En fechas recientes, la palabra “inédito” se repite con frecuencia. La usamos para describir los procesos y transformaciones que vivimos. También hablamos de “huecos”. Al modificarse algo, se evidencian lagunas institucionales y se subraya la necesidad de adecuar válvulas, candados y una parte de la normatividad para hacerlos útiles a la nueva realidad.

Ejemplo de lo anterior es el estreno de una libertad de expresión casi total en nuestro país o el final del monopolio televisivo. Los medios han empezado a hacer lo que sea con tal de vender periódicos o ganarse televidentes. A veces han sido responsables, pero también han perdido la pista, probando que los mecanismos para responsabilizarlos son insuficientes.

Los códigos de ética podrían ser una solución. En el mundo hay alrededor de 62 países que cuentan con códigos de ética, sin embargo, en México la mayoría de los medios no han dado el paso para autorregularse. Los estudiosos e involucrados en el tema han planteado que la respuesta está más bien en un consejo ciudadano, que decida qué está bien decir y qué no.

Considero innecesario que el Estado adhiera una tuerca a su complicada maquinaria gubernamental, más tratándose de este tema. Finalmente, si algo nos disgusta de los medios basta con no comprarlos o cambiarle de canal. Sin embargo, ante la difamación y otros daños morales no hay forma de defenderse. Aquí, a mi juicio, sí es necesario ajustar, pero lo que ya existe.

Si bien es cierto que el artículo 31 de la Ley de Imprenta castiga con privación de la libertad hasta por dos años a quien cometa el delito de difamación, también es cierto que esta Ley (que de tan vieja es anterior a la Constitución del 17) no se aplica nunca. Otras leyes aplicables, que no son más que buenas intenciones, son: la vía penal, que desemboca igualmente en privación de la libertad, y la vía civil, que permite demandar la reparación del daño moral y/o el pago de la indemnización. Por sí misma, esta vía no funciona. Es lenta y sus resultados no son lo suficientemente amenazadores como para que al comunicador no le convenga difamar.

Frente a una libertad de expresión que ya existe, el ajuste normativo es esencial ¿Ha pensado en lo que haría usted ante una nota que le causara deshonra, descrédito, perjuicio o lo exponga al desprecio de los demás? El día de hoy, no hay mucho qué hacer.