Javier García-Galiano. Escritor. Es autor del libro Benito Souza, vendedor de muñecas, y otras historias.

“Eliseo Alverto no ha escrito un libro político, no ha tratado de analizar una época de la historia de Cuba, mucho menos se ha aventurado a pergeñar un estudio sociológico, sólo ha querido hacer el recuento de lo visto y convivido”.

Eliseo Alberto

Informe contra mí mismo

Alfaguara

México, 1997.

293 pp.

Eliseo Diego descubrió que el Paraíso podía adoptar la forma del café, de una página de Walter de la Mare, de un soldado de plomo o de una calle de La Habana. Como podría demostrarle el título de uno de sus libros secretos, Tratado elemental de ilusiones, Eliseo Alberto entendió que también estaba hecho de esperanzas, deseos y quimeras, los cuales, en su primera novela, La fogata roja, aparecen a la manera de la épica en la historia del niño guerrillero Pablo Morazán, soldado del ejército de Augusto César Sandino, contada sin afectaciones, desde la sencillez infantil y la cotidianidad de las trincheras.

Johann Nestroy creía que existían “muy pocos hombres malos en el mundo, y sin embargo, ocurren muchas desgracias; la mayor parte de esas desgracias se deben a los muchos, a los muchísimos hombres buenos que, en definitiva, no son más que hombres buenos”. Las buenas intenciones con frecuencia derivan en catástrofe y los deseos cumplidos muchas veces se vuelven desencanto.

De algún modo, Informe contra mí mismo empieza donde termina La fogata roja. Si la utopía de Sandino se malogró, el comandante Fidel Castro Ruz tuvo que crear un andamiaje para realizar la suya, y la construcción de sus ideales al mismo tiempo los refutaron. Eliseo Alberto rememora esa época, que es la de su infancia, la de su formación, la que vivió sin heroísmos ni martirios, y lo hace siguiendo el precepto de su padre, Eliseo Diego, sólo para dar testimonio.

Hay hechos que inevitablemente nos rebasan. Georg Christoph Lichtenberg recomendaba tratar de no caer en situaciones para las cuales no se estaba preparado, para no verse obligado a aparentar lo que no se es, “pues nada es más peligroso y más perturbador para la paz interior ni más desventajoso para la honestidad, y por lo general conduce a una pérdida total de crédito”. Sin embargo, hay sucesos que irrumpen de pronto en la vida de los individuos, se imponen sobre ellos y acaban por regirlos; la guerra, por ejemplo, un terremoto, un accidente, un encuentro azaroso o la revolución cubana. Eliseo Alberto no ha escrito un libro político, no ha tratado de analizar una época de la historia de Cuba, mucho menos se ha aventurado a pergeñar un estudio sociológico, sólo ha querido hacer el recuento de lo visto y convivido. Si el régimen de Fidel Castro aparece obsesivamente en su libro, se debe a que ese régimen se hizo omnipresente en la vida de los cubanos y, por lo tanto, en la del autor; intentó determinar su pensamiento y se volvió parte de su intimidad. Por eso, Eliseo Alberto eligió uno de los géneros preferidos del gobierno revolucionario: el informe, el cual, en principio, no constituía una delación, pero representaba una vigilancia perpetua, lo cual creó una desconfianza creciente que se fue convirtiendo en miedo. “El chisme adquirió metodología política” y las delaciones se volvieron una comedia de enredos que podía terminar en tragedia.

Eliseo Alberto no juzga a la revolución. En el repaso de los hechos que conforman su memoria, sabe que “recordar es volver a mentir”. Si acaso, quien la condena en algunas páginas es José Martí, que no la conoció, pero Eliseo Alberto sólo reflexiona acerca de su propio pasado y, al hacerlo, no puede evitar consideraciones acerca de la revolución con la que se entusiasmó; con la que, obligatoria o voluntariamente, de alguna manera, contribuyó.

El Informe contra mí mismo no quiere ser amargo, no pretende ser una evocación ni un recuento frío de hechos y fechas. Como lo confiesa Eliseo Alberto, no pretende que la inteligencia lo distancie y le vuelva ajeno lo que cuenta, ni que la pasión lo ofusque. Por eso, pretende escribir desde “ese sentimiento de ánimos turbados que sorprende al hombre cada vez que se sabe participando en las venturas, aventuras y desventuras de la historia”: la emoción, ya que, “la razón dicta, la pasión ciega, sólo la emoción conmueve, porque la emoción es, a fin de cuentas, la única razón de la pasión”.

Pero como suele suceder en los informes, éste no se compone únicamente de las historias de Eliseo Alberto. En él se incluyen también otras versiones; cartas, opiniones, anécdotas y observaciones de otros, la ira y el goce de algunos más, las abrumadoras consignas de la revolución, que terminaron por convertirse en atosigamiento diario y que en el recuerdo se agolpan como un tormento retórico, los lugares odiados y queridos por los amigos, la Cinemateca de 11 y 23, el Gato Tuerto, las bromas literarias de Luis Rogelio Nogueras, el 1830, porque, como en todo informe, no pueden dejar de aparecer, sin nostalgia, los pequeños paraísos propios, pero, sobre todo, están los hechos, contados con la destreza literaria ya demostrada en La eternidad por fin comienza un lunes, los cuales parecen absurdos, trágicos, melodramáticos no por culpa del autor, sino porque así fueron.

El protagonismo histórico suele ser molesto. Jorge Luis Borges sabía que una de las tareas de los gobiernos era fabricar y simular jornadas históricas, “con acopio de previa propaganda y de persistente publicidad”, pero sospechaba que “la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que sus fechas esenciales pueden ser, durante largo tiempo, secretas”. Eliseo Alberto ha comprendido que los políticos confunden con frecuencia la vida con la historia. La revolución acaudillada por Fidel Castro parece haber terminado por confundir también a los cubanos, obligándolos a convertirse en héroes de esa gesta en la que no tienen por qué creer o a la que no les interesa combatir. Muchos de ellos, como José Martí, como el joven Fidel Castro, han construido su Cuba íntima en el exilio, como si fuera un largo trago. En este libro, Eliseo Alberto ha descrito la que recuerda.