Rosa Beltrán. Escritora. Con La corte de los milagros obtuvo el Premio Planeta.

“Gracias a la influencia del cine y la literatura en el periodismo, hoy lo político se confunde con lo policiaco, lo fantástico es condición para legitimar lo real y la violencia se presenta como espectáculo. Y el periodista, cuya musa inspiradora no es ya la realidad sino la literatura, no escapa, no puede escapar ya a esta forma de interpretación de lo real que implica su fabulación”.

Para Carlos Monsiváis

Episodio número uno: “Las bellas atroces”

El 22 de febrero de 1997, el periódico mexicano La Jornada apareció ilustrado íntegramente con fotografías de desnudos femeninos. Junto a las noticias políticas, de economía, sociales e incluso frente a las declaraciones de Jorge Campos, el portero de la selección nacional de futbol, la gráfica que acompañaba la noticia era una mujer desnuda, con las piernas abiertas y las manos sobre los muslos, desafiando a la cámara. Al pie de cada foto aparecía la misma leyenda: “Censurada”. Eran las fotografías de una exposición recientemente montada en Aguascalientes que el gobierno había mandado retirar.

Lo sorprendente para un lector, desde luego, no era el hecho de que un grupo de mujeres desnudas apareciera en un diario como única ilustración del acontecer nacional de aquel día, ni que esos cuerpos desnudos fueran más dignos de escándalo que las noticias sobre los crímenes políticos que ilustraban. Ni siquiera era digno de asombro que el argumento que se empleó para censurar la exposición de desnudos -“es mal ejemplo para nuestros hijos”- no apareciera entre las noticias de fraudes y filiaciones de funcionarios con el narcotráfico.

Lo insólito, lo verdaderamente inusitado, era que frente al tono amarillista y fantasioso del acontecer nacional, los cuerpos de esas mujeres aparecían tan sólo como eso: unos cuerpos. No se parecían a los cuerpos de las mujeres plásticas del Playboy, ni a las modelos de los anuncios de Benetton o Calvin Klein. Ni siquiera se parecían a las rubias atómicas fabricadas por Televisa. El problema del realismo de estas fotografías es que no las hacía parecerse a una imagen de lo real que respondiera de buen modo y con buen gusto a la imagen instaurada por alguna de las utopías postmodernas. Y esto era, quizá, lo más perturbador: que estas mujeres no se parecían más que a ellas mismas.

Junto a la forma deliberadamente fantasiosa y caricaturesca de las más recientes noticias sobre lo que en el extranjero se conoce como el “escándalo político mexicano” y que en México constituye simplemente el melodrama televisado de mayor rating, el realismo de estas fotografías que hacía ver un cuerpo desnudo de mujer donde sólo había eso resultaba atrozmente anacrónico y por ello amenazante. Nada en esos cuerpos era compatible con el tono de los titulares que presentan la realidad más cruda como jolgorio, e invitan, mediante su carna-valización, a vivir la experiencia de lo real como un estupefaciente. Los cuerpos de esas mujeres censuradas eran amenazantes porque hablaban al lector de un mundo donde el cuerpo era sólo un cuerpo y la noticia de un crimen político se leía como eso, sin el tamiz de la cirugía, las liposucciones, los ejercicios, pastillas, tatuajes y anabólicos de la expresión; es decir, un mundo donde el acontecimiento social era un hecho real antes que un hecho narrativo.

Es cierto que presentar las noticias de los crímenes más terribles como un acto celebratorio -y escandalizarse en cambio con la imagen de lo que parece real, a secas- puede verse como una argucia para ganar lectores. Pero para el periodista de hoy, “narrar” los asesinatos políticos del país a la manera del panfleto gótico o el thriller de tercera es también una forma de escapar del ridículo. Nuestra noción actual de “vergüenza ajena” parece concretarse en cualquier tipo de narración que se erija como una defensa crédula de la virtud, sin importar cuál sea esa virtud ni qué bandera la envuelva. Desde las campañas electorales hasta los catecismos de autoayuda y superación que promulgan la religión de la excelencia, una narración que se sitúe como vocera de la verdad está condenada a provocar la sonrisa displicente a que llevan los manuales de buena conducta. Denunciar es hacer proselitismo; deprimirse con lo que ocurre es atentar contra el evangelio del optimismo según Dale Carnegie, Og Mandino y Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Nadie que exprese una opinión que suene a declaración de principios está exento de culpa. En un mundo donde la verdad depende de la habilidad articulatoria de quien la expresa, y en el que se legitima y excluye simultáneamente cualquier dogma, ¿quién se atrevería a arrojar la primera piedra? Y quizá más importante: ¿en defensa de qué?

