El libro de Alberto Davidoff amplía nuestros conocimientos sobre las deidades prehispánicas, a la luz de una reinterpretación exhaustiva de la obra de Sahagún

Alberto Davidoff Misrachi

Arqueologías del espejo.

Un acercamiento al espacio

ritual en Mesoamérica

Danzig Monastir

México, 1996

192 pp.

Se trata, sin duda, de un libro excepcional. Desde el primer momento capta la atención por la belleza del diseño, de Pablo Corkidi y Damián Valencia, y de las fotografías, de Francisco Kochen, Gerardo Suter, Damián Valencia y Michael Calderwood. Pero al hojear y revisar con más cuidado el libro, pronto se advierte que su belleza tiene un sentido, está al servicio de una intención comunicativa sumamente concentrada, rica, compleja y vital. Los textos, de diversos tipos, se complementan meticulosamente con las fotografías de sitios prehispánicos y códices mesoamericanos y europeos, en las que se colorearon fragmentos para destacar un sentido y ayudarnos a ver. Porque entre muchas otras cosas, este libro nos enseña a ver, hacia fuera y hacia dentro.

Arqueologías del espejo es una máquina, como decían Deleuze y Guattari a propósito de Kafka, una máquina que funciona con la intervención activa del lector, quien la hace trabajar a su manera y de acuerdo a sus conocimientos, intereses y pasiones, conectándose con el centro ceremonial de Tula, con el Códice Borgia, con la obra escrita y pictográfica coordinada por fray Bernardino de Sahagún, y más profundamente con el legado espiritual del México prehispánico, cuyo núcleo está presente también en el cristianismo y en otras tradiciones religiosas, como lo muestra Davidoff.

Como máquina, este libro es también una “obra abierta”, en la mejor tradición de las obras de historia, en la que el lector entra, sale y circula libremente. Son varios los órdenes posibles de lectura de Arqueologías del espejo, en orden: viendo sólo las ilustraciones y sus pies explicativos; estudiando los grandes recuadros sintéticos; o después de leer (y releer) la Advertencia, saltarse a la segunda parte, “El sabor de la herejía”, leer los fragmentos A y B, antes de emprender la lectura de la primera parte, “Tula, espejo del cielo-tierra”, etcétera. Se trata sin duda de un libro denso, importante y difícil, y sólo las sucesivas relecturas y la contemplación a la vez disciplinada y libre de las fotos, permiten que vaya cediendo la riqueza de su mensaje.

Tal vez los aportes más notables de Arqueologías del espejo residen en las varias conexiones que establece entre campos previamente aislados, abriendo múltiples caminos de investigación y reflexión. Imposible resumir aquí la riqueza de significados y de análisis concretos de este libro y las perspectivas que abre. Me concretaré a comentar brevemente algunas de las principales conexiones que establece.

La primera conexión es entre un centro ceremonial prehispánico y un cerro, una montaña. El mismo Davidoff nos narra el inicio de su aventura, “una mañana de pesadumbre” de hace varios años, cuando visitó el sitio arqueológico de Tula, Hidalgo, que permanecía mudo, cerrado e incluso feo, hasta que buscando una respuesta tanto sobre el sitio como sobre sí mismo, Davidoff advirtió el juego que se daba entre el sitio y el cerro Xicuco, del cual viene precisamente el nombre de Tula Xicotitlan. Según el emplazamiento en el que se encuentra el visitante en el gran centro ceremonial de Tula, el Xicuco se deja ver, se oculta, o incluso se mueve. De este modo el sitio de Tula perdió su inercia y se integró al tiempo, al tiempo lineal de los hombres, al tiempo arquetípico y ritual, y al tiempo inmóvil de Dios. De este modo el espacio ritual del sitio se convirtió en un instrumento que integra al visitante en un encuentro con la divinidad y consigo mismo como Dios.

El descubrimiento de esta conexión dinámica entre Tula Xicotitlan y el cerro Xicuco desencadenó un proceso intensísimo de reflexión e investigación en Alberto Davidoff, que acudió una y otra vez al sitio para interrogarlo. Trató de encontrar en la investigación académica algo que lo alumbrara, pero ni los historiadores ni los arqueólogos habían advertido la relación entre el centro ceremonial y el cerro. Y menos que en esta relación lo fundamental es el devenir Dios, o la Iluminación, de los humanos que lo recorren con el corazón abierto.

Alberto Davidoff encontró finalmente la clave en el Códice Borgia, gran libro pintado de la región Mixteca-Puebla, considerado prehispánico o casi. Y esta es la segunda gran conexión que hace Arqueologías del espejo, entre el centro ceremonial de Tula y el Códice Borgia. Señalo que, aunque pareciera más o menos obvio hacerlo, no es común en el mundo académico relacionar y comparar un sitio arqueológico con un códice. La interpretación de Eduard Seler al Códice Borgia le dio la clave, pues analiza toda una sección que denominó “El viaje de Venus por el inframundo”, con sus seis periodos de visibilidad e invisibilidad, atestiguados por el hombre-dios Quetzalcóatl que se va modificando en todo su ser en este recorrido, accesible en última instancia a todos los hombres. Davidoff muestra que el trayecto de Venus en el Códice Borgia está construido en el sitio de Tula, en su dinámica relación con el cerro Xicuco, que representaría así al planeta Venus. Las apariciones, desapariciones y desplazamientos del Xicuco, conforme el visitante se desplaza en el centro ritual de Tula, coinciden con los movimientos de Venus en el Códice Borgia, y esta asociación permite a Davidoff una comparación detallada, mutuamente enriquecedora, de Tula y el Borgia. Este es el objeto de la primera parte del libro, que va comparando sistemáticamente el centro ceremonial y varias láminas del Códice siguiendo los seis periodos de aparición y desaparición de Venus. Davidoff explica y fundamenta su proceder en el Fragmento A, “Venus, Tula y el Borgia”, de la segunda parte del libro, donde anota que: “El sitio de Tula es una versión tridimensional del códice, y la experiencia que nos proponen ambos documentos es la de un espacio que contiene el tiempo: una representación con cuatro dimensiones”.

