Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

En caliente y de repente

Ya se sabe, o cuando menos se imagina si se ha visto un número suficiente de westerns: en Texas la tradición dispone que al mejor tirador se le cuelgue de la solapa una estrella, se le nombre sheriff y se le autorice a usar la Colt para mantener a raya a sus antiguos compañeros de oficio; asimismo, la memoria pone a consideración de los lectores de El Llanero Solitario y demás héroes de la tira cómica de antaño, la práctica salutífera de ofrecer recompensas a quien entregue “vivo o muerto” al matón que no logró licencia para matar.

De allí que no sea motivo de escándalo para quien esté bien informado el hecho jurídico según el cual todo tejano tiene derecho de disparar contra quien intente despojarlo de bienes materiales legítimamente adquiridos u obtenidos. Los ciudadanos de ese antiguo territorio mexicano gozan, pues, de la facultad de empuñar un arma y de utilizarla para salvarse de los ladrones. Estos saben que así es, pero no ignoran que es raro, extrañísimo que una víctima potencial de sus hurtos se atreva a enviarles un plomazo. La materia legal del asunto consta en el artículo 9-42 del Código Penal del estado de la estrella solitaria.

La ciudadanización

Todo lo anterior, más la creciente inseguridad que acosa a los tejanos, motivó a un ciudadano de nombre Frank Darrell a emprender una aventura que se desarrolla con buen, macabro éxito: fundar una sociedad que se llama Dead Serious Incorporated, cuyo propósito es -por la módica suma de diez dólares anuales- dar cursos de manejo de armas a cargo de un instructor calificado, dotarlos de calcomanías para pegar en sus automóviles que rezan “Anticrimen, Tolerancia cero”, enviarles una carta informativa al mes y ofrecer cinco mil dólares a quien mate a un delincuente in flagranti delicto.

Darrell distribuye entre los aspirantes a conseguir tal suma, un texto que entre otras cosas dice lo siguiente: “Debemos atemorizar a los criminales para que se mantengan lejos de nuestras casas, de nuestros negocios y de nuestros estacionamientos. Tienen que temernos. Y debemos recordar que si sólo herimos a un delincuente puede acusarnos legalmente, salir libre y matarnos a nosotros. O cometer más crímenes. En cualquier caso, su detención costará muy caro a los contribuyentes. En consecuencia, herir a un delincuente no autoriza a cobrar la prima de cinco mil dólares en efectivo”.

La agrupación crece. Además, es legal. Así lo dice Darrell y lo ha podido comprobar con temblor el reportero de Le Nouvel Observateur -Jean-Paul Dubois-, quien hizo el trabajo de investigación y constató que la misma cantidad de billetes verdes se llega a ofrecer, en California, a quien encuentre y entregue a una perrita llamada Susan. Su conclusión es abrumadora: “En Texas, la vida de un hombre vale exactamente lo mismo que la de una mascota de lujo californiana”. A lo que Darrell responde: “¿Qué pueden decirle a uno las estadísticas acerca del descenso de los crímenes cuando su propio hijo ha sido asesinado a las puertas de su casa?”.

Dentro de su ataúd, unos kilómetros al norte de Agua Prieta, Sonora, ya en territorio tejano, Wyatt Earp ha de sonreír mientras aceita su viejo revólver.

Guerra de posiciones

En Sicilia, la violencia criminal es más antigua que en Texas. Recuérdese, si algo queda en duda, cómo murió aquel famoso juez Giovanni Falcone, quien tuvo a su cargo el combate contra la Mafia, también conocida como Cosa Nostra. Era el año de 1992, y fue también el de la muerte criminal de otro juez, apellidado Borsellino. Asimismo fue el año de la gran reacción popular y social contra el control ejercido por la onorevole societá sobre los sicilianos, tema entre los preferidos de aquel gran escritor que se llamó Leonardo Sciascia. En 1992 nació un movimiento que decidió bautirzarse “Palermo Año I”.

Los apoyos con que contó desde entonces el grupo de voluntarios que optó por dar batalla a la Mafia fueron tres: las escuelas, las iglesias y el ayuntamiento palermitanos. Nada ni nadie más osó plantarse frente a las escopetas. La capital de la provincia ensangrentada se encontraba entonces en la peor de las desolaciones: monumentos abandonados, palacios en ruinas. Quienes se agruparon para defender su derecho a un presente sin sobresaltos y a un futuro sin Mafia, entendieron pronto que la batalla sería larga y tendría que partir de la raíz: recuperar el pasado para los ciudadanos, poner a disposición de éstos sus piedras seculares, ganar lo que no podía ganar la policía sola, es decir, el territorio de la gente. Incluso en los límites de la legalidad.

Este rescate cultural y social le ha cambiado el rostro a Palermo, al ritmo de un monumento por día. La participación ha creado redes de relación humana y reconstruido el tejido de una sociedad hasta hace poco pulverizada por el miedo: iglesias, cementerios, jardinesm, el Teatro Massimo -sólo comparable en dimensiones con las óperas de París y de Viena- han sido restaurados y remozados, limpiados y devueltos a sus esplendores añejos. Sicilia es una síntesis de Europa. Posee vestigios griegos, cartagineses, árabes, góticos, normandos, bizantinos, romanos, españoles.

El amor por lo propio

Palermo -27 siglos de historia, 700 mil habitantes hoy- se mira a ella misma por los ojos de sus estudiantes, de sus maestros, de sus deportistas, de sus sacerdotes, de sus padres de familia, de sus académicos. Sus gentes urden así, entre los bastidores de la memoria y el amor a lo que es de ellas, la tela de la resistencia contra los mafiosi. Lo hace saber con notable gozo la biógrafa del juez Falcone, Marcelle Padovani.

Y a la recuperación de lo que está encima de la superficie, se suma la de lo que yace en el subsuelo. Como si así se dijera a los hombres del silencio asesino que no podrán gozar más de los subterráneos de la vida para diseñar sus crímenes y mantenerlos bajo el velo del silencio. Como si, cansados de una justicia que nunca llegará del cielo, hubiesen decidido buscarla en el origen mismo del poder criminal: la tierra y lo que ésta oculta en sus entrañas, es decir, el agua cuyo dominio está en el origen de la hegemonía mafiosa sobre los campesinos.

Las vísceras de Palermo son antiquísimos sistemas de recolección y conducción de agua. Hoy, los túneles que fueron pensados y excavados por los árabes, se pueden visitar; las secas tumbas de casi un millar de momias, también. Arriba, villas requisadas a delincuentes. Abajo, los pozos clandestinos que daban agua a los sometidos y mataban de sed a los valientes.

Italia será siempre más imaginativa que Texas.