Carmen Villoro. Poeta, ensayista. Acaba de aparecer El habitante (Cal y arena).

En el espacio de lo imaginario, en el territorio de la realidad interior, poesía y psicoanálisis buscan alguna revelación.

Octavio Paz comienza la advertencia a la primera edición de su libro El arco y la lira con una pregunta: “¿No sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?; y la poesía ¿no puede tener como objeto propio, más que la creación de poemas, la de instantes poéticos?”.1

La concepción de Paz de “lo poético” es amplia y rebasa el poema. Nos dice: “hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas […]. Una tela, una escultura, una danza son, a su manera, poemas”. Por obra de la poesía “la piedra de la estatua, el rojo del cuadro, la palabra del poema, no son pura y simplemente piedra, color, palabra: encarnan algo que los trasciende y traspasa. Sin perder sus valores primarios, su peso original, son también como puentes que nos llevan a otra orilla, puertas que se abren a otro mundo de significados indecibles por el mero lenguaje”.

El terapeuta tiene, ante su paciente, el mismo tipo de experiencia espiritual que la de cualquier hombre ante una obra de arte. El lenguaje del paciente remite al terapeuta a esa “otra orilla” de la que habla Paz; la voz del paciente es la puerta que se abre a otro mundo de significados. La principal aportación de Freud al pensamiento de nuestro siglo fue su postulación de la existencia del inconsciente. Otro mundo, paralelo al ordinario, oculto a la primera percepción de los sentidos, acompaña nuestras vidas, da sentido a las acciones, permanece como la sombra, casi siempre inaprehensible, de nuestros más íntimos anhelos. Lo que el poeta quiere aprehender no es el objeto sino algo que está más allá del objeto. No observa el mundo, sino el halo inefable que lo cubre, el secreto que lo acompaña, el misterio que lo hace aparecer ante los ojos como una entidad armoniosa. El poeta no se mueve en el plano real de los sucesos y las cosas, sino en el significante, simbólico, silencioso. Mira el mundo y tiene una revelación, a través de la palabra devela entonces el otro nombre de las cosas: lo que se llamaba sol se llama grito (Paz), la mujer se convierte en planta o piedra o vino (Neruda), el agua es un desplome de ángeles caídos (Gorostiza), el mundo es mucho más, en fin, que el mundo.

Los dos, el poeta y el terapeuta son cazadores que pretenden capturar la segunda naturaleza de los seres.

Bruno Bettelheim, en su libro Freud y el alma humana,2 critica a los teóricos del psicoanálisis que, principalmente en los Estados Unidos y obedeciendo a la mitificación del modelo médico, despojaron a muchos de los conceptos psicoanalíticos de su carácter humano. Bettelheim nos recuerda que Freud hablaba, por ejemplo, de “alma” y no de “aparato mental”.

Claro que la palabra “alma” es ambigua, difusa y, en todo caso, más cercana a la religión que a la ciencia, pero más congruente, por lo menos con una visión humanista del psicoanálisis.

El alma humana y sus misterios: he ahí el objeto de interés del psicoanalista. Me voy a atrever a afirmar que la elección del terapeuta por el psicoanálisis como modelo de interpretación y de trabajo, en muchos casos, tiene más que ver con esta búsqueda de lo oculto, que con el deseo pragmático de la resolución de problemas. Existen en la actualidad otros marcos teóricos y técnicos ciertamente más rápidos y eficaces que el psicoanálisis. La pregunta es: ¿qué proporciona el psicoanálisis que otras terapias no ofrecen, tanto al terapeuta como al paciente?, ¿cuál es la particularidad de este encuentro entre dos personas que se prolonga durante años?

Para contestar a esta pregunta, proponemos que hay en el ser humano una necesidad de búsqueda de “lo sagrado”. Entendiendo como “lo sagrado” el asombro ante la grandeza incluso de lo más pequeño. “Lo sagrado” es eso que el niño descubre en cada cosa que mira, lo extraño y maravilloso o terrible que de pronto nos parece aquello que hemos visto innumerables veces. Octavio Paz dice al respecto: “La experiencia de lo sagrado no es tanto la revelación de un objeto exterior a nosotros -dios, demonio, presencia ajena- como un abrir nuestro corazón o nuestras entrañas para que brote ese ‘Otro’ escondido”. La búsqueda de lo sagrado es una necesidad en el hombre, pero la vida actual, encaminada a la eficiencia, lo aleja de la posibilidad de satisfacerla. La poesía y el psicoanálisis lo aproximan.

La poesía logra acercarnos a lo sagrado, que también podríamos llamar “lo sublime”, por medio de rupturas lingüísticas. El poeta violenta la palabra: el lenguaje discursivo no sirve para nombrar lo inefable, ni siquiera se le acerca; el poeta altera la sintaxis, elabora neologismos, descontextualiza los fonemas y sólo de este modo nos transmite su experiencia gloriosa. El psicoanálisis lo hace a su manera. Todos los elementos que favorecen la regresión, favorecen también la experiencia de lo sublime. Ahí está el terapeuta: frente a frente con el otro. El dolor del hombre se condensa en la persona que se abre ante el terapeuta como una flor herida. El consultorio es un barco capaz de transportarnos a sitios olvidados en la infancia, a otros suspendidos en el deseo, pero siempre en el centro del corazón del hombre. La voz del paciente va guiando, como Virgilio a Dante, por el infierno y el purgatorio, o como Beatriz, por el paraíso. El terapeuta se abandona al murmullo de esa otra vida que fluye ante él como un río. Es por un momento ese otro crepitar de fuego que es la consumación de su propia hoguera. Porque el paciente es siempre una metáfora del terapeuta, así como la obra es metáfora del artista. Al entender al paciente, el terapeuta no hace otra cosa que entenderse; al aliviarlo no hace más que aliviar sus viejas lastimaduras. El paciente es el objeto poético del terapeuta y la terapia una experiencia literaria. Y esto es tan válido y tan natural como descubrir en un árbol los secretos de nuestra sinuosa geografía interior.