Bueno, de algo debe ser. Algo debe poderse defender. Los críticos de la postmodernidad dirán misa y escribirán discursos sobre la necesaria amoralidad del arte contemporáneo pero El Periodista, que aún confía en el bateo eficaz de su público lector, se empeña, pese a todo, en el lanzamiento de algunas piedras. Después de todo, piensa, la obligación del periodista es informar sobre lo que ocurre, informar objetiva, oportuna y verazmente. ¿Pero quién puede decir qué es lo que ocurre y cuál es la forma idónea para expresarlo? ¿Cómo saber lo que acontece hoy, pongamos por caso, en materia de crímenes políticos en México? Y, sobre todo, ¿quién puede decir por qué el lector de diarios tiene hoy la certeza de que si en algún lugar pudiera encontrarse eso que ocurre, ese lugar no podría ya ser nunca la noticia periodística?

He aquí un caso curioso a modo de ilustración. Hasta hace poco la televisión mexicana transmitió una telenovela titulada Nada personal. La telenovela arrancó con una idea afortunada en términos de rating: basar su guión en los acontecimientos políticos recientes en México. Los primeros capítulos se centraron en uno de los asesinatos que más conmovieron al país: el de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia de la República. Este solo hecho bastó para que un número considerable de espectadores se interesara en el seguimiento de la historia. Tras los primeros capítulos, el número de televidentes aumentó asombrosamente y pronto la telenovela comenzó a ser vista no sólo por amas de casa sino por economistas, abogados, estudiantes de ciencias sociales, amigos escritores. A medida que se acercaba el momento de destapar al presunto responsable del “magnicidio” crecía el interés del público. La gente tenía la convicción de que en la telenovela iba a obtener la respuesta de lo que no podía encontrar en los periódicos. Por ingenua que parezca ahora, la explicación que entonces se daban los espectadores era la siguiente: el gobierno puede tomar venganza de lo que escriba un individuo, con nombre y apellido, en un periódico. Pero una telenovela es ficción, cualquiera puede inventar la historia de un crimen…, o hacer como que la inventa. A nadie se le puede acusar de poner en la pantalla a una actriz, que funge de periodista pero que en realidad es sólo una actriz, de encontrar a los responsables de un crimen político. Y en última instancia, ¿a quién se puede acusar de hacer ficción sobre un hecho en el que, como su título indica, no hay “nada personal” oculto contra nadie?

Desde luego, la telenovela no descubrió nada que no supiera la opinión pública. Como era previsible, en cierto momento de la trama, la historia súbitamente cambió de giro. Pero el simple hecho de que se hubiera podido llegar a pensar que una telenovela daría fe del acontecer político de modo más fidedigno que las noticias de los diarios es ya un asunto para tomarse en cuenta. El que una noticia tuviera que pasar primero en la televisión para ser leída como un hecho real nos remite a la pregunta antes citada: ¿por qué sabemos que si en algún lugar puede encontrarse el reflejo de lo que ocurre ese lugar no puede ser ya el periodismo?

La respuesta se vincula de un modo oscuro a aquellas fotografías de mujeres desnudas. No a lo que mostraban, sino a la impudicia de su falta de afeites. A esa otra forma de desnudez.

Una vieja táctica de guerra sugiere que exhibir es la mejor manera de ocultar. Poner señales falsas, sembrar de signos equívocos aquí y allá. El periodismo es un campo minado con información de todo tipo. Y si de algo no puede acusársele hoy es de discolería o escamoteo. Al contrario de lo que ocurría hace cuarenta años en México ahora todo el mundo opina y cree, a su modo, saber qué es lo que ocurre y por qué eso que ocurre no se dice en los diarios. No se dice en los noticieros, no se dice en los programas de opinión, no se dice en las revistas políticas. O más exactamente, se dice a través de todos estos medios, pero la forma que reviste esta información no es distinta de la que se emplea en los pasquines, los programas cómicos, los chistes, la caricatura política, donde se recoge y fabula la murmuración. Todos ellos abrevan de una fuente común, la parodia, y en ellos la intención de sustituir al individuo real por su caricatura es explícita. La del periodismo, sin embargo, es una parodia vacía. Si el individuo real es su imagen caricaturizada, ¿qué es lo que se parodia? ¿Dónde quedó el original?

