de thrillers

Ignacio Herrera Cruz. Escritor.

¿Pulp Fiction o una de John le Carré? La obra del escritor británico Philip Kerr, autor de los mejores thrillers de la década, tiene mucho que ofrecer.

Hay reputaciones constituidas de la manera más variada. Tomemos el caso de Philip Kerr. Novelista. Británico. En 1993 la revista Granta lo consignó entre los 20 escritores jóvenes de su patria con un brillante porvenir en el planeta literatura. Ya se había creado el efecto, le correspondía el turno al escritor de comprobar con sus libros si había algo sólido para respaldar esas consideraciones. 

Por prejuicio se considera al thriller como un subgénero literario, algo indigno de alcanzar el rango de las bellas letras. Los escritores que optan por las novelas detectivescas son desdeñados, como si sus personajes fueran incapaces de tener hondura psicológica o el contenido de estas novelas no pudiera alcanzar significados profundos. 

Kerr, de quien una de las solapas de sus libros nos informa que nació en Edimburgo en 1956, se dio a conocer en 1989 con su primera novela March Violets (Las violetas de marzo). La apertura de una trilogía en la cual su irónico y desencantado antihéroe, Bernhard “Bernie” Gunther, se enfrenta a la podredumbre de la Alemania nazi. 

Gunther, un expolicía, se ajusta como carácter al modelo creado por Dashiell Hammett y perfeccionado por Raymond Chandler. Romántico, idealista, duro. Creyente en la justicia y renuente a la ley. 

Gunther nace a la vida literaria en 1936, cuando Berlín se prepara para ser anfitrión de los Juegos Olímpicos. Sufre una crisis personal cuando su secretaria Dagmarr (“Era bonita y buena para organizarme, y en mi propia extraña forma supongo que la amaba”) se casa con un joven piloto de Lufthansa en preparación para la guerra venidera. 

La misma noche de la boda es contratado por un industrial para que descubra tanto a los asesinos de su única hija, como a los ladrones de ciertas joyas. Bajo esa encomienda Gunther verá lo alto y lo bajo. Se enfrenta con Hermann Goering, quien le ofrece prestarle una copia de Cosecha roja. Conoce a Ilse Rudel (“Me miró a los ojos y luego al resto de mi cuerpo. Fue el tipo de mirada provocativa de la cual sólo pueden salir indemnes las putas y las fenome-nalmente ricas y hermosas estrellas de cine”), una diosa del cine germano. Visita los cabarets y describe el bajo mundo, sus transformaciones bajo el régimen nacionalsocialista y el exterminio sistemático de los judíos. La anécdota es un simple pretexto para situarnos en la descomposición moral de una cultura en la cual el albañal dicta las normas éticas.

Con esta primera entrega -a la que le seguirían El criminal pálido (The Pale Criminal) y Un réquiem alemán (A German Requiem)- Kerr despliega sus virtudes: una investigación de ambientes completa y obsesiva, un buen manejo del lenguaje y la comprensión de las motivaciones de los actores. 

Tras la trilogía alemana llegó Una investigación filosófica (A Philosophical Investi-gation, 1992). En ella, Kerr se proyecta al Londres del año 2013, en donde la inspectora Isadora “Jake” Jacowicz, una policía que detesta a los hombres, se encarga de resolver uno de los casos más raros: el de un asesino en serie que mata a asesinos en serie, activos o potenciales. Estos sujetos “NVM negativos” serían genéticamente agresivos. Para detectarlos Gran Bretaña implantó el proyecto Lombroso: a los NVM negativos se les incluye en un programa confidencial, donde se les otorga un pseudó-nimo para tratarlos. El pseudónimo es el nombre de un pensador o artista. Pero uno de ellos infiltra el sistema. 

Este asesino, de apodo “Wittgenstein”, se identifica plenamente con el gran filósofo del lenguaje. Así, la novela se arma tanto desde una descripción en tercera persona, como en las reflexiones de Wittgenstein: “Se asume generalmente que la muerte es la negación de la vida, pero ¿cómo puede ser eso posible? Cualquiera que sepa lo que es una negación, sabe que dos negaciones dan como resultado una afirmación… La vida no es la negación de la muerte, al igual que la muerte no es la afirmación de la vida. Y, sin embargo, sólo la muerte puede confirmar que ha habido vida tal y como nosotros la entendemos”. 

En ese futuro de un Londres cada vez más invadido por orwellianos controles policiacos de la personalidad y avances en la computación, la lucha entre criminal y perseguidor se torna una suma de complementarios. En ese porvenir, tras haber desaparecido de la escena décadas atrás, pervive la gran sombra de Maggie Thatcher y su legado imborrable de cambio a la sociedad británica. 

Luego de la Gran Bretaña del futuro cercano, Kerr se interesó en una situación mucho más conflictiva: la Rusia contemporánea. Un anónimo policía es enviado por Moscú a San Petersburgo a investigar la corrupción policiaca en esa ciudad. En la urbe fundada por Pedro el Grande se encuentra con el incorruptible encargado de la lucha antimafia, Yevgeni Ivanovich Grushko. Es Dead Meat (Carne muerta, 1993). 

