Juan Carlos Cervantes W.

La tan anunciada y esperada jornada electoral del 6 de julio trajo algunas sorpresas y muchas experiencias, los partidos políticos se encontraron con la más lograda legislación en la materia hasta ahora, algunos lo entendieron y lo aprovecharon, otros se tardaron en comprenderlo y siguieron utilizando los mismos argumentos y discursos de tiempos pasados. Los principales resultados, números aparte:

1. Por primera vez en el México moderno, el partido en el poder no controlará por sí solo la Cámara de Diputados; tampoco lo harán las dos mayores fuerzas de oposición juntas, es decir, tendremos una cámara muy dividida, lo que en teoría favorecerá el debate y elevará la calidad del legislativo.

2. Se evidenció lo que en 1996 se había predibujado; la “ola” azul que propagandizó el PAN en 1995 pierde fuerza y necesitará de un nuevo impulso si quiere llegar con posibilidades reales al 2000.

3. El PRD, además de prácticamente barrer a sus adversarios en la primera elección de jefe de gobierno en el Distrito Federal, empezó a dibujarse como un partido nacional al obtener importantes porcentajes en el norte del país.

4. El PRI continuó siendo la primera fuerza nacional, aunque no puede argumentar éxito al caer su porcentaje nacional, perder Estados como Querétaro y Nuevo León, y encontrar oposición en San Luis Potosí, Colima, Campeche y Sonora.

5. La credibilidad de la población y los partidos hacia la limpieza de la jornada electoral y hacia los órganos ciudadanos responsables de su organización se incrementó.

6. Cuando en 1994 sólo cuatro partidos lograron representación en la Cámara, para 1997 aparece el PVEM, con una importante presencia, sobre todo en la capital del país.

7. La equidad en medios hacia los partidos “casi” se logró, así lo demuestran los estudios del IFE. El “casi” se debe a que los estudios miden la cantidad pero no establecen una buena medida del contenido.

8. Por último, y la más evidente para algunos entre los que nos contamos, las encuestas se consolidaron como elemento de apoyo a la transparencia electoral. Basta recordar que la aceptación de las derrotas y las felicitaciones a los vencedores se basaron siempre en la confianza que le asignaron a encuestas previas, de salida o conteos rápidos.

Sobre este último punto nos gustaría abundar y reflexionar, a sólo unos días de terminada la jornada y cuando aún están frescos los ataques y las alabanzas, ambos exagerados, a las técnicas de estimación y medición del voto.

1. ¿Influyeron las encuestas en el proceso electoral?

Existen varias respuestas válidas dependiendo del enfoque que se le quiera dar. Veamos.

a) Las encuestas preelectorales tienen un efecto directo sobre los candidatos, los participantes en campañas y los miembros directivos de los partidos políticos. Son ellos los que promueven, leen y utilizan sus resultados con mayor frecuencia. ¿Cómo los afecta? Primero, y suponiendo un uso racional, modifican procedimientos, discursos y elementos de campaña para conservar o revertir tendencias; después, como elemento motivacional a su trabajo (“¡subimos un punto!”; “¡la caída fue temporal!”; “¡las tendencias nos favorecen!”, etc.) y por último, como explicación de derrotas o victorias (“¡fue voto de castigo!”; “¡ofrecimos la mejor propuesta!”, etc.), en ese caso, las encuestas sí influyeron en el proceso.

b) Aunque no lea en primera instancia la publicación de las encuestas, la población termina por conocer, en un proceso de comunicación verbal, las tendencias. Analizando el comportamiento de los resultados de las encuestas para el Distrito Federal de enero a junio, el PRD creció de 15% a 48% que finalmente obtuvo. En ese mismo lapso, la expectativa del triunfo pasó de un 60% para PRI y 10% para PRD, a un escenario completamente distinto: 45% PRD y 38% PRI. ¿No es esto influencia? Imaginemos el resultado final pero con la expectativa de enero; no estaríamos ahora discutiendo sobre encuestas, sino llorando su ausencia. Ahora bien, ¿influyó la publicación de encuestas en la decisión del voto? El sentido común nos diría que sí, que el conocimiento de las tendencias arrastró a algunos a votar por el que se perfilaba como seguro ganador y que se inhibió a los que vieron que su voto no haría ganar al partido de su preferencia. No hay evidencia de que este proceso se haya dado en esa forma, y sí en cambio existen argumentos técnicos para afirmar que la publicación de los últimos resultados preelectorales no influyó al elector, a menos que esa influencia sea prácticamente proporcional al voto. En el cuadro 1 se observan los resultados de tres encuestas nacionales publicadas en junio y en el cuadro 2 seis publicadas para el Distrito Federal. Los resultados son muy cercanos a los de los comicios, entonces ¿influyeron? Opinamos que no.