Desde el asesinato de Colosio, lo que se muestra como el puro y llano acontecer nacional en México es más digno de una novela fantástica que de un editorial periodístico. Lo que sucede en el país tal y como aparece en los diarios es materia de la imaginación y el sueño colectivos. Es, de algún modo, la novela que cada uno guardaba celosamente en los cajones de su conciencia y que ahora escribimos los mexicanos en conjunto. Un melodrama infrarrealista que mezcla la truculencia del thriller y los relatos de aparecidos con el folklore; el único bestseller nacional llevado a la pantalla grande y chica simultáneamente y escrito bajo la más pura ortodoxia de un realismo mágico trasnochado. Una novela compuesta de lo que alguien oyó que aquel hizo, otro compuso, uno más interpretó a su modo y el de más allá dijo que dijo el otro. Un texto a la altura de nuestro gusto literario y nuestra escasez de grandes relatos.

Pero el periodista no se conforma con escribir una novela. Quiere contar lo que ocurre, quiere hallar en la oscuridad un poco de luz. Cada uno tiene derecho a soñar sus sueños particulares, cada uno escribe en busca de su propio objeto perdido. El sueño del escritor tiene que ver con la construcción de aquel globo en miniatura que Walter Benjamin llamaba “mundo portátil”, y su intención, seguramente, es construirlo para luego refugiarse en él. El periodista, en cambio, quiere restaurar el mundo en todos y cada uno de sus acontecimientos. El mundo para él no es lo que está, sino lo que ocurre. Quiere saber quién hizo y por qué. Y cree, como el historiador, en el oro de la verdad de los hechos y se lanza en busca del último filón, iluminado apenas con el brillo dudoso de la fe en su oficio y el reciclaje de las formas. “Debe haber algún modo de saber lo que ocurre”, piensa como periodista, y “debe haber algún modo de poder decirlo”, piensa luego como escritor. Elige entonces una forma cualquiera, la forma de la novela policiaca pongamos por caso, porque esa le parece la más adecuada para narrar el presunto crimen de un exdiputado priísta a manos del hermano del expresidente de la República mexicana.

Prende la computadora, si sus ingresos le dan para tener una, y si no mete el papel en la máquina decidido a escribir el primer capítulo de su historia que titula “Las bellas atroces”, y se arranca. Descubre que en ese episodio no tiene problema, se trata sólo de hablar de la imposibilidad de hacer periodismo sin hacer literatura, de poner los cimientos sobre el terreno. La verdadera imposibilidad vendrá después. Respira hondo, suspira. Se concentra en el terrible asesinato de Manuel Muñoz Rocha, un asesinato que no es ni el primer crimen político en México ni el único, un hecho fehaciente que nadie puede negar: ahí está el muerto, ahí la viuda, toma otra vez aire, ahí los deudos y ahí la opinión pública. Lo que no aparece es el asesino. Toma otra vez aire y oprime, decidido, las teclas. Entonces escribe:

Episodio número dos:

“Crónica de una muerte donde el único que sale ileso es el difunto”

En septiembre de 1996 el fiscal especial Pablo Chapa Bezanilla recibió una llamada. Del otro lado de la línea se encontraba la vidente Francisca Zetina, mejor conocida como La Paca. Con la voz fantasmal y veleidosa que caracteriza a quienes tienen experiencia en comunicaciones con el más allá, La Paca informó al fiscal que en la finca El Encanto se encontraba enterrada una osamenta. “Veo un cráneo en el corral, debajo del zacate”, dijo. Y enseguida añadió: “Es el cráneo que todo México anda buscando”. “¿Un cráneo? ¿Pero cómo?”, preguntó el fiscal, atónito, y no atinó a decir más. Una frase espectral, atribuida al expresidente José López Portillo, desplegó su curva en la mente del fiscal: “Claro que soy supersticioso”.

Después de un silencio que pareció eterno -el silencio típico de quienes están en trance y por eso no saben valorar el tiempo de un funcionario-, La Paca continuó: “El muerto es el exdiputado Manuel Muñoz Rocha y fue asesinado por Raúl Salinas de Gortari, hermano del expresidente”. “¿El que está preso en Almoloya?”. “El mismo”. “¿Está usted segura?”, preguntó Chapa.

