José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Crónica literaria.

Algún estupor, contaminado de escepticismo, ha acompañado desde sus primeros tiempos la recepción de la escritura de Rafael Pérez Gay. ¿Son cuentos, o crónicas, o novelas, o ensayos? ¿Es elitista o light? ¿Es modesta o arrogantísima? ¿De izquierda o de derecha? ¿Se está burlando del asunto, del lector, o de sí mismo? ¿No será que, por el contrario, bajo la coartada satírica o burlesca, se compromete en irónicos homenajes sentimentales a los perfiles más extravagantes o nimios del pasado, de la vida cotidiana? ¿No nos estará jugando una broma?

La aparición de su libro de prosas Cargos de conciencia (Cal y arena) confirma esta trayectoria de una literatura sui géneris que, a la vez, admite la connivencia con el periodismo; de estas ficciones decididamente fantásticas -en la escuela de Borges y de Cortázar- elaboradas con los materiales de la calle, el hogar, los parientes, los días más próximos, que ya conocíamos en sus dos libros de cuentos Me perderé contigo (1988) y Llamadas nocturnas (1993) y en su novela Esta vez para siempre (1990).

No dejo para más adelante la celebración de sus virtudes. En ensayo o en ficción, géneros que se suele entremezclar, Rafael Pérez Gay ha construido una comedia personal del mundo y de la cultura, llena de humor (un humor bondadoso, más que satírico), de celebración de la vida aunque la pobre sea como es (no hay otra), de regusto obsesivo en los asuntos y temas menores de la vida amorosa, la pareja, el trato con los amigos y con la ciudad, el asombro frente a las petulancias, contradicciones y modernizaciones del mundo.

Tiene la sonrisa de la inteligencia que pedía Bernard Shaw y la pretensión de superar el absurdo y la fatalidad mediante ella. Hay mucho de pequeño guiñol en su historia de la vida privada. Tal actitud asombra en una literatura acostumbrada al patetismo o al melodrama. ¿Qué pasa en los cuentos, ensayos y crónicas de Rafael? Casi nada. Ese mundo concreto, en toda su maraña, y esa sonrisa optimista, vitalista, de remontarlo lo mejor posible highball en mano.

¿A eso han querido llamar “literatura light” sus denigradores? Quisieran asesinatos de salva, cadáveres de cartón y silicones, improperios de mitin, aspavientos de telenovela o de coreografía moderna de aficionados. ¿Habría que llamar light a los Ensayos de Montaigne, a las comedias de Shaw, a los artículos de Larra, Martí y Novo, a los aforismos del siglo XVII francés, a las novelas de Isherwood, a los poemas de Auden o Pellicer? Lo que yo sé de cierto es que la pluma de Pérez Gay nunca es pesada, sino aérea, sonriente, punzante, avispada y extremadamente correcta. Quiero decir clara, precisa, dominada, musical.

A lo que se debiera llamar light es a las pretensiones pesadas de popularizarse en busca del marketing. Light es contar la conquista de México -o cualquier otro conflicto social- de modo mani-queo, a un lado los buenos y a otro los malos; o una historia de amor con gritos y puñetas y fornicaciones apocalípticas; o un rollote bienpensante de jaculatorias “políticamente correctas”_ y hartas palabrotas de diccionario y “metáforas” alambicadas de un taller literario de jardín de niños coyoacanenses.

Lector incorregible de la prosa de Pérez Gay desde hace dos décadas, puedo insinuar algunas de las estaciones del arduo y largo recorrido que ha llegado a estos frutos alegres y diáfanos, a esa amistosa ironía de quien no alquila interjecciones ni desmayos patéticos de las utilerías arrumbadas de la literatura, para enfrentarse a la pinche realidad. La realidad es pinche pero es nuestro ámbito y nuestra vecina, hay que transformarla -si no se puede cambiar, como queríamos en tiempos, je, “revolucionarios”- por lo menos en nuestro acercamiento, en nuestro contacto con ella.

Las acusaciones de elitismo están fundadas. El más joven Pérez Gay era tan exigente y riguroso en cuestiones literarias como el actual. Y ya hace veinte años se acusaba de ratón de biblioteca al hombre que sí leía mucho y en varios idiomas; de mamón al buen estudiante; de engreído a quien sabía hacerse de unas cuantas opiniones duras, y las sostenía; y de elitismo a quien se decidía a leer preferentemente a los mejores autores, y a escribir lo mejor posible.

Los orígenes perezgayescos son franceses en una doble vertiente. Los clásicos (la obsesión por Flaubert) y la nouvelle vague literaria de Beckett, el teatro del absurdo y los talleres de literatura potencial. Algún idiota de mala fe pretendió ignorar que retomar un texto dado (como Quevedo, Lope, Shakes-peare y Goethe lo hicieron tantas veces) era práctica perfectamente legítima en la creación literaria, si a partir de ella surgían parodias, variantes, homenajes. No se resfrió Villaurrrutia al aludir textualmente (y sin pegar la etiqueta de marca) a un conocido poema de Supervielle, en uno de sus nocturnos. No facilitó la clave a la canalla literaria: el que sepa, sabe.