c) Los medios tomaron, usaron y convirtieron en noticia lo que antes no era sino un tema entre políticos y académicos, se creó una nueva cultura, se discriminaron estudios buenos y malos, se establecieron liderazgos en este aspecto: Reforma, Este País y Voz y Voto a nivel nacional; El Norte, El Imparcial y Crisol como pioneros en provincia, y otros que no mencionamos por razones de espacio, tomaron la idea y crearon el ambiente para que sus lectores siguieran el proceso (seguros estamos de que el ejemplo cundirá).

En concreto, las encuestas influyeron en el proceso al constituirse en una forma de seguirlo, difundirlo y hasta aceptar los resultados, pero no se puede afirmar que haya influido en el voto a menos que se demuestre.

2. ¿Las encuestas deben ser reguladas?

Sentimos una gran propensión a contestar que no y decirlo fuerte, no queremos que nos establezcan más normas a las que de por sí cualquier empresa tiene en México. ¿Por qué alguien pretende fijar límites en la investigación de nuevos métodos y creación de “tecnología” propia? ¿Quién mejor que nosotros sabemos la forma en que las cosas nos han funcionado? Es decir, ¡nos normamos solos! Una vez satisfechas las ganas de decir lo anterior llega el momento de la reflexión; si a nosotros no nos norman, tampoco lo harán con los charlatanes, los tramposos y los improvisados. ¿Qué se prefiere? ¿Que el medio de la investigación se llene con este tipo de empresas (que ya existen, incluso acreditadas) o que alguien ponga algunas barreras y frenos a esa situación? En todos los países modernos aparecen y desaparecen agencias de investigación, es el propio mercado el que las expulsa, a veces por la baja calidad o capacidad de éstas y otras por la voracidad del mercado. Lo anterior evidencia que no se requiere persona u organismo que regule la actividad y que por otro lado en esta como en cualquier otro sistema, la libre competencia incrementa la calidad de los productos y servicios, el exceso de regulación tiende a ser perjudicial para el mercado. En estos momentos en México tenemos dos situaciones; empresas de investigación acreditadas, difundidas, contratadas, exitosas y sin embargo poco serias, con metodologías de bajo nivel, sin controles operativos, y que se niegan a asistir y exponer(se) en foros de especialistas; en este caso el ideal sería que alguien les indicara que el mercado ya evolucionó. La otra situación se da en la parte electoral en donde por ley, el Instituto Federal Electoral (IFE) establece “recomendaciones” técnicas para aquellos que realicen y publiquen encuestas; nuestra posición de manera sistemática es establecer, independientemente de si esas recomendaciones están bien o mal hechas, que no es el IFE quien nos debe regular.

Trataremos de hacer una reflexión tal vez muy ambiciosa o como decimos en el medio, muy sesgada; para nosotros, el concepto de democracia implica que cualquier ciudadano u organización política tenga posibilidad de acceder a posiciones de autoridad, decisión o poder; por otro lado, en casi 20 años trabajando como generadores de información hemos constatado que la posesión, conocimiento y entendimiento de esa información termina por presentar ventajas importantes, es decir se cumple aquello de que “la información es poder”. Bajo estas premisas, los medios y las agencias tenemos juntos la responsabilidad de poner a disposición de la sociedad aquella información que tienda a acortar las ventajas que representa tenerla o no, y debemos colaborar en la formación y difusión de una cultura de uso de encuestas, electorales o no. De lograr lo anterior estaremos contribuyendo a la paulatina consolidación de la democracia.

La reflexión anterior no sólo es conceptual, es fácil ver que el comportamiento de los estudios electorales en el país ha sido paralelo al desarrollo de la democracia, es tan inútil negar este paralelismo como absurdo sería negar el papel que las encuestas han jugado como constructores de la credibilidad y la cultura electoral.

En los próximos años veremos un ciclo interesante en el mercado de la investigación pública, en una primera etapa continuará el crecimiento y la aparición de empresas e investigadores, se perfeccionarán las técnicas y se incrementará el conocimiento y la experiencia de esta industria. Al saturarse el mercado los charlatanes sufrirán y deberán aprender o desaparecer. Al final se llegará a una situación estable con empresas acreditadas en la capital y en la provincia, con medios participativos, con académicos serios, con un gobierno respetuoso, con partidos políticos utilizando encuestas, y como resultado con una sociedad informada y beneficiada de todo este proceso. Es más que un deseo, una previsión.