A su vez, el terapeuta ofrece al paciente una experiencia estética. A pesar del sufrimiento, por encima de las imágenes terribles y los recuerdos devastadores, el mundo puede tener sentido. El paciente se encuentra ante su propio dolor como cualquier espectador ante un cuadro de Goya: aun lo más grotesco y tenebroso aparece, matizado por las palabras del terapeuta, como algo misterioso y sublime-mente armónico. El lenguaje del paciente, que es tormenta, se va transformando poco a poco en el suave ir y venir de las olas en una playa calma. Desde la orilla, con su voz y su silencio, el terapeuta le va imprimiendo ese otro ritmo a la angustiosa marejada. ¿No es esto hacer poesía en su acepción más amplia?, ¿no es esto crear, no poemas, pero sí instantes poéticos?

El punto en el que cruzan las vertientes de la poesía y el psicoanálisis es la revelación. La revelación de la vida que contiene esta vida, pero sobre todo la revelación de nosotros mismos, de nuestra condición de hombres ante el mundo. Cito a Paz: “la experiencia poética es la revelación de nuestra condición original. Y esa revelación se resuelve siempre en una creación: la de nosotros mismos”.

Los momentos cúspide de un psicoanálisis son momentos de revelación: de pronto, en medio del caos, recuperamos el orden. Por un instante somos conscientes de nuestro desamparo y de nuestra grandeza, vivimos el instante y en ese instante la eternidad. Gabriel Zaid dice a propósito de la poesía: “hay un salto oscuro hacia la claridad. Las cosas nos oprimen, nos rechazan, no se dejan ver, no nos permiten ser. Moviendo cosas, moviéndonos nosotros mismos, o porque el viento llega y junta felizmente una cosa con otra, la claridad se hace como una chispa que salta entre dos cosas y puede llamarse llama y crecer y hacer habitable la Tierra”.3 ¿No es eso lo que antipoéticamente llamamos insight? Lo que el psicoanálisis promueve con la interpretación es una revelación. No me refiero a la interpretación que pretende traducir a lenguaje racional lo que sólo cobra sentido en lenguaje simbólico, sino a la interpretación conjetura que sirve como una llave para que el paciente abra su cerradura y se descubra ahí: en medio de su propia historia. Esa es la tarea del analista y no otra: permitir que el otro se revele ante sí mismo, que acceda a la otra orilla de su propia existencia. Si en la poesía la revelación es una experiencia solitaria, en el psicoanálisis es una vivencia compartida. Paciente y terapeuta coinciden en un instante irrepetible y es esta comunión la que hace de la relación paciente-analista una relación intensa, irremplazable y profundamente afectiva. No es la transferencia de características de otras relaciones en la figura del terapeuta lo que liga intensamente al paciente a su terapeuta, sino esa comunión de instantes magnos en que se descubre la trama oculta de la propia existencia.

El analista se vale de la interpretación pero también del silencio para promover la revelación. Sin duda es el psicoanálisis el método de trabajo en que el terapeuta permanece más tiempo silencioso. Luis Villoro expresa en su libro La significación del silencio:

Todo lo inusitado y singular, lo sorprendente y extraño rebasa la palabra discursiva; sólo el silencio puede “nombrarlo”. La muerte y el sufrimiento exigen silencio, y la actitud callada de quienes los presencian no sólo señala respeto o simpatía, también significa el misterio injustificable y la vanidad de toda palabra. También el amor, y la gratitud colmada, precisan del silencio.4

En silencio, el poeta se dejará inundar por el prodigio y sólo después intentará pronunciarlo. El terapeuta invita al paciente a callar para que el milagro ocurra.

La revelación es posible en el psicoanálisis, gracias al carácter literario de la relación. Todo sucede en el plano simbólico: la relación terapéutica es una metáfora de otras relaciones tanto para el paciente como para el terapeuta. La versión del paciente es sólo eso, una versión; las conclusiones del analista son su propia versión de esa versión: es un cuento, dentro de un cuento, dentro de otro cuento. Entonces, ¿es todo una mentira? El problema se resuelve si concebimos lo imaginario como lo más cercano al corazón del hombre. La realidad interior, absurda e ilógica, es mucho más real que lo que normalmente llamamos “la realidad”. Los psicoanalistas no deberían de preocuparse tanto por comprobar la eficiencia “real” del oficio, ni pretender demostrar la cientificidad de sus procederes. Igual que los poetas, son pescadores de imágenes efímeras y casi siempre indemostrables. Como los poetas, viven de los sueños y en los sueños. Miguel Angel decía que el secreto del gran escultor consiste en respetar la forma original de la piedra, y sólo ir permitiendo, a través del trabajo, que la piedra exprese toda su fuerza contenida. Algo así deben buscar los terapeutas, con algo así deben conformarse.

1 Octavio Paz: El arco y la lira. FCE, México, 1990.

2 Bruno Bettelheim: Freud and man’s soul, Vintage Books Editions, 1984.

3 Gabriel Zaid: La poesía en la práctica. Editorial Contenido, México, 1992.

4 Luis Villoro: La significación del silencio. Casa de la Cultura Jalisciense, Guadalajara, 1960.