Aníbal Gutiérrez. Asesor de la Coordinación de Estudios Económicos y Sociales de la Fundación Colosio A.C.

Por varias razones el proceso electoral del pasado seis de julio da inicio a una nueva etapa en la vida política, económica y social del país. Por primera vez los partidos políticos enfrentaron una competencia más fuerte y más pareja, que dio como resultado una nueva correlación de fuerzas políticas cuyo reflejo inmediato es la desaparición de mayorías absolutas en la Cámara de Diputados.

Así, a pesar de que el PRI logró mantener la mayoría relativa en el Palacio Legislativo, ya no cuenta con los asientos suficientes para sacar adelante por sí solo tanto las iniciativas presidenciales como las propias.

Resulta entonces que en adelante el ejercicio de gobierno deberá fundarse en una real negociación política, en la definición de puntos de acuerdo y desacuerdo, así como en el establecimiento de consensos básicos entre los partidos políticos con representación en la Cámara de Diputados.

Asimismo, la elección del seis de julio deja por aprender la lección del ejercicio de la política para contar con un Poder Legislativo con mayor capacidad de decisión, pero al mismo tiempo con voluntad política para establecer un nuevo tipo de relación con el Poder Ejecutivo Federal.

Todo el esfuerzo realizado para alcanzar este nuevo clima de convivencia democrática tendrá que favorecer un nuevo procesamiento político para la toma de decisiones entre las que destaca la conducción de la política económica.

Incluso si se retoma la idea de que en política económica lo sustantivo es lo político y lo adjetivo lo económico, resulta entonces que ahora el país contará con la oportunidad de hacer realmente política -discusión, debate y disputa por la capacidad de imponer decisiones a la sociedad-, con el fin de evaluar y en su caso redefinir los mecanismos mediante los cuales se generará la riqueza.

La macroeconomía preelectoral

Si se recuerda el ambiente preelectoral, desde principios de este año político, analistas y corredurías del exterior insistieron en que los buenos resultados macroeconómicos podrían verse afectados por el clima electoral del segundo semestre del año. Elementos como el tipo de cambio, la balanza comercial, las tasas de interés internas y externas, eran vistos como factores altamente sensibles a condiciones de inestabilidad.

Al mismo tiempo, a la inversión extranjera se le reconocía su contribución a la recuperación, pero el componente financiero de ésta abría paso a la duda sobre su permanencia en condiciones de incertidumbre, mientras que se recordaban las características de la crisis de diciembre de 1994.

No obstante, las autoridades hacendarias y financieras iniciaron a tiempo una campaña de difusión de los logros macroeconómicos y de las medidas tomadas para evitar la recurrencia de crisis financieras. A la información sobre el crecimiento de la producción y del empleo se sumó la de los pagos por adelantado de los compromisos con el FMI y la colocación en el exterior de nuevas emisiones gubernamentales con el fin de mejorar el perfil de la deuda externa.

Debido a lo anterior, los márgenes de maniobra se fueron ampliando y se crearon las condiciones para la presentación del Programa Nacional de Financiamiento para el Desarrollo, el cual condensa el objetivo de superar la incapacidad estructural de la economía para financiar su propio crecimiento y establece metas macroeconómicas de mediano plazo.

Rápidamente la respuesta de los inversionistas se hizo sentir y los recursos fluyeron dada la mayor confianza en el futuro de la economía mexicana. El Pronafide anuló temores surgidos con la discusión electoral sobre el modelo económico y la política cambiaria, y planteó un horizonte económico de mediano plazo relativamente confiable para la toma de decisiones de inversión.

Al establecerse con mayor claridad los objetivos, metas y políticas que habrán de impulsar las autoridades los próximos tres años, la visión sobre el comportamiento previsible de la economía se modificó en vísperas de la elección.

El voto de la microeconomía

Gracias a las exportaciones y al flujo de inversión extranjera directa y de cartera, la economía ha mantenido su dinamismo. El crecimiento de la producción se ubica en niveles superiores al cinco por ciento anual y el empleo formal registrado en el IMSS es cercano a los 9 millones 600 mil trabajadores, cifra que rebasa los niveles alcanzados antes de la crisis.

