Carmen Leñero. Escritora. Cantante. Acaba de aparecer su disco Almuerzo en la hierba.

Las afinidades entre Pirandello y Sciascia van más allá de que ambos nacieron en Sicilia. El laberinto, la pasión por los enigmas, también los unen.

Leonardo Sciascia

Alfabeto pirandelliano

Ediciones El Milagro

México, 1997

142 pp.

Este delicioso librito está formado por una serie aparentemente lineal y caprichosa de nombres, a manera de entradas de un diccionario: (cito al azar) “Azufre”, “Alguien”, “Don Quijote”, “Girgenti”, “Olivo”, “Sicilia”, “Teatro”, “Tilgher”, “Verdad”, “Wagon-Restaurant”, bajo los cuales hay un texto que incluye anécdotas, citas, descripción de escenas, reflexiones. La mayoría de estos nombres son nombres propios, de personas reales, personajes, actores, críticos, escritores o filósofos coetáneos de Pirandello, nombres de lugares o de cosas que en el código personal de Pirandello-según-Sciascia podrían considerarse símbolos, emblemas, señales clave o palabras mágicas para internarse en el complicado tapiz entre realidad y ficción sobre el que se borda la obra pirandeliana, sus procesos de creación y de olvido.

Todos estos nombres (33 en total) están dispuestos en orden alfabético -aunque seguramente el propio orden alfabético es responsable de algunas de las entradas que como una asociación libre o una figura inopinada surgieran en la mente de un detective iluminando y haciendo cuajar su súbita comprensión de muchos datos dispersos-. Cada nombre está ahí por una razón distinta, es decir, no se trata de rubros o palabras formalmente importantes en los estudios pirandelianos (no está por ejemplo la palabra: “doble”, ni “identidad”, ni “escenario”). Sciascia procede con mucha mayor sutileza que un crítico, con mucha mayor malicia que un erudito y con mucha mayor libertad y gracia que un académico. Claro, sabe que está tratando con un material poético, que además le atañe de muy cerca, como bien nos deja ver la introducción de Anunziata Rossi Papisca. Por eso cuando Sciascia alude al contexto social o político, a las ideas de la época o a los llamados “recursos literarios” se cuida muy bien de decir “contexto político”, “mentalidad”, “rasgos de estilo”; se cuida de generalizar, de establecer categorías, de ponderar, polemizar y complacerse en sus propios conocimientos. En cambio, trata a las cuestiones biográficas, geográficas, ideológicas o históricas como a una ficción más, pescando el detalle significativo, la peculiaridad que revele un estado de cosas, el gesto que explique más a la intuición que a la razón, el punto sobre el cual tejer una mínima telaraña, una especie de acertijo. Porque eso son las entradas de este Alfabeto: claves en torno a las que se despliega una argumentación solapada, una denuncia seductora, una sugerencia, un posible indicio, un guiño que hace sonreir y pensar tal y como pudiera hacerlo un aforismo.

Cada entrada tiene su eventual autonomía -su carácter de isla, como Sicilia, patria de Pirandello y de Sciascia-. Cada nombre del Alfabeto es la carta de una baraja: abre su dinámica de preguntas y su pequeño suspenso. Es un cabo suelto, o mejor dicho un tentáculo que nos atrapa. Generalmente comienza con una anécdota o una cita elegida alevosamente, o bien con una inocente descripción de diccionario (su preferido es el del siciliano Salvatore Battaglia); luego viene la contraparte, una vuelta de tuerca, otro tipo de información que nos muestra que las cosas no son como se esperaba, sea porque la palabra descrita o la cita del personaje contradice en realidad su significado, sea porque la información que apuntaba en un sentido es precisamente insinuación o argumento implícito del contrario. Los datos, citas y referencias están escogidos con malicia y sabiduría -¿a qué vendrá ahora esto, uno se pregunta?-, y luego creerá que lo descubre. Los recursos de investigador minucioso nutren las travesuras del novelista y el talento de Sciascia como sabroso conversador.

Pero Alfabeto es más que una cadena de comentarios ocurrentes y digresiones, es un despliegue de juegos pirandelianos: las distintas piezas de su baraja se espejean y desmienten, se ponen recíprocamente los puntos sobre las íes. A menudo, después de la vuelta de tuerca del segundo planteamiento aparece una declaración breve, suya o ajena, filosófica o levemente lírica, de cómo son ciertas cosas en la literatura, en la política, en la vida íntima de un escritor; observaciones penetrantes o inesperadamente sensibles, no por fuerza restringidas al tema pirandeliano, sino en general sobre la imaginación poética y la sobrevivencia en sociedad: “Mi teatro es un dolor que razona”, dice citando a Pirandello; o al describir aquel olivo sarraceno que el autor colocaría en medio del escenario: “Es ese un olivo de tronco retorcido, enrollado, de oscuras cuarteaduras; como torturado, del cual casi nos parece oír su gemido”; o cuando asegura que la filosofía en la obra de Pirandello no es propiamente su sustancia sino sólo “el material aislante que le permitió manejar el fuego vivo de su núcleo poético y humano”. Tales momentos del comentario hacen su parte más luminosa, su centro de gravedad. La solución final de cada nota presenta un nuevo sesgo que le impide ser conclusiva, que íntimamente la vuelve a abrir como una cuestión para reflexionar. Es común que Sciascia se detenga con perplejidad mentida en el punto en que nosotros empezaremos a soñar, a hacernos nuevas conjeturas. Su propia escritura incluye audaces engarzamientos entre la historia, la realidad cotidiana y la ficción. Sus fuentes son básicamente los cuentos y novelas de Pirandello, pero también las cartas, las citas suyas o ajenas, fragmentos de otras obras afines, o escenas que reconstruye de algún momento significativo en la vida de Pirandello, como el gesto de abrir con su firma la lista de invitados a su propio funeral horas antes de morir. Y es que a Pirandello, nos explica Sciascia, le importaba que la realidad verificara a la ficción, que lo vivido fuera retomado por la imaginación y que la imaginación auspiciara el destino real de los vivos. Tal como sucedió cuando el físico Majorana, lector de carne y hueso, imitando al personaje de Pirandello, Matías Pascal, finge su muerte y desaparece para convertirse en otro.

