Víctor Alarcón Olguín. Profesor e Investigador de la FCPyS-UNAM y la UAM-Iztapalapa.

¿Fue el Partido Acción Nacional un ganador o quedó como perdedor en las pasadas elecciones del 6 de julio? La mayoría de los comentarios vertidos en torno a los resultados que se tienen hasta ahora optan por magnificar los fracasos blanquiazules en el Distrito Federal, así como su desplazamiento a ser la tercera fuerza parlamentaria en la Cámara de Diputados. Sin embargo, los números son crudos: la distancia que le separa del PRD en dicha instancia legislativa será mínima (122 contra 125 curules); y aunque la distribución de escaños no le es favorable al PAN, ello se debe a su menor obtención de triunfos en los distritos uninominales, ya que el voto panista para diputados alcanzó un porcentaje muy similar al de 1994, cuando obtuvo 119 diputaciones y es superior al del PRD.

Acción Nacional consolidó su presencia como segunda fuerza en el Senado de la República, pasando de 24 a 33 espacios; agregó dos gubernaturas de notoria importancia (Nuevo León y Querétaro) y fue muy competitivo en los procesos de Colima y San Luis Potosí. Por otra parte, en los estados ya gobernados por el PAN como Jalisco, Guanajuato, Chihuahua y Baja California, la obtención de buena parte de las diputaciones federales en disputa claramente significó una clara aprobación a las labores desplegadas por los mandatarios estatales panistas.

De esta manera, la situación de Acción Nacional inicialmente aparece como muy positiva. No obstante, su fracaso en la capital del país ha sido lo suficientemente fuerte como para hacer oscurecer todo lo anteriormente expuesto. Por ello, me parece conveniente indicar algunos de los retos del futuro al cual deberá enfrentarse este partido, a efecto de ubicar cuál podría ser su papel durante el segundo tramo de la administración Zedillo:

a) El PAN no puede seguir siendo una estructura de pequeños bloques descoordinados y afincados en torno a personalidades regionales, quienes siguen repartiéndose el poder muchas veces al margen de las decisiones tomadas por las bases en la selección de las candidaturas o con respecto a los resolutivos sobre la línea estratégica de dicho partido en los niveles nacional y estatal. Si el PAN desea realmente competir, debe asumir una nueva etapa de democratización y profesionalización internas, para poder lidiar con una estructura de grupos y corrientes que ya son muy diversos tanto en sus intereses como en el entendimiento del ideario panista. De lo contrario, el PAN corre el riesgo de ser un partido que siga debiendo buena parte de su popularidad al momentáneo voto de castigo antipriísta, mismo que bien puede irse a otro partido que encarne mejor dicha opción, tal y como aconteció ahora con el Distrito Federal.

b) En este sentido, los balances postelectorales panistas no pueden tirarse a la opción cómoda de intentar echarle toda la culpa de su retroceso al PRD o al presidente Zedillo, ni tampoco asumir ahora supuestas “concertacesiones” en curso. En los hechos, la ciudadanía ya identifica este estilo de denuncia como notoriamente negativo, a pesar de que puedan tener fundamentos de veracidad. Véase si no la caída de popularidad del PAN en el DF después de las imputaciones de corrupción inmobiliaria hechas a Cuauhtémoc Cárdenas.

Por ello, creo que le haría mucho bien al PAN admitir que el cambio de rumbo de las preferencias ciudadanas se debe directa y exclusivamente a las deficiencias estructurales y estratégicas de los militantes y candidatos panistas. En tanto ya no será el único interlocutor de oposición ante el gobierno federal, el PAN debe ponderar con inteligencia qué papel quiere jugar si desea contribuir en la difícil etapa de conducción legislativa que se dará en el próximo trienio: o ser un potencial colaborador, pero con independencia de criterio; o bien quedarse afuera para reasumir la postura de una oposición frontal ante un presidente que comienza a mostrar su pragmatismo a la hora de tomar decisiones.

c) El PAN debe enfrentar el hecho de que sus victorias más sólidas provienen ahora de una sociedad cada vez más urbana, moderna, pero ante todo liberal. Si se admitiera en esta nueva diversidad ideológica, ello no necesariamente debería llevar al PAN a que choque con el tradicional humanismo político que ha definido a este partido. Pero es claro que fijar una verdadera distancia doctrinal con los viejos sectores confesionales implicaría un paso obligado si se quiere crecer y ganar en las urnas con votos, además de poder ser más congruentes con la imagen del partido de centro y moderado que se ha intentado manejar en épocas recientes por parte de su líder nacional Felipe Calderón. Tolerancia, laicismo y libertades públicas son valores irreversibles en una sociedad que desde hace mucho tiempo ya no se cuestiona el respeto a la religiosidad o a la moral pública como partes del cambio político en México.

d) Otro factor importante que mostró la pasada elección es que el PAN todavía dista de adaptarse a un estilo de competencia política en donde el “mercadeo” de la comunicación fue determinante en los resultados. A pesar de tener buenos slogans, los candidatos presentados en muchas partes de la República -y especialmente en el Distrito Federal- nunca pudieron explotar o asociar dichos mensajes con sus propias campañas.

Adicionalmente, el PAN mostró que carece de buenos polemistas para ganar debates masivos, ya que en ninguna de las oportunidades que se tuvieron a nivel nacional (ni Ricardo García Cervantes en su encuentro con el priísta Esteban Moctezuma, ni las dos intervenciones televisadas de Carlos Castillo Peraza) se logró modificar la jugada maestra que le significó a Cuauhtémoc Cárdenas y el PRD su triunfo en el DF, al no admitir el debate entre los tres candidatos al gobierno de la capital, ya que la ciudadanía se quedó con la idea de que el PRD era la única opción real frente al PRI.

e) Por último, el PAN sigue obligado a revertir su habitual distanciamiento con los intelectuales y la opinión pública, por cuanto debe generar mejores espacios de análisis propios y con una difusión más amplia y real. No obstante la generación de importantes esfuerzos individuales en esta dirección, como los patrocinados por las fundaciones Miguel Estrada Iturbide o Rafael Preciado Hernández, así como por la Secretaría Nacional de Estudios, buena parte de estos equipos son todavía muy jóvenes y, por ende, muy inexpertos para que proporcionen resultados óptimos en situaciones tan complejas como las campañas electorales, o en la asesoría parlamentaria o de gobierno. Además, los liderazgos partidarios aún son muy escépticos para aceptar las sugerencias del trabajo académico, ya que su lógica decisional usualmente se guía por otro tipo de motivaciones. En este caso, es interesante constatar que las principales personalidades pensantes de dicho partido -y quienes justamente se dan cuenta de la importancia de impulsar estos importantes esfuerzos de ilustración y renovación ideológica- sean pensadores de extracción no originalmente panista. En este caso, el PAN debería retomar más en serio aquellos orígenes que le permitieron fundar su prestigio a partir de su vínculo con los espacios de las universidades y los centros de investigación públicos.

En síntesis, los desafíos de la modernización y el cambio para el PAN son impostergables, si éste desea conservar sus posibilidades de ser una opción consistente para los próximos comicios de 1998, en donde se jugarán un buen número de gubernaturas y congresos locales, y desde luego con miras hacia la elección presidencial del año 2000, en donde ya desde este momento despuntan como claros aspirantes Vicente Fox, Diego Fernández de Cevallos y Ernesto Ruffo. Sin duda, hay candidatos, ¿pero habrá una estructura de partido actualizada para apoyarlos?