Érase una vez en América: los orígenes del totalitarismo

Habían pasado nueve años y diez meses desde su llegada a Nueva York cuando Origins of Totalitarianism de Hannah Arendt llegó a las librerías el 22 de marzo de 1951.

La presentación del libro tuvo lugar cinco días después. No en cualquier sitio, sino en una casa neoyorquina con la elegante dirección del 124 East 70th Street. Situada a cinco minutos a pie de la Frick Collection, en Lenox Hill, el barrio más meridional del Upper East Side de Manhattan, la moderna residencia rodeada de tradicionales brownstones se había hecho famosa rápidamente desde su finalización en 1941. Los propietarios eran muy conocidos en la ciudad: Eduard A. Norman era un banquero de éxito de Wall Street y su esposa Dorothy Norman-Stecker tenía múltiples talentos. Era una activista política de extrema izquierda, una comentarista que escribía la columna semanal «Close up» en el New York Evening Post desde 1942, y una artista que mantenía una relación con el famoso fotógrafo Alfred Stieglitz, cuyos retratos de Jawaharlal Nehru, Indira Gandhi, Thomas Mann y Albert Einstein, por ejemplo, fueron icónicos incluso en vida. Por si fuera poco, fue una mecenas tan polifacética como bien relacionada, que consiguió encargos y apariciones públicas para numerosos artistas, escritores y otras figuras de la cultura. En particular, su revista Twice a Year, que se convirtió rápidamente en legendaria y se publicó desde el otoño/invierno de 1938 hasta el otoño/invierno de 1948, despidiéndose en su décimo aniversario con un grandioso y pomposo número final, también pretendía ser un foro para jóvenes talentos. Por ejemplo, Norman invitó al escritor negro Richard Wright, a quien ella apoyaba, a publicar un número especial de la revista sobre Franz Kafka.

Norman y Arendt tenían numerosos amigos y conocidos comunes, leían atentamente a Bertolt Brecht y defendían la causa sionista. Además, Dorothy y Eduard Norman, originalmente Nussbaum, tenían raíces alemanas por ambos lados de la familia. Sin embargo, fue Dorothy Norman quien presentó Arendt a Wright. El escritor quería estudiar el existencialismo filosófico, le dijo a su mecenas. Norman preguntó entre sus conocidos y a finales de 1944, principios de 1945, invitó al teólogo Paul Tillich y a Arendt, que eran buenos amigos y conocedores de la materia, a discutir con Wright sobre Kierkegaard, Nietzsche y Heidegger. A partir de entonces, Arendt y Norman mantuvieron un contacto informal que desembocó en la idea de Norman de celebrar la presentación del libro en su casa de la ciudad.

Arendt debió de interesarse especialmente por las relaciones de Norman con Jean-Paul Sartre y Albert Camus. Conoció a ambos durante sus giras por Estados Unidos, en Nueva York. Sartre ya había estado en Estados Unidos en 1945 y ahora acompañaba representaciones de sus obras de teatro y daba conferencias. A principios de marzo de 1946, también viajó a Nueva York para dar una conferencia sobre el panorama teatral francés de la época en la sala de música de cámara del Carnegie Hall, invitado por Charles Henri Ford, director de la sutil y pequeña revista View. Todo Nueva York quería conocerle, y así la estrella más brillante del firmamento existencialista fue un invitado muy solicitado en restaurantes y bares. La revista de izquierdas Partisan Review también consiguió una cita, por lo que los editores Wilhelm Phillips y Philip Rahv, que eran amigos de Arendt, la invitaron. Además de Arendt, pidieron al ensayista y traductor Lionel Abel que los acompañara, ya que ambos hablaban muy bien francés. Sartre, que no dominaba el inglés y apenas hablaba algo de alemán, al menos según el recuerdo de los presentes, era un interlocutor muy animado que nunca se quedaba sin respuesta. Abel señaló muchos años después que discutieron, entre otras cosas, sobre si había una «ruptura» en el éxito de ventas de El extranjero de Camus, que Arendt creía haber reconocido.