Es muy interesante cómo Sciascia desnuda la relación entre Pirandello y sus críticos: el escritor se vuelve una especie de personaje prisionero de aquéllos, de sus especulaciones, sus fórmulas, sus expectativas y acusaciones. Pero no sólo habrá extraños trueques entre el espíritu del artista y sus intérpretes, los filósofos y los científicos con quienes comparte especulaciones y terrores, sino sobre todo entre personajes, actores y lectores. Una prueba de tales trueques entre criaturas y creadores, entre realidad y ficción sería también el caso del actor Mosyoukine, quien según cuenta Sciascia protagonizó un cuento de Tolstoi titulado Cadáver viviente, y luego, en cine, al difunto Matías Pascal. El mismo actor hará Casanova, y muchos años después su hijo, dedicado a las letras, habrá de experimentar las mismas obsesiones pirandelianas hasta el extremo de suicidarse. El destino hace el nombre, pero el nombre hace también al destino, nos dice Sciascia; de ahí que Pirandello escogiera el nombre de Matías (locura ligera, traviesa, lujosa) para Matías Pascal, heredero de las angustias cósmicas de Blaise Pascal. Y de ahí también que el Alfabeto de Sciascia tenga un poder generador a la vez que explicativo. Sus claves no son sólo huellas de la realidad en las obras, sino huellas que dejan las obras “a futuro”, proyecciones de lo que bien puede llegar a actualizarse nuevamente en una forma de existencia cualquiera.

Perspicazmente nos advierte en su introducción Annunziata Rossi Papisca que Leonardo Sciascia reúne las pistas del drama piran-deliano para convertirlo en una trama policiaca, de las que tanto le gusta reinventar. Y sin embargo no parece tratarse de las pistas que él mismo siguiera como detective en su investigación sobre la obra y vida de Pirandello. Son más bien señales que a sabiendas ya de tantas teorías, polémicas ideológicas, homenajes literarios, interpretaciones y tesis que inspira un grande y reconocido escritor, Sciascia ha coleccionado (como un conjunto disímil de mariposas ligeras atrapadas por su red) y nos ha puesto delante para iniciar una partida con nosotros, para sugerirnos alguna extravagante trayectoria de fabulación, para invitarnos a compartir sus intuiciones y curiosidades, para descubrir el meollo de los juegos pirandelianos dándonos una prueba de los procesos que ha sabido desentrañar e incluso emular con enorme sutileza. Y también, hay que decirlo, Sciascia propuso esas señales para llevarnos a respirar el aire de afinidades más íntimas y privadas que tiene con Luigi Pirandello. En vez de un nuevo estudio sistemático sobre el autor a quien tanto admira y compadece, Sciascia ha rescatado, gracias al artificio de escribir un supuesto Alfabeto consultando un diccionario, un directorio y un mapa, sólo los trazos que se grabaron en su alma como torcidas sendas hacia la comprensión de todo un laberinto poético -a la vez narrativo, escénico y onírico.

A veces, los gestos que nuestra memoria más recóndita conserva, y a propósito de los cuales rumia sus amores y preocupaciones, suelen ser nimios, inoperantes, azarosos; pero estos nombres y gestos sobre los que Sciascia discurre son muy escogidos y muy fértiles. Durante algunos años estudié la locura en el arte teatral de Pirandello, y debo decir que el Alfabeto me fue de gran utilidad; ahora que lo releo me percato de cuántas insinuaciones suyas fueron base de mis reflexiones y germinaron como habichuelas mágicas en mis escritos sobre la identidad rota, el tiempo oscilatorio, la metamorfosis escénica en el mundo pirandeliano. En aquel tiempo tomé notas, revisé bibliografías, y mucho de ese material se me ha vuelto borroso, quedó momificado en mis archivos. Lo verdaderamente vivo aún son los detalles entrañables, las rendijas, las escenas súbitas que como estas nociones recreadas por Sciascia dan vida a cada nueva reflexión personal, a cada relectura, venga de un autor dramático, un crítico, un estudioso, un actor, un hombre curioso o incluso un personaje de ficción, que si pudiera leer, se encantaría al descubrir -él sí- que su existencia cobra algún sentido gracias a la imaginación de Pirandello.

Es probable que en el gozo y sorpresa de releer este libro haya tenido que ver mi mala memoria, o tal vez su fragmentariedad y delicada hechura, su falta de pretensiones y su tono a la vez lúcido y simple. Es probable que lo borroso de mis recuerdos se deba a que lo leí originalmente en francés. Hoy, al leer esta nítida traducción de Guillermo Fernández tuve todo el tiempo la sensación de que “me habían limpiado el parabrisas” y el paisaje se dibujaba mejor. Es muy de agradecer a El Milagro esta hermosa versión del libro así como el jugoso e inteligente ensayo de Annunziata Rossi Papisca que la introduce.