Kerr tiene un ojo clínico para los pequeños detalles que le dan credibilidad a la acción, observemos éste: ” ‘Veamos eso’, dijo, tomando la bolsa de evidencia de Grushko. ‘Fue abierta bocabajo’. ‘Es un bastardo descuidado’, dijo Grushko. ‘¿Qué prueba eso?’. ‘Bien, podría indicar que es un exsoldado’. ‘¿Y cómo presumes eso?’. ‘Es un viejo truco del ejército que aprendí en Afganistán’, dijo, y miró incon-fortablemente a la coronel Shelaeva. ‘Entonces, ¿cuál es el truco?’, suspiró Grushko con impaciencia. ‘Si abres el paquete de cigarros por el lado equivocado, tus dedos sucios no tocan el filtro. Usted sabe, la punta que uno pone en su boca’. ‘Sabes, en los últimos veinte años me he preguntado qué eran esas cosas’. dijo Grushko. ‘No sabía que los soldados fueran tan delicados’, dijo Shelaeva alzando las cejas. ‘Sueles serlo cuando no hay papel de baño’, dijo Nikolai enrojeciendo. ‘Ah, ya veo’. Grushko rió entre dientes, sin hacer ruido. ‘Bueno, no había necesidad de ser tan tímido, Nikolai. Estos días todos sabemos lo que es eso’. Esto indudablemente era verdad. Durante varias semanas había habido un déficit de papel de baño en todas las tiendas estatales. Un día o algo así antes de dejar Moscú había visto a alguien en el mercado de la calle Rozh-destvenska ofreciendo rollos de papel de baño a 50 rublos cada uno. Cincuenta rublos. Eso era la pensión semanal de mi madre”. 

En las descripciones lo que predomina en Kerr es la fidelidad, el lector puede estar seguro que la fortaleza de Pedro y Pablo es tal como nos la presenta el narrador y su San Petersburgo, repleto de “mafiya”, con hiper-inflación y el capitalismo salvaje en pleno, con los problemas característicos de la vida diaria, puede justificar perfectamente el planteamiento de la novela. 

Por último, tenemos The Grid (La parrilla, 1995). En ella Kerr se enfoca a demoler el mito de la arquitectura contemporánea y los edificios inteligentes. La acción se ubica en Los Angeles de un presente cercano. Las corporaciones chinas se expanden cada vez más a ultramar. Una de ellas, la Yu, encarga al reconocido “arquitecnólogo” Ray Richards que construya su sede en L.A. Esta es la filosofía de Richards: “Tengo que decirles que la escena arquitectónica moderna se nos presenta como la mayor aventura de todas: arquitectura que utiliza la avanzada tecnología de la exploración espacial y de la era de la computadora. El edificio como una máquina en la cual micro y nano-tecnología invisible reemplazan a los sistemas industriales mecánicos. Un edificio que es más un robot que un refugio”. 

Kerr adopta el punto de vista que Tom Wolfe planteó hace años en ¿Quién teme al Bauhaus feroz, el que la influencia de la escuela Bauhaus, de Walter Gropius en adelante, afectó la estética de las ciudades modernas de una manera negativa, convirtiendo a los habitantes de las ciudades en reos de los arquitectos. 

Dentro del edificio de 25 pisos al que Richards quiere que se le conozca como el cuartel de la corporación Yu y al que la gente, por su diseño, llama “La parrilla”, quedan atrapados una serie de personas que luchan por su vida y por salir de esa trampa, puesto que el edificio ha cobrado vida y se apresta a aniquilar a los seres humanos. 

La computadora-edificio o “Ismael” presenta en su tecnolenguaje unos flujos de conciencia, semejantes a los de “Wittgenstein” en Una investigación filosófica. Al igual que HAL en 2001: una odisea del espacio, es el Fran-kenstein representativo de su era que se vuelve contra su creador. 

En esta lucha entre el edificio-máquina-ser vivo y los “actores-humanos”, Kerr abusa del lenguage tecnificado computacional, existen demasiadas digresiones acerca de la manera en la cual la máquina razona y puede considerarse su obra menos lograda, porque los personajes son tipos. Así tenemos a la bella rubia que usa blusas transparentes, brasieres púrpuras y un tatuaje y que entendemos está predestinada a morir, al igual que el socio, que es remilgado y antipático. Aquí Kerr quiere ser más preciso y elaborado que Michael Crichton en la “tecnoliteratura” y la acumulación de datos derrota a la inventiva. 

En el conjunto de la obra de Philip Kerr podemos descubrir a un escritor de variantes, que sin embargo no logra cuajar sus finales y se ciñe a las convenciones del género. Philip Kerr es una especie de esponja que todo lo absorbe y luego lo regurgita. Esa característica que le permite moverse con soltura en países, tiempos y circunstancias muy diferentes entre sí, sigue sin embargo un hilo unificador: todos los ambientes son opresivos o límites. Tanto en el espacio cerrado de “La parrilla” como en el fluido e inestable de Rusia, hay algo superior a la fuerza del individuo. 

Cerebral, con un amplio bagaje cultural detrás de sí y una gran soltura narrativa, Kerr ejemplifica lo mejor del thriller de los noventa, así también como las limitaciones del género. Lo que es indudable es que se trata de un escritor de primera línea, digno de leerse, sea en el plano de la literatura escapista o en la del planteamiento de ideas, aunque sea para denostarlo.