Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA.

El PAN iba por todo. Hace escasos seis meses parecía que podría conquistar la mayoría de las plazas en disputa. Conforme transcurrió la campaña, adecuó sus expectativas a los resultados, se tuvo que conformar con obtener dos gubernaturas, incrementar marginalmente su porcentaje de votación en los comicios federales, y acaso confirmar su competitividad en el norte del país. Hecho el balance contra el PAN de finales del año pasado, ciertamente su desempeño electoral deja mucho que desear, vistas sin embargo el conjunto de novedades que hubo en las campañas, no me parece que el resultado obtenido sea precisamente un desastre.

Haber padecido una campaña sistemática de parte del PRI en su contra era apenas esperable y apegado a lógica, toda vez que el PAN aparecía como la amenaza más seria al tricolor; no fue tan predecible, sin embargo, que el hasta entonces distante tercer partido conociera un crecimiento tan significativo en su votación. Ciertamente hubo avisos desde el año anterior en el sentido que el voto opositor había dejado de ser un monopolio que cosechaba el PAN para convertirse en un territorio en disputa, pero esos avisos nunca fueron tomados en cuenta ni por el PRI ni por el PAN. Así, a la novedad perredista se sumó el hecho de una campaña panista que no incorporó el nuevo fenómeno.

Doloroso le resultó descubrir que la volatilidad de la mayoría de los electores había beneficiado esta vez al PRD. El PAN se jactaba, y la estadística electoral no lo desmentía, de que una vez que conquistaba al electorado, éste permanecía fiel a su causa; tenía -se decía- un voto duro consistente. Sin embargo, ese electorado que lo hizo crecer tan espectacularmente en 1995 y 1996, no tuvo empacho en abandonarlo en 1997. Lo que nos mostraron los comicios recientes es que existe un electorado sin lealtades fuertes, sin identidad de largo plazo con los partidos, muy proclive a la migración de opciones e incluso a ejercer el voto dividido.

Otra novedad de las campañas fue la importancia que adquirieron los mensajes políticos en medios electrónicos. En buena medida se puede decir que el acceso de los partidos a los medios suplió, con creces, la ausencia de un aparato implantado a nivel nacional. Esta cualidad que había sido exclusiva del PRI, dejó de tener una importancia estratégica, para ceder ese lugar a las campañas en medios masivos. Variaron las formas de hacer campañas políticas. Y si bien el PAN tuvo mensajes cuya factura profesional fue innegable, compartió espacios con mensajes más positivos. Finalmente en 1997 se invirtieron los papeles tradicionales de nuestras dos fuerzas de oposición; mientras el PRD tradicionalmente aparecía como el partido lúgubre, beligerante, sin brillo, ahora dicha descripción se acerca más a la imagen que proyectó el PAN en 1997; por contra, ahora el PRD se hizo de una imagen mucho más alegre y constructiva incluso de la que llegó a tener el PAN en otras épocas.

El electorado sancionó. Para el blanquiazul es pues evidente la necesidad de adecuar las estrategias e instrumentos de campaña al nuevo perfil del electorado. Pero si bien aquí hay algunas lecciones genéricas, habrá que desagregar a nivel regional el impacto de las campañas para poder hacer un balance más justo. El PAN mostró alta competitividad y triunfos en el norte y el altiplano, muy poca en el sureste, y donde su desplome fue más evidente es en la zona metropolitana de la ciudad de México. El análisis del fenómeno electoral en el Distrito Federal rebasa los alcances de este trabajo.

A nivel de las contiendas locales, el PAN fue muy competitivo en Sonora, Colima y San Luis Potosí y ganó las gubernaturas de Nuevo León y Querétaro. Los dos procesos resultaron comicios interesantes y novedosos; en los dos casos la dupla gobernador y candidato priísta parecían las más sólidas y competitivas -lo cual no deja de ser una paradoja para el PRI-; en los dos las encuestas reportaron alguna sorpresa. El caso de Nuevo León es significativo porque es la primera vez que un candidato priísta va abajo en las encuestas y remonta en los sondeos de opinión, tradicionalmente el efecto de las campañas priístas había sido contener su caída, pero nunca sumar adherentes. Pero si ello es de suyo novedoso, lo es también el hecho de que el PAN haya podido cambiar la estrategia de campaña y remontar la ventaja que llegó a tener el abanderado priísta. Si en algún lugar se puede documentar la importancia de las estrategias de campaña en el resultado de una elección es justamente en Nuevo León. Por otro lado ahí la competitividad ya estaba implantada, si bien en los anteriores comicios a gobernador el PRI había obtenido el 63% de los votos, contra 33% del PAN, desde hace tres años la competitividad se había prefigurado: en las elecciones municipales el PRI había obtenido 47.5% contra 45% del PAN.

El caso de Querétaro no deja de ser sorprendente. Ahí no parecía haber competitividad anunciada. Hace seis años el PRI ganó la gubernatura con casi 74% de los votos mientras que el PAN apenas tuvo poco más del 18%; hace tres años en comicios municipales el PRI tuvo 60% de los votos mientras que el PAN casi 32%. En ese sentido no deja de llamar la atención que ahora el PRI haya perdido la gubernatura con casi 41% por 44% del PAN. No parece haber más explicación que la ausencia de campaña del PRI, el desdén hacia la contienda y los aciertos panistas. Y de nuevo las paradojas: con uno de los mejores gobernadores en activo, el PRI pierde. Dura lección para el tricolor.

Otro dato interesante sin duda es que sumando Nuevo León, Querétaro y el Distrito Federal a las filas de la oposición, las siete entidades gobernadas por un partido distinto al PRI generaron el 48.6% del PIB nacional en 1996, la otra mitad del PIB se genera en las 25 entidades gobernadas por priístas. El federalismo dispone de un nuevo mapa.

Por último, uno de los grandes saldos de la contienda del 6 de julio es que en la pista de la sucesión presidencial hay tres partidos con posibilidades reales de triunfo. Nadie parece fuera de combate, y nadie tiene garantizado el éxito. Con una novedad adicional: en el 2000 los tres partidos habrán tenido experiencia de gobierno, la valoración que hagamos los electores en ese entonces se podrá fundar en experiencias concretas. Eso sin duda es una gran ventaja para la ciudadanía, y un gran reto para los partidos y candidatos.