“¡Estamos en Francia!”, dijo Amado Nervo cuando cumplió su sueño de estar en Francia por primera vez, para añadir: “Y lo primero que me sorprende es que no me sorprende nada”. Este anticlímax bien podría ser lo que nos ocurra a varios mexicanos después de las elecciones del 6 de julio: el cambio tan largamente añorado, la situación inédita por tanto tiempo apetecida, traerá la sorpresa de no sorprendernos nada. 

Ojalá que así sea. Las transiciones deben ser lo más grises posibles, a bajas temperaturas, y los partidos deben decolorarse por el bien de todos. Gris, porque gris es el color del electorado, que en estos casos es el color de la inteligencia: un electorado equilibrador, con voto intencionadísimo, sin aspavientos celestiales o solares o tripatrióticos, y que va a las urnas en “las finales” o en las votaciones que considera importantes, aunque luego lo increpen por abstencionista. (El mismo electorado, por cierto, al que en 1994 varios actores y analistas políticos tildaron de “estúpido”, “masoquista”, “irredento”, incluso “traidor y cobarde”.) Nadie como el electorado ha hecho tanto por ponernos en Francia y, una vez ahí, normalizar las cosas y dejar “las sorpresas” para los bisoños o para los demócratas a la Yeltsin, con todo y puño blandido. 

Esperar, entonces, un siete de julio en que nos sorprenda que nada nos sorprenda. Y que los actores políticos atiendan al mandato de equilibrio que los electores habrán dado en las urnas. Que hagan lo primero que deben hacer los políticos, en verdad sabida desde el peluquero de la esquina hasta el duque de Saint-Simon: bajarle de huevos al licuado, es decir, agitar contra los propios sentimientos, conspirar contra las propias emociones, y no llevarse entre las patas al electorado que los puso ahí.