En algún suplemento, Pérez Gay y sus compañeros intentamos esos juegos de literatura potencial. Yo intenté jugar con Dorothy Parker, con Pellicer, con Auden, con Darío, con Edna Saint-Vicent Millay. Algún imbécil puso el grito en el cielo porque un cuento de Pérez Gay efectivamente jugaba con un cuento, mundialmente conocido, de John Cheever, autor de best-sellers. “¡Socorro, bomberos: Pérez Gay habla de la Torre Eiffel”.

Otros tontos se han rasgado las vestiduras porque haya homenajes a Henry James, en Aura, de Fuentes; a Salinger, en De perfil de José Agustín; a la Antología griega, a las calaveras y a Edgar Lee Masters, en Chetumal Bay Anthology; a Propercio, a Catulo y a la Biblia, en los poemas dizque “originales” de Gabriel Zaid, quien melindrea sobre los “plagios” de los demás a la vez que se engulle cínicamente a Gerardo Diego, a los romanos, a la Biblia y a Luis Pazos.

Hay pues en la genealogía literaria de Rafael Pérez Gay el culto a los clásicos, las travesuras de la post-vanguardia francesa (Pauhlan, Prévert) y los avatares del cine y del periodismo de los años setenta. Durante algún tiempo frecuentó “el sonido Woody Allen”; luego, el de los ensayos y crónicas del “nuevo periodismo” norteamericano. Sigue, a estas alturas, visitando también “el sonido Monsiváis” (agggh) y “el sonido José Agustín” (bien).

Escéptico de la academia y de los foros políticos, ha encontrado un rincón amable, que le proporciona libertad y comodidad de ánimo. Gemütligkeit: el rincón del editor, del periodista. Siempre ha andado en suplementos y revistas culturales, de los que ha dirigido formalmente dos, en El Nacional y Crónica, e informalmente algún otro. Ama las tres cuartillas ligeras escritas para servirse aún calientes. Más que el espectro de la posteridad, gusta del buen presente. Se ha inventado, en estos tiempos internéticos, íntimos pasajes y vasos comunicantes con la prensa periódica y las mesas de redacción de los años liberales de Prieto, Zarco, Altamirano, Gutiérrez Nájera, con quienes ha hecho “mafia” más que con nadie más.

Encuentro en este último libro de Pérez Gay, sobre las andanzas de hoy: vida en pareja, tratos con los amigos, la sirvienta, el empleado de la gasolinería, los libros de los amigos, los embrollos políticos, un virtuosismo de ese estilo que azora, y que Rafael Pérez Gay se ha inventado a sí mismo, sobre medida.

Es un estilo que aspira a un tono conversado, pero que no es una conversación -sólo el tono: el decantamiento de los temas, la construcción de las anécdotas, el timing de la comedia, la prosa impecable rara vez surgen tan completamente armados al vuelo de la pluma-; que busca el filtro humorístico y amable incluso o sobre todo para asuntos graves, incluso espantosos; que se toma el trabajo de considerar al lector como compañero de trago o de café, y no le grita, ni lo instruye, ni lo adula: simplemente le habla como si fuera tan inteligente y bien intencionado como un amigo ideal.

En una literatura mexicana arribista, en la que todo autor intenta levantarse hemiciclos de mármol, popularidad de Coca-Cola y Monumentos a la Revolución a cada instante, Rafael Pérez Gay busca las mesitas -sí, de mármol- donde Gutiérrez Nájera tomaba coñac, absnthe y cosas peores, por la Calle de Plateros; y las otras, de la Condesa, con modestos pero no escasos whiskies, donde conversa, lucubra, inventa y chismea brillantemente -pero no tan brillantemente como por escrito- de temas como los que aparecen en Cargos de conciencia.

Sabe, con Gutiérrez Nájera, con Pauhlan y Prévert, con Woody Allen y José Agustín, que las naves de vela ligera logran amplias y venturosas travesías. Deja para ciertos pesados las “armadas invencibles” de la pedantería y la simulación literarias. Es así, ya, un clásico nuestro de la prosa, una prosa sólo suya, a su talante y medida, que restaura en nuestra literatura esos dones que creíamos perdidos para siempre: el placer del texto gozosamente elaborado, las dimensiones del sentido común, el amor -así sea a trompicones- por el mundo real; la camaradería, el álgebra de la paradoja, el aforismo y las viñetas del teatro del absurdo o del guiñol, y el discreto pero agudo pinchazo de la inteligencia.

El “sonido Pérez Gay” es uno de los sitios más profundos y placenteros de nuestro mapa literario.