La ciudad interior Teatro

El 21 de agosto se estrenará, en el teatro El Granero del Centro Cultural del Bosque, la obra El Burlador de Tirso, de cuya adaptación para la puesta en escena y dirección se encargó el maestro Héctor Mendoza. Se trata de una comedia en dos partes con múltiples citas ligeramente alteradas de El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina y el uso libérrimo de una idea de George Bernard Shaw.

El Burlador de Sevilla no es el único clásico adaptado para representarse este año. Este mes terminará, por ejemplo, la exitosa temporada de El caballero de Olmedo, en versión también “libérrima” de Luis de Tavira a partir de la obra de Lope de Vega. También estuvo en cartelera el Hamlet de Martín Acosta y Luis Mario Moncada. En septiembre se estrenará Don Juan, de Molière, bajo la dirección de Ludwik Margules, traducida y adaptada por Fabienne Bradu. Quizás esto se debe, en parte, a que los clásicos -al menos los convencionales- casi siempre aseguran el éxito, y representan un desafío profesional irresistible: la mayor parte de la gente presume de conocerlos, así que es necesario romper los estereotipos; los expertos no perdonan -y menos olvidan- los errores; en resumen, darles una nueva interpretación puede ser una tentadora arma de doble filo, que bien lleva hacia el triunfo o hacia el fracaso inevitables.

En el caso específico de Héctor Mendoza, adaptar un clásico a las necesidades específicas de sus puestas en escena no es un reto nuevo ni un capricho momentáneo. A lo largo de su carrera lo ha hecho más de una vez, y siempre con mucho éxito. Los ejemplos más recientes fueron las obras Secretos de familia, donde jugó con las historias de Clitemnestra (Delia Casanova) y Electra (Blanca Guerra), hasta acercarlas a nuestra realidad con una sencillez pasmosa e inolvidable, sin quebrar la esencia de ninguna; y La amistad castigada, de Juan Ruiz de Alarcón, cuya anécdota, una vez amoldada, venía como anillo al dedo a la situación política por la que atravesaba el país. En aquella ocasión, el director se valió de una mesa como único elemento escenográfico, alrededor de la cual se tejían, con eficacia incomparable, intrigas y traiciones que fraguaban los truculentos -pero entrañables- personajes.

Mendoza se ha distinguido, desde joven, por ser un excelente dramaturgo. Las cosas simples, su primera creación, se sigue montando en varias escuelas, y en el ámbito profesional se cita como un texto muy importante en la historia del teatro mexicano de este siglo. De hecho uno puede aseverar, sin temor a caer en la exageración, que nuestro teatro es actualmente lo que es gracias a Héctor Mendoza. Su constante esfuerzo por librar a los actores de aquella manera redicha de hablar que habían heredado del trabajo al estilo español, y que les restaba naturalidad y credibilidad a sus personajes; su tenacidad para mostrar a varias generaciones el camino hacia una comprensión profunda, absoluta, de sus líneas que les permita involucrarse de manera más íntima, directa
y personal (“vivencial”) con los seres que interpretarían en escena; su afán de llegar cada vez más lejos en el desenmascaramiento y el manejo adecuado de la emotividad y la palabra, además de su inquebrantable disciplina tanto en el aula como sobre el escenario, lo han convertido en el maestro de maestros, el responsable directo de que México pueda enorgullecerse de tener directores, profesores de actuación, actores y actrices de primera, como Luis de Tavira, José Caballero, Raúl Quintanilla, Sergio Jiménez, Margarita Sanz, y Julieta Egurrola, por citar algunos de los más famosos.

De un tiempo para acá, a Mendoza no le ha interesado dirigir más que sus propios textos (hace poco hizo una excepción con Tiro de dados, de Gerardo Velázquez, obra que ni todo su talento ni la capacidad histriónica de Julieta Egurrola pudieron salvar de un mal fin). El Burlador de Tirso sigue la línea que inició con Creator Principium, su anterior puesta en escena. Maestro al fin y al cabo, sacó sus conocimientos y experiencias del aula y las llevó al escenario.

En Creator Principium, con el humor inclemente que lo caracteriza, retrató a los actores que han sido sus alumnos (y hasta a quienes no lo han sido, como Diana Bracho, a quien evidentemente satirizaba Julieta Egurrola). La trama giraba en torno a lo que significa ser un actor de vivencia y uno de forma. Artistas y público en general repasaban la amena lección con los personajes-alumnos, varios de los cuales reaparecen ahora en El Burlador de Tirso, ensayando -obviamente- El Burlador de Sevilla.

El elenco lo integran Ricardo Blume (don Gonzalo, el comendador), Hernán Mendoza (Catalinón), y Luis Rábago (Raúl, el maestro), además de Dora Cordero, Laura Padilla y Georgina Tábora. Hay tres donjuanes: Arturo Jaramillo, Esteban Soberanes y Roberto Soto. Casi todos ellos ya han trabajado con Héctor Mendoza en otras ocasiones (aunque conoce a la mayoría de los actores -jóvenes y maduros- del país, y ha tenido infinidad de alumnos, es un director al que, evidentemente, no le gusta correr demasiados riesgos cuando elige a las personas que estarán en sus obras).

La música original es de su hijo Rodrigo; el diseño de iluminación está a cargo de Angel Ancona, y el vestuario es de Sara Salomón. En cuanto a la escenografía, será tan sencilla y escasa como en sus obras anteriores. Mendoza disfruta de explotar su inmensa capacidad creativa para convertir los objetos ornamentales o vistosos en algo innecesario. Se ciñe a lo indispensable, pues lo que más le importa son los actores y lo que éstos puedan lograr emotivamente en el espacio escénico.

Sin duda, El Burlador de Tirso será una entretenidísima clase donde tanto el púbico en general, como los artistas de otras disciplinas, se den plena cuenta de cómo un actor de esta escuela crea un personaje -labor nada sencilla-, y donde los muchos exalumnos de este gran maestro reafirmen su aprendizaje, además de descubrirse a sí mismos entre los seres a quienes Mendoza dio vida en esta adaptación del clásico de Tirso de Molina.