar con el agotamiento radical de buena parte de sus métodos y propuestas tradicionales. Con frecuencia, la rapidez de los cambios y la novedad de los problemas condujo a estas izquierdas a asumir posturas puramente defensivas y, todavía peor, claramente conservadoras, lo que daría lugar a esa extraña paradoja de una derecha «revolucionaria» frente a una izquierda incapaz de ofrecer otra cosa que una vuelta al pasado perdido, que una defensa más o menos vergonzante y costosa del orden establecido. Agobiados por una dinámica económica mundial que dislocaba o restringía enormemente las bases de sus políticas anteriormente exitosas, sindicatos, organizaciones y movimientos populares, lo mismo que partidos populistas o socialdemócratas, se verían reducidos con pocas excepciones al papel de testigos impotentes del éxito político e incluso electoral de fuerzas neoliberales, modernizadoras y tecnocráticas, que al menos parecían (aunque falazmente) ofrecer posibilidades de un futuro mejor.

A pocos años de que termine el siglo XX, las cosas empiezan a modificarse gradualmente. Los costos sociales crecientes de las reformas modernizadoras, pero también la renovación difícil de los partidos socialistas y socialdemócratas, parecen haber comenzado a revertir la hegemonía incontestada de las corrientes neoliberales y neocon-servadoras en beneficio, al menos en Europa, de un centro-izquierda que ha logrado asimilar hasta cierto punto las duras lecciones de la historia. Empero, la ingente desigualdad que padece nuestra aldea global, aunada a la carencia de modelos o marcos precisos tanto teóricos como programáticos, sólo permite prever que la recomposición organizativa e ideológica de nuevas identidades de izquierda a la altura de los retos del presente, será un proceso largo y complicado.

2. El panorama que ofrecen las izquierdas mexicanas en este contexto difícilmente puede ser más confuso e incierto. Por muchas razones, en nuestro país nunca logró consolidarse una verdadera tradición socialdemócrata, reformista y gradualista, pero sobre todo moderna e ilustrada. Por el contrario, predominaron siempre identidades revolucionarias, populistas o leninistas, que tanto dentro como fuera del sistema político autoritario se caracterizaron por concepciones antiliberales y antidemocráticas de la política. Combinando los mitos del revolucionarismo marxista con los propios de la Revolución Mexicana, estas izquierdas siempre entendieron la democracia y la democratización como meros expedientes tácticos en su lucha contra el «sistema», asumiéndose en cambio como defensores de las conquistas sociales de un estatismo corporativo y clientelista. Divididas y sectarizadas por una escolástica doctrinaria que les impedía toda captación objetiva de las dificultades del país, marcadas por un negativismo político supuestamente radical que apostaba todo a los grandes días de una nueva (o renovada) revolución, la mayor parte de estas izquierdas hubo de contentarse con padecer un aggiornamento «democrático» (más bien electoral) bajo la hegemonía de un desprendimiento del partido oficial sólo identificable en términos de un populismo pragmático antimodernizador (o en sus términos, antisalinista).

Los avatares brutales de una «modernización» que agotaría y pondría en crisis las bases del sistema presidencialista de partido casi único, y que generaría costos sociales incomensurables, posibilitarían el crecimiento electoral del partido en el que se sintetizaría la mayor parte de esas corrientes de izquierda, el PRD, que se convertiría así en el referente político fundamental de las corrientes de esas izquierdas, siempre bajo la hegemonía incontestada de la figura y la voluntad de los provenientes del PRI. Unidos bajo un antigobiernismo genérico y maniqueo, impulsados por un malestar social creciente originado en las crisis, las torpezas y la insensibilidad de las políticas modernizadoras oficiales, los miembros del PRD configuran hasta ahora una especie de coalición o frente amplio de centro-izquierda conservador, cuyo objetivo estratégico consiste en desplazar al PRI del gobierno a como dé lugar. Lo que explica tanto su voluntad de atraer a todas las personalidades priístas que por la razón que sea se escinden de ese partido, como la pertinaz negación de sus máximos dirigentes a asumir una definición programática precisa.

Otro sector de las izquierdas mexicanas, que por sus posturas emocionales tendría que llamarse la izquierda cursi, al parecer ha ido perdiendo fe en las maniobras del PRD —es difícil, ciertamente, asimilar la presencia de cuadros como Irma Serrano o como Layda Sansores— y ha descubierto en Marcos y sus comunicados una especie de alternativa sentimental que le permite mantener un negativismo político todavía más abstracto e incontaminado por los intereses «del sistema». Asumiendo inocentemente la pretendida voluntad de impotencia de ese curioso liderazgo «estudiantil», armado y con base indígena, las perspectivas de este sector no parecen ir más allá de servir de base de maniobra para los incomprensibles planes de un encapuchado que hasta el momento sólo ha sabido explotar la desdichada situación de muchas comunidades indígenas para tratar de colocarse como árbitro supremo de la política nacional.

Existe a mi entender, sin embargo, otra izquierda, acaso más difusa y carente hasta hoy de una organización partidaria. Una izquierda que, de tiempo atrás, criticó y rechazó los modelos bolcheviques y revolucionarios en nombre de un compromiso con la democracia política y con los valores de la sociedad moderna. Una izquierda que, en muchas coyunturas, ha mostrado su decisión de reivindicar una política de principios, una política distante tanto de las tradiciones populistas y clientelares del priísmo como de las visiones tecnocráticas y autoritarias de la modernización de los últimos sexenios. Una izquierda que quiso y supo reivindicar el Estado de derecho, el imperio de la legalidad y el respeto de los derechos humanos como las únicas bases de un socialismo moderno y modernizador que no debiera entenderse ya como «alternativa sistémica» sino como programa civilizador e igualitario dentro de la economía de mercado. Y esto cuando la mayor parte de las izquierdas seguían jurando por la revolución y denostando la democracia formal como mera trampa burguesa. Una izquierda, en fin, que pese a su marginalidad programática y partidaria ha tenido una influencia relevante en el desarrollo del país en la medida en que ha apostado no al maniqueísmo, no a las aventuras y no al cinismo, sino a posiciones racionales y razonables.

Acusada y acosada por la buena parte de las fuerzas políticas y sociales, abrumada por las condenas maniqueas de tirios y troyanos, y progresivamente excluida políticamente del partido al que naturalmente tendría que pertenecer, esa izquierda —con todas sus diferencias y experiencias— tendría hoy que reconocer la necesidad de analizar y debatir esta historia paradójica que dándole la razón en tantas cosas, también la ha situado en la posición quizá necesaria pero incómoda de defensora oficiosa, aun contra sus propios operadores, de un Estado en difícil e incierto proceso de democratización.