Luis Miguel Aguilar. Escritor. Su último libro es Nadie puede escribir un libro (Cal y arena, 1997).

No bien acababa yo de espetar en libro mis diferencias con la persona que se hace llamar Luis Miguel (v. “Luis Miguel y yo”, del libro Nadie puede escribir un libro, Cal y arena, 1997), cuando ya nuevos episodios vinieron a nutrir la guerra de los luismigueles.

En aquel texto yo hacía una breve alusión a la cantidad de cosas ocurridas, con daño a mi persona, por el hecho de que Luis Miguel lleve años usufructuando mi nombre. En ese texto me refería al modo en que he sido agredido -minusvaluado, remitido a la contrición- desde mostradores de oficinas públicas hasta las ventanillas de los bancos, incluyendo el penosísimo incidente en un DC10 donde un piloto más lleno de ilusiones que un bolero me llamó a la cabina pensando que era yo Luis Miguel, y cuando Luis Miguel se apareció, fui yo poco menos que insultado por ser, nada más, Luis Miguel. Aquella vez sufrí el escarnio de todos los pasajeros del avión. Pensé que con aquel texto daría por bien asuntados, cómo llamarles, mis derechos de autor en materia de Luis Miguel. No ha sido así; mi vida sigue siendo una fuga en la que todo lo pierdo, y todo es, no del olvido, sino del otro.

Todo recomenzó aquel día en que un periódico de circulación nacional, en su sección de sociales, puso el siguiente encabezado o lo que fuera: “Recibe incruento Nexos hermano Luis Miguel”. De inmediato Luis Miguel envió una carta a ese periódico, sorprendido ante la noticia de que dirigiría una revista a la que ni siquiera estaba suscrito, aunque prometía dar su mejor esfuerzo para que las cosas salieran bien. La respuesta del periódico de circulación nacional fue inmediata. Llamaron a mi oficina para preguntar.

-¿Quién habla?

-Luis Miguel -respondí.

-O sea, ¿Luis Miguel o Luis Miguel?

-Luis Miguel. O ¿con quién quiere hablar usted?

-Con Camín.

-¿Concamin y Concanaco? Entonces quiere usted dos entrevistas con dos sujetos muy distintos.

-¿Quién es usted?

-Pues Luis Miguel.

-¿Cuál Luis Miguel?

-Pues no sé. El que ustedes decidan. En vuestro periódico aparece un Luis Miguel que ni siquiera alcanza a ser Aguilar.

-¿Pero usted es Luis Miguel?

-Sí.

-¿Hermano de Camín?

-¿Y de Canaco?

-No, ya, en serio. ¿Quién es usted?

-Pues ya no sé. La cosa es pasar el rato.

Finalmente, llegó hasta Luis Miguel un entrevistador de aquel periódico de circulación nacional. Me hizo una serie de preguntas muy parecidas a los ataques personales. Al día siguiente, al publicarse la entrevista, quedó claro que en ese periódico mi nombre nunca podría ser Aguilar, de modo que el director de Nexos era, inevitablemente, Luis Miguel. Spinoza entendió entonces que Luis Miguel sólo quería perseverar en Luis Miguel, y que, si yo quería perseverar en algo, mejor me dedicara a piedra -porque tigre, ni hablar-, ya que, por lo menos en este universo, no habría sitio para que otro Luis Miguel perseverara.

Entonces vino un amigo en mi alivio. Puso en mis manos un artículo de la revista Tv y Novelas en el que yo de algún modo quedaba resarcido, y muy bien interpretado en relación al hecho, no de que el yo fuera un otro, sino de que hubiera tanto un otro que quisiera ser un yo. El artículo no era una ofensiva, sino una amable advertencia a “Luis Miguel” para que desistiera de sus eficaces empeños impostores antes de que yo mismo, y un representante que no sabía mío pero cuya pericia en mi defensa descubrí leyendo el artículo, pasáramos a cosas más, dijéramos, de lo contencioso. Decía el artículo, hoy un documento insoslayable que obra en mi poder:

“Con todo y las múltiples notas que han surgido en los últimos días en diversos medios de comunicación, en donde aseguran que Luis Miguel, a través de su representante legal, ha demandado por la jugosa cantidad de 300 mil pesos a un joven que se presenta en diversos escenarios como ‘El doble de Luis Miguel’, nosotros (Tv y Novelas ) les decimos que nada de eso es cierto, por lo menos así lo externó su representante, el señor Alex McClausky.

