“¿Será que hasta el momento del sexo dejamos de racionalizar el sexo?”, pregunta ella, mientras él forcejea para sojuzgar una mucosa. “Olvídalo. Es pura hipocresía: cuando todo se encuentra bajo el pulgar de una caricia no hay quien se acuerde de esa firmeza antisexo. La condena pública vale madres cuando las rodillas se doblan”. Ahí nadie observa. Ella quiere creer que no son caminos peleados cuando él, con su lengua, calma los días tensos; le echa porras pero prefiere desnudarla y admira su desempeño, sus pequeños logros, como una mera antesala al derroche amoroso. Ella dice que disfrutar su sexualidad no hace infructuoso su esfuerzo por restarle importancia al simple acostón. El la llama farsante: “Es como si defendieras la comida sana y en cuanto pudieras te aislaras con un pequeño, un miserable cuadrito de chocolate al que le dedicaras toda la prohibición contenida de los días de dieta”. Ella le aclara que hace el amor sin olvidarse del mundo para llegar al éxtasis. El concluye que esa no-veneración hacia el sexo la llevará a un estado de indiferencia en el cual le dé lo mismo el mucho sexo que el nada de sexo y vea con ojos moderados la promiscuidad, la bisexualidad y lo demás. Ella espera el día en que el sexo ya no la toque, no la mueva, no la compadezca, porque, según confiesa, ha llegado a sentirse totalmente desechable y se pregunta que qué tal si no sintiera nada, qué tal si no tuviera clítoris: “¿tendría derecho a vivir?”. Teme que esas caídas usurpen su tiempo de vuelo porque no quiere consagrar el resto de su vida a mantenerse en buen estado sexual sólo por conservar a alguien, aunque confiesa que le complace sentirse adorada, deseada; que le agrada que los hombres y las mujeres la desnuden con la vista y se rocen a propósito con ella; que le gusta provocar una erección, fingir demencia. El la convence: “Coje, ahora que puedes. De vieja o lisiada, ya verás qué hacer”. Ella sabe lo que sigue: comprar los videos de masaje de Playboy, inyectarse colágeno en los labios, reconstruirse el himen. Pero ha optado por ejercer sin ufanarse de ello: “Aquí, a solas y entre nos. Y en cuanto nos detectamos el uno al otro, ya embonaron partes y modos, ya bajamos y subimos, ya pasamos de la acción a la pasión, a la succión; ya descansamos agitados, ya se borraron los tapices y los techos, ya transpiramos alcalinos y nuestras ropas cayeron después que nosotros”. Ahora no distingue ni el marco de la puerta ni los dedos que la escarban.