Esta identificación del cerro Xicuco con Venus para entender el juego de su relación dinámica con Tula no tiene mucho que ver con la disciplina conocida como arqueoastronomía, interesada más bien en la orientación de los centros ceremoniales antiguos y su relación con el movimiento de los astros reales en el cielo. En la perspectiva no tecnológica sino espiritual, abierta por Davidoff, lo que se juega es más bien la relación entre un sitio y un cerro que representa a un astro, con el objeto de transformar el sitio en un gran teatro capaz de (re)producir de manera exterior e interior los eventos fundacionales del universo, con el fin de identificar a los hombres con los dioses.

Las múltiples asociaciones que Davidoff fue encontrando entre el sitio de Tula y las complejísimas pinturas del Códice Borgia confirmaron la validez de su lectura del centro ceremonial. Esta lectura enriquece asimismo la interpretación misma del códice, pues permite, entre otras cosas, integrar la visión de Eduard Seler, centrada en el viaje de Venus y las transformaciones de Quetzalcóatl, y la de Karl Nowotny, centrada en el ciclo ceremonial, que precisamente encuentra su concreción en el sitio de Tula como espacio ritual.

Pero la cerradez del mundo académico exigía una prueba adicional de la validez de la asociación entre el sitio y el códice, y Alberto Davidoff, con la mirada ya ciertamente muy afilada y refinada, la descubrió en las pinturas que acompañan a la gran obra en náhuatl y español que coordinó en el siglo XVI el franciscano fray Bernardino de Sahagún. Y esta es la tercera gran conexión que establece Davidoff en Arqueologías del espejo.

Una reinterpretación, una nueva mirada a las pinturas y a ciertos textos de Sahagún, recurriendo a lo que Davidoff llamó una “lectura transversal”, le permitió confirmar la importancia para la cultura indígena del cerro asociado a experiencias de devenir Dios y subir al cielo. Esta lectura de las pinturas sahaguntinas no tiene, me parece, antecedentes en la investigación académica sobre Sahagún y el Códice florentino. Davidoff vio cosas que nadie antes había visto.

En la perspectiva que abre Davidoff, el centro ceremonial de Tula, el Códice Borgia y la obra de Sahagún se iluminan y enriquecen entre sí, y permiten irnos configurando una imagen muy fuerte de la religiosidad, la espiritualidad mesoamericana, muy diferente a la que nos transmitieron de manera deformada investigadores como el mismo fray Bernardino de Sahagún.

Gracias al entrecruzamiento de lecturas, Davidoff propone una interpretación novedosa de la obra de Sahagún en sus múltiples niveles y contradicciones:

En la obra de Sahagún [escribe Davidoff] hay varias voces que se pueden desentramar: la de Sahagún para los indios, la de los indios para Sahagún, la de Sahagún para sus diversos interlocutores en Occidente, la de los indios consigo mismos; esta es la carga de su obra, queda a nosotros escuchar, o no, su clandestina sabiduría.

Davidoff le dio particular fuerza a la unidad del doble proyecto del equipo de Sahagún, evangelizador y de investigación sobre el México antiguo, al destacar que Sahagún necesitaba entender lo que para los indios era la experiencia de la divinidad, para poder transmitirles la experiencia cristiana de la divinidad. Pero estas investigaciones eran sospechosas y perseguidas por el ambiente cristiano inquisitorial, de tal modo que mucho de lo que Sahagún logró captar de la espiritualidad indígena sólo logró transmitirse de manera clandestina, cifrada, en imágenes que aparentemente no tienen nada que ver, lentamente perceptibles a través de la lectura transversal y la perspectiva espiritual propuesta por Davidoff. Habría pues un Sahagún místico, abierto a las experiencias cristianas de ascensión al cielo y de identificación con Dios, y un Sahagún inquisitorial, que busca conocer las demoniacas idolatrías de los indios para reprimirlas mejor.

Davidoff acota con razón que juzgar la religión mexicana antigua por los registros de sus sacrificios, es lo mismo que juzgar al cristianismo tan sólo por los registros de sus torturas y autos de fe. Esta visión deformada del México antiguo enfatiza la religiosidad azteca, sacrificial, y desconoce casi totalmente la “religiosidad tolteca”, espiritual y mística, presente en sitios como Tula y, más aún, Teotihuacan, aun presente cuando llegaron los conquistadores con sus frailes, y que Sahagún y sus colaboradores transmitieron de manera clandestina. Pero hacía falta quien nos enseñara a verla.

La segunda parte de Arqueologías del espejo, “El sabor de la herejía”, reúne siete textos (“Fragmentos”) que aclaran algunos de los procedimientos utilizados en la primera parte sobre Tula, el Códice Borgia y el corpus sahaguntino, y amplían la investigación hacia otras lecturas (fray Diego Valadés y los grabados de su Retórica cristiana, las grandes ciudades de Teotihuacan y Tenochtitlan, la Virgen de Guadalupe), sorprendiéndonos siempre y abriéndonos los ojos a nuevas miradas exteriores e interiores. Por ello no queda sino agradecer el enorme esfuerzo de Alberto Davidoff y reconocer la intensidad de su visión.