La ciudad sin Muros

El 20 de agosto de 1847, hace 150 años, tuvo lugar una de las batallas más famosas de la historia mexicana en el ex convento de Churubusco; ahora este edificio sirve como Museo Nacional de las Intervenciones.

Los usos de un edificio pueden ser insospechados. Un convento franciscano del siglo XVI, por ejemplo, puede volverse campo de batalla, Hospital Militar de Enfermedades Contagiosas, monumento artístico y museo. Los museos suelen ser lugares extraños, donde pueden exponerse y sugerirse distintas rarezas. Los de historia natural combinan con frecuencia la espectacularidad ósea de ballenas y dinosaurios con la repulsión a los insectos o con malformaciones genéticas en frascos de formol. Los de cera, historias de terror con el culto a la personalidad. Los de antropología, también historias de terror y costumbres milenarias. Los de historia practican la veneración fetichista de los héroes.

En el antiguo convento de Churubusco, se sabe, el 20 de agosto de 1847 tuvo lugar una de las derrotas más gloriosas del ejército mexicano que, como muchas otras derrotas, fue rubricada con una frase célebre: cuando el general Twiggs se presentó ante los oficiales mexicanos que se negaron a capitular y preguntó por los efectivos de guerra, el general Anaya, entonces, le respondió: “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”. Fuera de esa sentencia, poco queda de ese día aciago, acaso sólo el monumento que el presidente Comonfort mandó erigir frente a la puerta del convento en 1857, y que guardaba los restos del coronel Francisco Peñuñuri y del capitán Luis Martínez de Castro, quienes, al quedarse sin municiones, quisieron abrirse paso a bayoneta calada, fracasando mortalmente en su intento. En esa batalla, participó también el legendario Batallón de San Patricio. En el lugar de los hechos, actualmente se encuentra el desconcertante Museo Nacional de las Intervenciones.

La historia de México está llena de curiosidades. Este museo podría ser una de ellas. A la entrada, entre frases y una efigie del Baron Alexander von Humboldt, la defensa de la patria queda representada por banderas, fusiles, cañones, balas, bayonetas, espadas, espadines, tambores, trompetas, piedras y una reata. Una larga frase de José Joaquín de Herrera justifica el montaje: “todo mexicano está obligado a hacer la guerra al enemigo con todas las armas que estuvieren a su disposición, como fusiles, carabinas, pistolas y espadas, pudiendo servirse de piedras que se arrojaran desde las azoteas, franqueándoseles las casas con este objeto”.

Ese es también el anuncio de las sorpresas que se suceden en el museo. Junto a la peculiar imagen del mestizaje que, advierte una nota, simbolizan el busto de “algún emperador romano” y la reproducción de una pieza prehispánica cualquiera sobre un escritorio del siglo XIX con todo y tintero, entre cuadros de próceres patrios, incluido el infaltable cura Hidalgo, pueden hallarse maravillas como ejemplares de La abeja de Chilpancingo, el periódico insurgente fundado por Carlos María Bustamante en 1813, regados por el piso, o el trono de Agustín de Iturbide con el sable de caballería que Anastasio Bustamante le regaló al Congreso Nacional en 1839, a cuyos pies un magnífico artículo de José Joaquín Fernández de Lizardi ilustra burlonamente acerca de la coronación del primer emperador de México, el cual debe leerse de rodillas, no por devoción sino por necesidad.

Los objetos producen asombro entre los vericuetos del museo, no sólo por el prodigio que pueden significar las condecoraciones nacionales, algunas banderas, una brújula, fotografías memorables o un carruaje del siglo XIX, que, como todos los carruajes del siglo XIX, uno suele atribuirle a Benito Juárez, sino porque de pronto aparecen incomprensiblemente maquetas naif de la aduana de Veracruz, San Juan de Ulúa o el propio convento, o instalaciones alegóricas que, de un lado, bajo una silla de montar y un sombrero de charro, explican: “guerrilla mexicana” y al otro lado, una silla de cuero y un espadín: “contraguerrilla”. O en una vitrina, sin aclaraciones, entre sellos guanajuatenses, un frasco de azúcar y uno de café. O peinetas, abanicos y cajas de rapé. De pronto, al fondo, descansa la máscara mortuoria de Maximiliano.

Uno de los prodigios del museo lo forman, sin duda, sus jardines y una palmera que invade las ventanas, así como el edificio mismo, que ha soportado distintas reconstrucciones, al cual pertenece una iglesia abierta al culto, al que, de alguna manera, lo enriquece un retablo mariano del siglo XVII y cuadros de Luis Juárez, Manuel de Echave y Juan Correa.

Un museo, a veces, crea sus propios misterios. En esos lugares extraños donde se veneran objetos no siempre ancestrales o cuadros valiosos o invenciones misteriosas con frecuencia aparecen historias extraor-dinarias. Hay quien sostiene que en el convento de Churubusco habita el fantasma de uno de los miembros del Batallón de San Patricio. Quizá sea el responsable del confuso laberinto de cosas del Museo Nacional de las Intervenciones.