El fiscal tenía sus razones para actuar con cautela. Por primera vez en México se había designado un fiscal de un partido que no era el PRI para resolver el caso de los asesinatos de exfuncionarios del gobierno. Chapa Bezanilla era la esperanza de que por fin se impartiera la justicia en México. “¿Está usted segura?”, insistió. “Esa pregunta me ofende”, respondió con sequedad La Paca. “Mi deber es informarle que veo una osamenta, que el muerto es Muñoz Rocha, y que murió a manos de Raúl Salinas, de muerte natural”. “¿Cómo de muerte natural?”, brincó, sorprendido, Chapa. La Paca hizo acopio de paciencia: “Con todo respeto. No hay nadie que resista un golpe con un bat de beisbol en la cabeza. Con un golpe así es natural que uno se muera”.

Como a esas alturas ya la Paca comenzaba a preguntarse cómo era que habían contratado de fiscal a un individuo de tan pocas entendederas, se sintió forzada a aclarar de una vez: “El cuerpo fue enterrado por el teniente coronel Antonio Chávez Ramírez y por un médico de acento extranjero”. “Qué tipo de acento”, preguntó el fiscal, tomando nota. Pero La Paca no respondió.

A los pocos días, la vidente hizo llegar al fiscal un mapa con la ubicación exacta del cráneo. El mapa fue dibujado por Ramiro Aguilar Lucero, quien luego de entregarlo a la vidente desapareció sin dejar rastro.

El 9 de octubre de 1996, luego de dos días de excavaciones en la finca El Encanto, propiedad del hermano del expresidente, fue hallada una osamenta. Fuentes no oficiales afirman que tras el hallazgo el fiscal comentó al procurador, con gesto de satisfacción: “Lo que el PRI le quita al país con una mano, se lo devuelve el PAN con la otra”. Ese mismo día por la tarde el procurador Lozano Gracia ofreció una conferencia de prensa, y tras hacer un reconocimiento a la labor del fiscal en la búsqueda de cadáveres anunció que en dos semanas estaría en posibilidad de informar si la famosa osamenta era o no era la del exdiputado Muñoz Rocha. Ese día todos los periódicos publicaron la fotografía de un agente judicial que sostenía en la mano una charola con un cráneo y, como una Salomé indiferente, lo mostraba a la cámara. Era el cráneo del muerto recién hallado.

Transcurridas las dos semanas de plazo, el procurador pidió otras dos y otras dos más que sumaban cuatro, y luego de éstas fue destituido. El mismo día de su destitución, el 2 de diciembre de 1996, el país amaneció con la noticia de que el cráneo no era el de Muñoz Rocha. La estatura comprobada de la osamenta no correspondía a la de ese muerto, dijeron los peritos, además de que los mechones del cabello resultaron negros y no casi completamente canos, como los que tenía el exdiputado. “¿Pero cuáles mechones?”, preguntó el ciudadano común, empecinado en lo insondable, “¡si se trataba de un cráneo!”. Y su grito fue la voz que clama en el desierto.

Si un acto público de cualquier índole quiere tener carta cabal de sobrevivencia deberá adoptar la forma de escándalo priísta difundido por los medios. El acontecer político mexicano ha comprendido esta premisa y por ello ha decidido convertirse en prima donna de un espectáculo que no termina en la prensa escrita, la radio y la televisión. El sábado 1 de febrero de 1997 todos los bipers (skytels) de todos los ciudadanos con este sistema de telefonía recibieron a la misma hora el mismo mensaje. Cada uno por su cuenta encendió su biper temiendo quizá una llamada imprevista de su jefe, de su mujer o de algún pariente anunciando una catástrofe. Pero en cambio, el mensaje generalizado a la nación fue éste: “Urgente. La osamenta no es de Muñoz Rocha, sino del consuegro de La Paca”.

