Carlos Tello Díaz. Escritor. Es autor de El exilio: Un relato de familia y La rebelión de Las Cañadas.

En el año remoto de 1884 comenzaron a circular en la Ciudad de México los billetes emitidos por el banco de crédito más antiguo del país, entonces acabado de constituir: el Banco Nacional de México. La calidad de los billetes era tan alta como la de los mejores del mundo. Habían sido impresos en las placas de metal de la American Bank Note Company, cuyos talleres habrían de fabricar, en los años por venir, las placas grabadas en acero de todo el dinero de papel que tuvo validez en México. El emblema de los billetes resultó un misterio para los capitalinos. Era el rostro de una muchacha desconocida, meditabunda, con la mirada perdida en el horizonte.

¿Quién podía ser? Aparecía en todas las denominaciones de los billetes del banco: en los de $1, $2, $5, $10, $20, $50 y $100, y también en los más inverosímiles: los de $500 y los de $1 000. La muchacha, trascendió después, una joven de no más de veinte años, era natural de la ciudad de Puebla, donde su familia presidía la sucursal del Banco Nacional de México y poseía una multitud de predios, urbanos y rurales, que había comprado gracias a las ganancias de una casa de comercio en la capital de Veracruz. Su nombre era Manuela García Teruel, aunque la gente la llamaba doña Manuelita.

“La dama”, recordó un cronista, “de mucha alcurnia y posición en la alta sociedad mexicana, no era de gran belleza ni guapeza notables, pero sí agraciada, de facciones finas, de mucho señorío y valimiento”.1 Tenía la piel clara, el cabello recatado, la boca triste, los ojos tiernos de las doncellas. Era el retrato del pudor más delicado, el más puro, aunque sorprendido, atrapado sin piedad en una nota de dinero. Su aparición en los billetes obedecía, parece ser, a las relaciones que doña Manuelita mantenía con el señor Antonio Mier y Celis, uno de los hombres más ricos del país, entonces presidente del Consejo de Administración del Banco.

Según esos rumores, don Antonio, enamorado, había solicitado con insistencia el retrato de Manuelita. Era una solicitud muy osada, casi descarada en el México del siglo XIX. Quien daba su retrato daba también, además del alma, una parte de su cuerpo. Manuelita no aceptó. Don Antonio, entonces, desairado por esa mujer, puso a trabajar la maquinaria de sus influencias para conseguir, al fin, un retrato de óvalo que la mostraba vestida de blanco, con el cabello recogido sobre la cabeza. Ordenó después, sin su permiso, hacer las placas de metal a partir de ese retrato, al que le mandó trazar, sobre la frente, una diadema de plata coronada de nopales.

Antonio Mier y Celis exhibió su firma -parecía un ultraje más- en todos los billetes del Banco Nacional de México, los cuales habrían de circular en el país hasta principios del siglo XX con el retrato de Manuelita. Estaba furibundo con ella, pues todavía la amaba. “Le hizo saber”, afirman los que saben, “que ya que no podía obtener su efigie para llevarla junto a su corazón, la tendrían en sus manos todos los habitantes de la República Mexicana”.2 Nadie supo decir, en verdad, si su gesto fue de amor o de despecho. Unos dicen que lo movió el deseo de inmortalizar su imagen. Otros, el ánimo de verla pasar por las manos de todos los hombres, hasta terminar tan magullada como los cuerpos de las putas que rondaban la Calle de la Puerta Falsa de Santo Domingo.

Los billetes con el rostro de Manuelita circularon por años en las calles de la capital -codiciados y manoseados- hasta que fueron consumidos en un instante por el fuego de la Revolución. En su lugar aparecieron -pasajeros, devorados también por ese fuego- los bilimbiques y los infalsificables. Los mexicanos, en aquellos días, dejaron de creer en el papel. Hacia 1925, para recuperar su fe, el Banco de México asumió la responsabilidad de la emisión de billetes en toda la República. Sus autoridades recordaron entonces el dinero del siglo XIX. Muchos de sus billetes ostentaban, como antes, el rostro de mujeres -niñas, gitanas, tehuanas, heroínas de la Patria, impresas también en las placas de la American Bank Note Company de Nueva York.

El billete más notable de todos ellos, el más enigmático, era sin duda el de cinco pesos -$5- que mostraba una gitana de leyenda, con la cabeza llena de bisutería. Era bellísima. Tenía ojos grandes y atrevidos y monedas de oro derramadas en el pecho. Aquella gitana era, en realidad, una artista de teatro de la época, Gloria Faure. Los rumores de la calle presumían que se trataba de la amante del entonces secretario de Hacienda, don Alberto J. Pani. Los billetes de banco, enormes, llenos de felicidad, llevaban todos la firma del ministro de finanzas. El rumor de sus amores, nunca confirmado, fue tan difundido que la familia del ministro lo tuvo que desmentir en un comunicado. Los más viejos recordaron, entonces, el misterio del dinero y del amor que rodeaba la historia de doña Manuelita.

1 Alvaro J. Moreno: “La efigie de las damas en los billetes mexicanos”, en Memorias de la Academia Mexicana de Estudios Numismáticos, enero-marzo de 1971.

2 Ibidem.