Reiterando lo observado, los precios al consumidor conservan su tendencia a la baja y la inflación mensual es inferior a uno por ciento y la acumulada en el año de 8.7%, consecuentemente, las tasas de interés retomaron su tendencia a la baja y se ubican por abajo del 20% anual. Un elemento que favoreció lo anterior fue la decisión de la Reserva Federal estadunidense de no modificar sus tasas de interés, con lo que el mercado mexicano siguió siendo atractivo y seguro para la inversión del exterior.

Aquí cabe mencionar que en pleno proceso electoral, pese al éxito macroeconómico, organizaciones empresariales y candidatos se enfrascaron en una serie de acusaciones en torno a la viabilidad de la política económica seguida. Buscando alentar cierto voto contrario a la oposición, ésta fue acusada de populista, de pedir lo inviable y de contradictoria.

Ciertamente, la respuesta de la principal fuerza de oposición no fue muy clara y del rechazo al neoliberalismo salinista se optó por no comprometerse más que con la revisión y discusión de algunas de las políticas en marcha.

Inmersas en este debate las propias autoridades tuvieron que insistir en que el proceso electoral no afectaría la buena marcha de la economía y que lo importante era la transparencia de las elecciones. La garantía de la inversión y el crecimiento lo constituyó, así, la limpieza de la elección.

A las aclaraciones de las autoridades se sumaron otras buenas noticias, tales como el superávit comercial de 220 millones de dólares obtenido en el mes de mayo y la mínima volatilidad del tipo de cambio que al mayoreo se ubicó por abajo de los 8 pesos por dólar.

Sin embargo, los avances y las expectativas de crecimiento y estabilidad macroeconómica no se tradujeron en un total voto de confianza en la políticas del gobierno y su partido. La crisis fue el referente obligado de las campañas. El sobreendeudamiento, el deterioro del patrimonio y los ingresos de familias y empresas se hicieron presentes a la hora de votar.

Al momento de la elección el salario promedio de cotización del IMSS era 26% inferior al vigente en diciembre de 1994, mientras que el desempleo abierto se estancó en un millón quinientos mil trabajadores y la cifra de subocupados aumentaba en 390 mil personas con respecto a su nivel de tres años atrás.

¿Y después de las elecciones?

Por el clima en el que se desarrollaron las elecciones, con la credibilidad ganada a pulso por el IFE, la reacción de los inversionistas no se hizo esperar. En la semana que siguió al seis de julio el Indice de Precios y Cotizaciones de la Bolsa Mexicana de Valores ligó varios niveles récord de manera consecutiva. Se estima que en esa semana ingresaron al país 800 millones de dólares, o sea 160 millones de dólares por cada día hábil.

La oferta de dólares llevó al tipo de cambio a niveles de 7.86 pesos por dólar. En esa semana la cotización al mayoreo bajó nueve centavos y 12 al menudeo. Al mismo tiempo el IPC de la Bolsa subió 3.81%, alcanzando un nivel récord de 4,821.62 puntos. En dólares la ganancia fue de 5.6% en una semana.

Sin embargo, la nueva conformación de la Cámara de Diputados tendrá que hacerse cargo de una seria reflexión en torno a la aprobación de iniciativas básicas para mantener en curso la economía. En este contexto se tendrán que abordar las características de la Ley de Ingresos y del Presupuesto de Egresos de la Federación. Por el momento no hay regla alguna que estipule qué hacer a falta de acuerdo en estos puntos. En paralelo, están latentes dos discusiones, la relativa a la reforma fiscal y la que se refiere a la viabilidad de elaborar un presupuesto multianual.

Lo mismo sucede con la esperada autonomía del INEGI, así como con la elaboración de la política monetaria del Banco de México. Asimismo, cerca del informe presidencial, deberán establecerse las características de la renovación o sustitución de la Alianza para la Recuperación, para la que se tendrán que manejar rangos de ajuste de impuestos, gasto y salarios. Todo ello en concordancia con los Criterios Generales de Política Económica para las iniciativas de Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos de la Federación.

Como se puede apreciar, la tarea política de negociación y concertación entre partidos y entre éstos y el gobierno será ardua y de suma importancia para el país. Una innecesaria confrontación, así como una falta de rigor en el análisis y elaboración de las nuevas propuestas, puede llegar a paralizar el ejercicio de gobierno desperdiciando lo ganado en las urnas: la oportunidad de realizar un verdadero ejercicio de política económica.