El periodista apaga, decepcionado, la computadora. Se da cuenta de que la realidad es una pésima novela policiaca. Y que sus fuentes, por desgracia, no son ni Agatha Christie ni Raymond Chandler. La realidad nacional se parece más bien a la peor -que ya es pleonasmo- película de Juan Orol. El periodista sospecha, en su fuero interno, que no habrá lector que resista su relato, porque a diferencia de la menos afortunada novela del género negro donde todo amarra y el más nimio elemento está puesto con pulcritud, su historia es un cuerpo informe sin pies ni cabeza. Como parte de la realidad es un texto incompleto; está lleno de incoherencias y cabos sueltos. Pero como texto literario resulta aún más deficiente. Aquí no hay personajes bien trazados, ni clímax, ni desenlace. El cuento del acontecer político mexicano se extiende sin posibilidad de un final y los hechos narrados no conducen a parte alguna.

Vamos a ver, piensa el periodista que ahora intenta salvarse mediante las argucias del escritor: aquí hay un muerto, de acuerdo, pero según los últimos informes este muerto pertenece a otra historia; segundo, hay un presunto culpable, y está preso, pero se trata de un asesino que adopta a veces el papel de víctima y por lo mismo no están claras sus motivaciones; tercero, no se explica qué hace una vidente en un cuerpo judicial ni por qué lanza maldiciones a todo el mundo, incluidos los lectores potenciales de este relato -aquí cabe aclarar que La Paca, entrevistada en un noticiero de Televisión Azteca, se negó a responder preguntas y en cambio lanzó una maldición al periodista Sergio Vike. Al día siguiente, en el mismo noticiero, el periodista confesó que en las últimas horas “le había ido muy mal” y acto seguido se hizo una limpia en el programa. La ciudadanía fue testigo tanto de la maldición como de la limpia-. Cuarto, no se sabe por qué, en el momento climático de su actuación, el fiscal decide usurpar el papel de la curandera y por qué, luego de aparecer los resultados de la investigación sobre el cráneo, decide darse a la fuga. Y como a estas alturas todo el mundo ha olvidado que está frente a una noticia periodística y no frente a una novela, ya nadie piensa en que lo importante es saber si Raúl Salinas mató a Muñoz Rocha y por qué. En cambio, centramos nuestro odio en el autor de estas noticias (el periodista que funge como detective) porque a diferencia de Sherlock Holmes, quien al final del relato nos hace sentir la paz de un orden que se restaura, el autor de este melodrama mexicano nos hace pensar que o es un periodista que nos está viendo la cara, o es un escritor que no sabe escribir.

Episodio número tres (y último):

“No todo lo que relumbra es periodismo”

Según el catecismo de Tom Wolfe, escribir “la novela” era para el periodista norteamericano de los años setenta -y para nuestros periodistas una década después- más que un sueño, una fiebre cerebral. Todo periodista que se respetara esperaba con ansias el momento de renunciar al periodismo, huir del mundanal ruido y ocultarse en una cabaña perdida a escribir la gran novela. Los casos más sonados del “nuevo periodismo” se lanzaron a la aventura con cierto éxito. Pero si Truman Capote, Norman Mailer o Jorge Ibargüengoitia no tuvieron que romperse la cabeza buscando un tema que diera cuenta de su sociedad y su momento histórico y, sobre todo, no tuvieron empacho en dar a esas historias una forma novelesca, hoy se sentirían imposibilitados de novelar una realidad cuyo formato es, ya de suyo, una novela. Escribirían con temor de exagerar cualquier rasgo; novelarían a riesgo de faltar a las más elementales normas de verosimilitud. Se apegarían a la forma más literal de presentación de los hechos. Y aún así, se sentirían plagiarios.

Hace una o dos décadas los temas parecían llegar al escritor sin tener que buscarlos mucho. Estaban en cualquier titular de cualquier periódico. Pero los tiempos cambian. Mientras que hoy día el escritor confiesa, como Carlos Fuentes lo hizo recientemente, sentirse inhibido y falto de historias ante el apabullante talento de la realidad para inventarlas, el periodista se ve obligado a presentar la realidad como si fuera una ficción. Porque el mero intento de referir la noticia de lo que ocurre en materia política en México sin el subterfugio de una prosa acorde a su carácter fársico y, sobre todo, de una narrativa que denuncie sin denunciar y que diga sin decir esta boca es mía resultaría, más que una insensatez, simple falta de experiencia.