“El meollo del asunto es que un jovencito se ha dedicado a presentarse públicamente como ‘El doble de Luis Miguel’, lo cual, aparentemente no es ningún delito, siempre y cuando esta persona no utilizara el nombre de Luis Miguel como publicidad.

“Como han de saber, el nombre de Luis Miguel está registrado ante derechos de autor y ante todas las dependencias necesarias, por lo cual no puede utilizarlo otra persona sin autorización”.

Y añade mi ignorado, y agradecible representante el señor McClausky para Tv y novelas: “Es mentira todo eso que han dicho últimamente los periodistas. No existe ninguna demanda en contra de nadie, simplemente es un reclamo que sirve como llamada de atención hacia esta persona, por andar haciendo ese tipo de trabajo y aprovecharse del nombre de Luis Miguel. Lo que pasa es que la gente, al ver anunciado por diversos lados el nombre de Luis Miguel, pues se llega a confundir y cree que es el verdadero Luis Miguel y no un doble que se está valiendo de eso”.

Muy bien por McClausky. En sus palabras, no había tal demanda sino que se trataba únicamente de “una invitación al jovencito para que dejara de hacer eso”. Pensé que era suficiente. Pero el jovencito, como dije, quiere perseverar en Luis Miguel. Y, ahora sí, ya me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar.

Sobre el último incidente al respecto fui informado por el mismo diario de circulación nacional al que me referí líneas arriba. Como se entenderá, cada vez que en ese diario se menciona el nombre de Luis Miguel me siento rudamente concernido. Así que me fue imposible no reparar en el modo en que me “encabeceaban” de nuevo en ese diario: “Enamora Luis Miguel Por debajo de la mesa”. Me extrañó que no pusieran “hermano Luis Miguel”, a la usanza del diario en cuanto a Luis Miguel, pero me dispuse a leer todo aquello que me concernía. Y todo aquello me concernía tanto que me pregunté cómo había sido posible que aquel diario hubiera encontrado uno de los boleros ignotos que durante algún tiempo me dio por escribir y dar a luz en publicaciones del ramo, empezando por esta su revista Nexos. Ya no me extrañó tanto que le hubieran puesto “Por debajo de la mesa” a un bolero que yo había titulado “Bajo la mesa”. Hasta que descubrí que todo aquello tenía que ver, de nuevo, con el jovencito que sigue llevando mi nombre, pese a las advertencias de McClausky, y que ahora estaba “de vuelta al bolero y estrenando Romances”.

Pensé que el jovencito Luis Miguel se había apropiado de algo más que mi nombre: un bolero que, como dije, yo escribí como parte de una serie titulada “Boleros de verdad”, porque en verdad lo eran; no porque dijeran “la verdad” -la mejor poesía es la más fingida- sino porque no eran, digamos, “boleros de poeta” -cuando un poeta pone “Bolero” en el título y luego no es verdad que era bolero-; digo que eran boleros de verdad, atenidos a todas las convenciones, grandezas y vergüenzas del bolero, o como diría Eliot: con todo el horror, el hastío y la gloria con que se hacen algunas cosas en verso. Varios de estos “Boleros de verdad” se publicaron en Nexos 199 (Julio de 1994); y el bolero específico, titulado efectivamente “Bajo la mesa”, se publicó hace más de dos años, en la primavera de 1995, en un quarterly que editaban José Joaquín Blanco y Manuel Fernández Perera, llamado La iguana del ojete. Decía mi bolero “Bajo la mesa”:

Nuestros pies pueden hacer, bajo la mesa

Lo que no pueden los ojos y las almas;

Pueden jugar, mi amor, y ser sinceros,

Insinuarnos un sol y un cielo entero

-Lo dijo José Alfredo-

Aunque este jugueteo

Nos robe más la calma.