Tres semanas más tarde, Albert Camus llegó a Nueva York, donde se reunió inmediatamente con Dorothy Norman, que había estado en contacto con él desde el año anterior. El 28 de marzo pronunció la polémica conferencia «La crise de l’homme» en la Universidad de Columbia, entre otros lugares. Camus regaló esta versión a la estadounidense, que la publicó en Twice A Year. El 5 de junio de 1946 apareció en el Evening Post un importante retrato de Camus realizado por Norman, en el que se presentaba la obra y se abordaban temas de actualidad.

Fue durante esos días cuando Arendt conoció a Camus. Es evidente que congeniaron tan bien que, en su primer viaje a Europa, en 1949, le bastó una postal para volver a hablar con él en París. Su conferencia sobre la «Crisis del hombre» le proporcionó a Arendt una visión única del existencialismo francés.

He elegido estos relatos porque ahora puedo responder a la pregunta «¿Está el hombre en crisis?» de un modo distinto al sí convencional. Ahora puedo responder de la misma manera que lo hicieron aquellos de los que hablé: sí, la humanidad está en crisis, porque la muerte o la tortura de un ser humano en nuestro mundo se contempla con indiferencia, con curiosidad científica o incluso sin reacción alguna. Sí, la humanidad está en crisis porque el asesinato de un ser humano se contempla de cualquier manera menos con asco y vergüenza, que es lo que debería causar. Porque la pena se percibe como una obligación dolorosa, algo así como tener que hacer cola para comer; por eso el ser humano está en crisis.

Las víctimas no sólo no pudieron verbalizar que habían sucedido «cosas horribles» durante la Segunda Guerra Mundial, sino que esas cosas tenían nombre y eran reales. Ya en 1946 Camus habló de algo que muchos de los que no se vieron afectados por las deportaciones aún no estaban preparados para clasificar. Reprende a su generación y, a lo largo del texto, analiza cómo el pensamiento y la acción dependen el uno del otro, cuán impotentes parecen las reacciones naturales ante un nivel de violencia sin precedentes.

No menos sorprendente es el final del ensayo de Camus, en el que se opone a una recaída en la historia y, en cambio, exige actualidad.

Nuestra sugerencia es sólo luchar dentro de la historia para proteger de ella esa parte del hombre que no le pertenece. Sólo queremos encontrar nuestro camino hacia un tipo de civilización en la que el hombre no dé la espalda a la historia ni sea ya esclavo de ella; en la que el servicio que cada uno debe a los demás se equilibre con la reflexión, el ocio y la participación en la felicidad a la que él mismo tiene derecho.

Hay ahora una generación que vive en Francia y Europa que llama loco a cualquiera que confíe en la condición humana y cobarde a cualquiera que desespere de las circunstancias. Rechaza las explicaciones absolutas y el imperio de las ideologías políticas, pero afirma al ser humano vivo en su lucha por la libertad. Aunque no cree en la realización de la felicidad general, sí cree en la posibilidad de aliviar el sufrimiento de la humanidad. Precisamente porque el mundo es realmente infeliz, esta generación cree que debemos crear en él un poco de felicidad; precisamente porque el mundo es injusto, debemos trabajar por la justicia; precisamente porque es, en última instancia, absurdo, debemos darle sentido.

La historia como lugar de refugio: como modelo explicativo que debe asumir racionalidad, intencionalidad, planificación e intención ante el carácter incomprensible de lo sucedido para poder dejar claro quién actuó y cómo. Al principio, muy poca gente pensó en el hecho de que actuar de forma aleatoria también abría oportunidades para cambiar el supuesto «curso de la historia». La idea parecía inaudita, porque en ella se habría manifestado abiertamente el absurdo, en el sentido más verdadero y negro, de la falta de sentido de la muerte de los asesinados. Pero aquí es precisamente donde radica uno de los aspectos terribles de las reflexiones de Camus: él sabía que las víctimas y los supervivientes no podrían hablar así y no hablarían así. Esta idea fue impuesta a quienes actuaban como si el «curso de la historia» existiera, y Camus no quiso aceptarlo. A Arendt debió de gustarle esto.

Meyer, Thomas. Hannah Arendt. Una biografía intelectual. Anagrama, 2025.

Thomas Meyer

Se doctoró en la LMU Múnich. Ha sido profesor en Alemania y en el extranjero y en la actualidad enseña filosofía en Múnich. El foco de sus investigaciones y publicaciones es el siglo XX. Ha sido el editor de varios de los escritos de Hannah Arendt.

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Publicado en: En la mesa