De ahí que la intención (no voluntaria) del periodista que consigna la realidad política en México sea presentarla como un juego de inferencias cuyo objetivo final es el jamás despejar las incógnitas. En esta mecánica no se espera que la lectura progresiva de las noticias diarias dé respuesta al acontecer político del país. Porque si como ciudadano se abriga alguna esperanza de que el periodismo dé fe de lo que ocurre y lo cuestione, como lector de estas noticias nadie espera realmente que esto ocurra. En cambio, la lectura de los acontecimientos más recientes en torno al presunto crimen de un exdiputado a manos del hermano del expresidente mexicano contribuye a satisfacer las expectativas de una lectura en la que lo natural es que nada lo sea.

A diferencia de una forma periodística que en los años setenta se ofrecía como un viaje de la verdad, donde lo literario era un recurso para involucrar al lector y situarlo en medio de la escena, el periodismo novelesco de hoy se ofrece como la huida de la realidad nacional que cada uno lleva dentro. Gracias a la influencia del cine y la literatura en el periodismo, hoy lo político se confunde con lo policiaco, lo fantástico es condición para legitimar lo real y la violencia se presenta como espectáculo. Y el periodista, cuya musa inspiradora no es ya la realidad sino la literatura, no escapa, no puede escapar ya a esta forma de interpretación de lo real que implica su fabulación. Sólo como fábula de lo grotesco la realidad parece tener algún interés. Y el riesgo de no apegarse a esta forma de presentar los hechos es que el lector, incrédulo, cierre el diario y encienda el televisor.

Igual que en las recientes películas de Tarantino o de Cronenberg, la forma que tiene hoy el periodista de presentar las noticias hace que los hechos consignados carezcan de un sentido moral. Puede ser que, personalmente, el periodista esté a favor de esta o aquella postura moral y vaya en busca de su verdad, aunque no le quede claro cómo dar con ella. Pero en sus notas, la narrativa jerarquiza los acontecimientos de tal modo que lo terrible se confunde con lo trivial y la explicación accesoria sustituye en espacio y en importancia el significado profundo de los hechos que se narran. Muy probablemente, en lo único en lo que los periodistas mexicanos podrían estar de acuerdo sobre el caso Muñoz Rocha es en que hay una serie de elementos comunes (una osamenta, un fiscal, una vidente, el mapa de una finca) pero no en el significado trascendente de los hechos que estos elementos componen.

En Pulp Fiction, de Quentin Tarantino, un asesinato es un imponderable, el resultado de un accidente producto del azar. Tres hombres van en un autómovil, a uno se le dispara por descuido la pistola con la que va jugando y mata a un hombre. La escena dura apenas un minuto, nadie da demasiada importancia al hecho y en vez de la alusión al asesinato el problema de cómo limpiar el coche salpicado de sangre -el problema de qué limpiador y qué método emplear para una limpieza eficaz- ocupa el plano central y domina las siguientes escenas. En esta película, la inversión en la jerarquía tradicional de los valores es la norma. El crimen, la violación y en general cualquier acto que lleve a la violencia son hechos sin importancia. En cambio, las discusiones revestidas de un carácter filosófico, como aquélla sobre el nombre que recibe la hamburguesa “Quarter Pounder” en Francia (hamburguesa “Royale”) merecen una larga disquisición que ocupa varios minutos de la película. Del mismo modo, en el crimen de Muñoz Rocha dado a conocer por las noticias periodísticas, lo menos importante es el asesinato mismo. Los personajes que participan en el drama nacional, más propios del cómic que de la tragedia clásica, y las curiosas circunstancias que los rodean, ocupan el primer plano de una narrativa que, presentada así, se resiste a una interpretación. Con todo, esta forma de cobertura periodística de un crimen no es privativa de México. En realidad, no fue muy distinta a la que se empleó en el caso O. J. Simpson, en Estados Unidos. Sin duda la presentación de este relato por los medios pudo ser, y acaso fue, la envidia de cineastas como David Lynch.

Por lo visto, más que en el periodismo, hoy es en la ficción donde han de encontrarse las claves de lo que ocurre en el mundo. Es ella, con sus finales sorpresivos y sus normas regidas por la imaginación, quien ha de explicarnos qué papel tomar y cómo actuar en el Gran Teatro del Mundo. Confiado en lo que aún constituye su misión, el periodismo se limita a informar “veraz y oportunamente” lo que sucede en el mundo sin que el lector pueda distinguir la realidad del sueño. Pero ¿qué otra cosa puede hacer el pobre periodista si, como dice Carlos Monsiváis, justo ahí, frente a sus ojos, “los cadáveres se desentierran solos para evitar las conspiraciones?”.