He aprendido el amor

Bajo la mesa;

He aprendido que es grande

La sorpresa.

Sorpresa de saber

Que un claro acontecer

Hace camino;

Y no puedo evitar

Este juego jugar,

Pues todo lo pedestre

Es mi destino.

Me da miedo arriesgar

Al extender el pie

Toda mi alma.

Me da miedo pensar

Que tú retirarás

Al fin, todo tu pie: toda tu calma.

Pero vuelvo a encontrarte

Al fin bajo la mesa;

No has retirado el pie,

La sociedad no ve

Todo lo que hoy empieza.

Una pequeña eternidad

Se ha decidido ya

En una sola pieza,

Que nuestras almas bailarán

Junto a un secreto sol

Bajo la mesa.

De ahí que yo diera por hecho que el periódico de circulación nacional, fechado el 15 de julio de 1997, más de dos años después de aquella publicación de mis boleros, al mencionar a Luis Miguel y sic “Por debajo de la mesa”, había retomado aquel pequeño producto de mi cosecha, aunque fuera para publicitarlo años después. Yo no me acordaba, bien a bien, de aquella letra de mi bolero, pero sí era lo suficientemente el autor como para darme cuenta de que no sólo habían “siqueado” (sic) mi título sino que el bolero de marras no decía, aunque al principio como que decía, lo que decía el mío. Y decía:

Por debajo de la mesa acaricio tu rodilla

y bebo sorbo a sorbo tu mirada angelical

y respiro de tu boca esa flor de maravilla

las alondras del deseo

cantan, vuelan, vienen, van.

Y me muero por llevarte

al rincón de mi guarida

en donde escondo un beso

con matiz de una ilusión

se nos va acabando el trago

sin saber qué es lo que hago

si contengo mis instintos

o jamás te dejo ir.

Y es que no sabes lo que me haces sentir

si tú pudieras un minuto estar en mí

tal vez te fundirías

a esta hoguera de mi sangre

y vivirías aquí y yo abrazado a ti.

Y es que no sabes lo que me haces tú sentir

que no hay momento que no pueda estar sin ti

me absorbes el espacio

y despacio me haces tuyo

muere el orgullo en mí

y es que no puedo estar sin ti.

Y entonces mi sorpresa, pese a la rima, no fue lo que se dio, lo que se daba, bajo la mesa, sino que al calce de este texto aparecía: Letra y música de Armando Manzanero. “¿Tú también, Manzanero?”, le dije o me dije. Y me dije: “¿Hasta aquí ha llegado lo que me ha hecho el jovencito? ¿Ya no sólo “Luis Miguel”, sino “Bajo la mesa”, y en contubernio con el Gran Manzanas?”. Ahora bien, seguí diciéndome de la manera más resignada, hagan lo que quieran, llévenselo todo, ahora tendré que idear otras cosas; pero ¿por qué vuestro bolero se olvida de que el asunto se trataba “Bajo la mesa” en vez de irse a una letra que podría ocurrir en cualquier otro bolero? Mejor: ¿dónde quedó la mesa, y lo de abajo, después de la primera estrofa? ¿Qué fue del sentido narrativo, y del refrain? ¿Qué se fizo Don Alvaro Carrillo? ¿Ya hasta en los boleros Sancho Panza pierde al jumento?

Estuve también a punto de preguntarme públicamente: ¿Cuál de los tres -Luis Miguel y Manzanero y Luis Miguel- escribe este poema, de un yo plural y de una sola sombra? Pero quizá no me lo pregunté para que el referido diario de circulación nacional no “me (nos)” encabeceara con algo que dijera: “Escribe Manzanero bajo mesa hermano Luis Miguel”.