Jean-François Prud’homme. Investigador del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México. 

Hay muchos tipos de promesas. Hay las que buscan el perdón y las que compran futuro, las que permiten salir airado de un mal paso y las que crean eternos vínculos de lealtad, las que nadie cree y las que sirven de fundamento a las más extraordinarias empresas humanas. Todas tienen en común el pedir la confianza de los demás para algo que está por verse. Por regla general, funcionan porque ponen en juego la integridad moral del que las profiere. 

Hay también promesas electorales. En la concepción popular, estas últimas suelen tener un grado de confiabilidad apenas superior al de las promesas de borracho. No debería de ser así. El mero hecho de que los candidatos en campaña tengan que prometer algo a sus electores habla bien del estado de salud de la competencia electoral. La abundancia de promesas electorales significa que los políticos están obligados a seducir y a complacer al electorado para obtener su preferencia. Su escasez es propia de situaciones no competitivas donde desaparece la necesidad de seducción. 

Además, la promesa electoral juega con la dimensión de esperanza que hay en la política. Establece una conexión entre el presente y el futuro. Transforma la acción política en instrumento de consecución de fragmentos de felicidad. Sin embargo, su poder mágico no es infinito. La promesa tiene que ser plausible porque hacerla pública obliga al político ante sus electores. Constituye una barra de medición para evaluar la acción posterior de los gobernantes. Está estrechamente vinculada a la noción de responsabilidad gubernamental.

Por ello, la intensidad de las promesas electorales está frecuentemente vinculada a las posibilidades de formar un gobierno. Un candidato con pocas posibilidades de acceder al poder tiene un amplio margen de maniobra en la formulación de promesas. Su único límite es su credibilidad personal. Nadie le va a pedir cuenta en el futuro. En su caso, prometer no cuesta. Por el contrario, un candidato con alta probabilidad de ser electo tiene que moverse en el mundo de lo posible. En el caso de que se dé un tránsito de la primera a la segunda situación, el sabio debe aprender a practicar la restricción. 

Sin bien el periodo inicial de las campañas electorales que se desarrollan en el país fue marcado por la casi ausencia de debate programático y de oferta concreta a los electores, en toda justicia para los candidatos y partidos hay que reconocer un cambio importante en esta materia. A los ataques personales y usos estériles de la mercadotecnia electoral sucedieron la presentación de programas de gobierno, las tomas de posición sobre asuntos pertinentes de la vida pública y, por supuesto, las promesas electorales. 

Además, la prensa empieza a mostrar capacidad de discernimiento dando más espacio a la sustancia que a la nota de color en su cobertura de las campañas. Así, quizás podremos contener lo que, en Estados Unidos, denuncia Kathleen Hall Jamieson en su interesante libro, Dirty Politics: Deception, Distraction and Democracy: la curiosa coincidencia entre medios, aparatos publicitarios y estrategas electorales que acaba por vaciar de su sustancia el discurso político. 

Un breve recorrido por la cobertura de prensa de las campañas a jefe de gobierno del Distrito Federal durante una sola semana de junio muestra un despliegue pletórico de propuestas y promesas de los candidatos. Es sano. Veamos. 

En esa semana, uno de los candidatos propone frenar la invasión de bosques; modificar la ley de desarrollo rural para penalizar a fraccionadores ilegales; limitar el crecimiento de la mancha urbana; incrementar la vialidad de acceso interno y externo al anillo periférico; crear más espacios deportivos; reglamentar las marchas; ampliar la participación ciudadana; renegociar las aportaciones de la federación; dar más cargos públicos a jóvenes; generar 130,000 empleos, y promover un uso correcto de los recursos públicos. Por si fuera poco, en cada lugar visitado -la avanzada hizo bien su trabajo-, el candidato promete aquí un hospital, allí dos escuelas, en otro lugar un tanque de agua_

Durante la misma semana, otro candidato no se queda atrás en el mundo de las promesas. Promete mejorar el transporte público; ampliar las líneas del metro; instaurar el servicio civil de carrera en el Distrito Federal; consultar a la ciudadanía sobre el tema de los parquímetros; reglamentar el comercio ambulante; abrir espacios públicos a creadores culturales; limpiar de corrupción a los cuerpos policiacos; regenerar el centro histórico; promover el deporte popular; limitar la arbitrariedad en el cambio de uso del suelo; destinar 5% del presupuesto al sector salud; crear comités de seguridad con la ciudadanía; asegurar suficiente agua de calidad para todo el DF, y exigir a Pemex gasolina y diesel de igual calidad que los de Los Angeles. 

Finalmente, está otro que asegura que a diferencia de sus competidores “él no hace promesas electorales”. Sin embargo, se compromete solo a resolver el problema de la seguridad; a reglamentar la prostitución; a crear empleos; a reducir impuestos; a recuperar la vocación nacional e internacional de la ciudad, y a estimular la industria de punta, la investigación de alto nivel y los centros de salud especializados. Este candidato no promete pero presenta con gran despliegue tecnológico lo que sería su eventural programa de gobierno y lo publica en páginas enteras de periódico. 

Tantas promesas y propuestas de gobierno hablan bien del esfuerzo de los candidatos por conquistar el favor del electorado. Contribuyen a nutrir el debate político. Claro está que siempre existe la posibilidad de no cumplirlas. En este caso, siempre se puede justificar el incumplimiento por la falta de información, la herencia de la administración anterior, la mala voluntad de los actores sociales y de otras instituciones, el cambio de circunstancias o, más llanamente, el cinismo disfrazado de habilidad política. Por suerte, en las democracias las promesas rotas se pagan en las urnas.