José Antonio Aguilar Rivera. Investigador del CIDE. Ganador del Certamen Carlos Pereyra 1995.

Los paralelos entre la elección de 1988 y la de 1997 son sorprendentes. No sólo porque uno de los principales contendientes (Cuauhtémoc Cárdenas) estuvo presente en ambos procesos, sino porque las condiciones económicas bajo las cuales se llevaron a cabo son muy similares. Hace nueve años el electorado sufría los efectos inflacionarios de la crisis de 1987. Un ambiente de decepción reinaba entre los ciudadanos, que veían incumplidas las promesas de no experimentar más una debacle económica como la de 1982. El voto opositor, mayoritariamente a favor de Cárdenas, fue fundamentalmente un voto de castigo en contra del gobierno de De la Madrid y del PRI. Entonces se hizo evidente la necesidad de un catalizador. El descontento por sí solo no es suficiente: para votar en contra de algo es necesario votar a favor de alguien. En 1988 ese catalizador fue el hijo del expresidente Lázaro Cárdenas. 

Nueve años después la dinámica política se repite. La crisis de 1994 desinfló las expectativas creadas a lo largo de seis años de gobierno modernizador. En los dos últimos años los mexicanos sufrieron los efectos del “error de diciembre”. Y, como en 1988, la entrada en escena de Cuauhtémoc Cárdenas -esta vez como candidato a la jefatura de gobierno del DF- cambió fundamentalmente el panorama electoral. Una vez más, habla una masa de electores deseosa de expresar su rechazo al régimen y Cárdenas logró catalizar ese descontento. Las elecciones de 1997, a diferencia de las de nueve años antes, no fueron presidenciales, lo que hace a este proceso aún más notable. La contienda por el gobierno del Distrito Federal afectó sensiblemente la elección para el Congreso y para varias de las candidaturas estatales en juego. 

Una diferencia sustancial entre ambos procesos electorales es que en 1997 las elecciones fueron organizadas de manera imparcial y las dudas sobre la legitimidad de los resultados han sido menores. Nadie cuestiona el resultado general de la jornada del 6 de julio. Por primera vez vivimos unas elecciones competidas sin una secuela de protestas y marchas. Entramos en la era de la competencia sin movilización. En consecuencia, ahora es posible que el jefe del ejecutivo reconozca abiertamente la victoria de su otrora rival. Los encuestólogos -y el futuro gobernante de la ciudad de México- harían bien en leer correctamente el sentido de la votación del 6 de julio. Si la analogía con 1988 se sostiene, es probable que en 1997 muchos de los votantes hayan expresado menos su simpatía hacia Cuahtémoc Cárdenas que su profunda aversión al PRI y a sus candidatos. En 1997, a diferencia de 1988, Cárdenas no era un desconocido gobernador. Su tozudez e integridad sin duda le han ganado puntos en la opinión pública, pero su rigidez y su incapacidad para reconocer sus errores -señas distintivas del caudillo- han despertado reticencias en muchos de sus antiguos simpatizantes. Una parte del deterioro de su imagen pública se debe, es cierto, a los esfuerzos del ahora caído en desgracia expresidente Salinas, pero otra se la ha ganado a pulso. 

Elucidar el sentido del voto cardenista no es un ocioso ejercicio ex post facto. La extensión del periodo de gracia del nuevo gobierno de la ciudad de México bien podría estar determinado por la calidad de ese voto. Si, como ocurre en Jalisco, Cárdenas es apoyado intensamente por quienes votaron por él -casi el cincuenta por ciento de los electores del Distrito Federal- entonces tendrá un mayor margen de maniobra en sus primeros meses, pues los habitantes de la ciudad tenderán a ver con ojos benévolos los naturales tropiezos del nuevo gobierno. Serán más tolerantes con sus errores y se requerirá de un pésimo desempeño para que cambien su actitud favorable hacia el jefe de gobierno y su administración. Esto ocurre, por ejemplo, en Guadalajara, donde la benevolencia de sus habitantes hacia el alcalde panista raya en la ceguera. 

Por el contrario, si el voto del 6 de julio fue más contra el PRI que a favor de Cárdenas, el periodo de gracia del gobierno electo, en el cual deberá demostrar que las cosas pueden cambiar rápidamente y de manera significativa, podría ser dolorosamente breve. El descontento, que no ha desaparecido, podría encontrar un nuevo blanco en la figura del Jefe de Gobierno. La paciencia de quienes votaron por Cárdenas sería corta y sus juicios severos. En una ciudad que es un tablero de focos rojos ésta no es una posibilidad nada lejana. A menudo los gobernantes calculan mal este “colchón” postelectoral de popularidad. En 1992 Bill Clinton pensó que los electores norteamericanos habían votado fundamentalmente a su favor. En consecuencia promovió políticas, como la admisión abierta de homosexuales en el ejército, que sólo habrían tenido éxito si el que las alentaba era muy popular. Se equivocó. La gente estaba fundamentalmente molesta con Bush y los republicanos, quienes habían prometido que los beneficios del crecimiento económico llegarían eventualmente a la base de la pirámide social. Clinton logró reelegirse para un segundo periodo porque aprendió esa lección. En México, los primeros seis meses del nuevo gobierno en el Distrito Federal harán evidentes los contornos de la nueva realidad cardenista. A partir del 6 de julio más de un priísta dormirá soñando que el año 2000 será, en realidad, 1991.