¿El día de la democracia? 

Los hombres tendemos a poner fechas a los sucesos a los que les asignamos poder transformador. El 6 de julio bien puede ser uno de ellos porque aunque es claro que el tránsito a la democracia ha sido producto de un largo proceso y no de un evento en particular, quizás al paso del tiempo acabemos conmemorándolo como el día de la democracia. 

Partidos, gobierno y ciudadanos han trabajado ardua y responsablemente para que el 6 de julio tengamos unas elecciones limpias y equitativas, para que por fin cumplamos el requisito de que el resultado de ellas sea incierto. Pero después del 6 de julio ¿qué? 

Elecciones limpias y equitativas son, sin duda, requisitos indispensables para poder conmemorar el 6 de julio, pero la construcción democrática no termina ahí. Nuestro sistema deberá pasar una serie de pruebas postelectorales antes de que podamos decir, sin cortapisas, que la democracia ha quedado enraizada. Dos de ellas son particularmente relevantes para un sistema que prácticamente se estrena en su nueva fisonomía. La primera es que los resultados no sean cuestionados por aquellos grupos o individuos que no fueron favorecidos por el voto. Es necesario que los perdedores sepan que lo son sólo momentáneamente y que en el futuro pueden ganar, pero que por lo pronto deben respetar el derecho de los ganadores a gobernar de acuerdo al mandato y con la responsabilidad que les otorgó el triunfo. La segunda es que, en el escenario de poder compartido que seguramente veremos, rija el debate, la cooperación y la construcción de consensos que allanen el camino a la gobernabilidad y permitan construir un andamiaje institucional con menos deficiencias y más acorde con los tiempos de pluralidad que vivimos. 

La posibilidad de que los mexicanos conmemoremos el 6 de julio como el día de la democracia estará dada por lo que ocurra después. Sin menospreciar los enormes logros ya obtenidos, el gran reto de la construcción democrática comienza de nuevo y en condiciones inéditas al día siguiente.