Ya Fernando Savater se encargó de aclarar que la tragedia y la Historia pertenecen a mundos irreconciliables. Que un editorialista crea que un hecho histórico -la caída del muro de Berlín, la muerte de Fidel Velázquez, la hambruna en Etiopía- tiene a veces algún matiz trágico, nos haría suponer que tratamos con un pequeño tunante o con un cándido aprendiz del poder. La Historia no puede ser trágica porque no debe resolver ningún dilema. La Historia, ya lo sabemos, se pone en movimiento siguiendo principios ocultos y caprichosos. 

Lo trágico pertenece a la esfera de lo individual y a la de los actos libres. No dejamos de tomar decisiones, no dejamos de avanzar en una u otra dirección en virtud de nuestro interés o rechazo. Al revés que los hechos colectivos, los actos individuales suponen una carga pesada de responsabilidad. Hacia allá se dirige la pregunta del rey Pelasgos en Las suplicantes: “¿qué hago?, ¿actúo o no actúo?, ¿tiento o no tiento al destino?”. 

Basta con resolver ese dilema para adquirir cierta estatura trágica. No hace falta despeñarse, no hace falta sacarse los ojos ni avanzar hacia el espectador con un cráneo en la mano. Basta con elegir y actuar. El siete de julio la mayoría de nosotros habrá cumplido esta mínima tarea. Pero no por eso la ciudad de México despertará convertida en un nuevo animal democrático; tampoco sufrirá ninguna severa metamorfosis. En cambio, en cada uno de nosostros se operará una pequeña transformación. No sólo estaremos crudos de encuestas, campañas publicitarias y sobremesas sino que miraremos al espejo de las consecuencias de nuestros actos. …Y seremos responsables. No podremos rectificar, no podremos atrasar el reloj a las 7:59 del seis de julio. Y no seremos mejores ciudadanos. Nada más inauguraremos nuestra condición de seres políticamente trágicos. Habremos resuelto el dilema del rey Pelasgos y desayunaremos el omelette con queso de todos los días, cruzaremos el mismo parque y no dejaremos de arrodillarnos cada vez que lleguemos a los penalties.