La obra creativa de la mente se basa en un feliz acuerdo entre lo racional y lo irracional. Por “racional” no me refiero a la lógica lineal del pensamiento pedestre; y por “irracional” no me refiero al vórtice vulgar de instintos más o menos neolíticos. De hecho, la coalición natural entre esa forma inferior de racionalidad y aquellos instintos torpemente enmascarados libra la guerra principal contra la mente creativa y su fusión perfecta de la esencia más pura de la razón con el espíritu más profundo de los sueños. Mi propósito presente es rechazar al invasor y, acto seguido, examinar cómo trabaja la mente en la seguridad arduamente ganada de su propio mundo.
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