Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de Redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

“El fiel de la balanza que describe Antonio Deltoro en este libro también es una suerte de frontera, de playa o de umbral. Traspasarlo implica un respeto por el oden del mundo”

Antonio Deltoro

Balanza de sombras

Joaquín Mortiz

México, 1997

72 pp.

Catador de minucias, de las leves desviaciones que se abren a cada paso, Antonio Deltoro sopesa en este libro las partículas de polvo, distingue las diferentes luces del día, pondera los huesos huecos de los pájaros, reconoce las playas de las horas, intenta descifrar el lenguaje de la lluvia, pone sombras en la balanza. 

La poesía de Deltoro disfruta de una transparencia que la asemeja con la calidad simple del agua para beber. Ninguna de las observaciones ni del pulimento del que gozan sus versos resultan caprichos ni hechizos; más bien son producto de una larga travesía por la vida cotidiana de la que han sido desterrados el hastío, la misantropía, la tensión acumulada. La poesía de Deltoro, salvada del oleaje poderoso y de la marea, parece un remanso fresco en el cual se antoja de inmediato remojar los pies. La poesía de Deltoro es simple como el agua de ese remanso, de la misma manera que su visión del mundo resulta simple, auténtica, verde como la hierba recién bañada por la lluvia. (Los pies descalzos, por cierto, son una imagen recurrente en la obra de este autor, como son tópico de la poesía renacentista en la que nunca faltaba una ninfa que metiera delicadamente un pie al agua, sólo que en Deltoro la calidad de “descalzo” no es un artificio sino una aspiración en la que se reconcentra el goce niño de brincar sobre los charcos.)

Balanza de sombras está dividido en cinco secciones. Las primeras cuatro comparten asuntos que cristalizarán en la quinta, la que da título al volumen -con el cual, por cierto, Deltoro obtuvo el Premio de Poesía Aguasca-lientes 1996-. Si a los peces les resulta indiferente el vuelo de las aves que de ellos se alimentan; si los peces acaso ven a estos volátiles como sombras; si la noche es una sombra ilusoria, pues el mundo nunca deja de girar, el fiel de la balanza serían las doce. Las sombras, subsidiarias del sol, tendrían duraciones distintas -según se desprende de este conjunto de poemas-, ya que la sombra de un salto duraría lo que un parpadeo, mientras que la sombra de la noche, recordatorio de la muerte, podría ser eterna, dependiendo de los soles acumulados durante la vida, es decir, de la conciencia de uno mismo, de la timidez, de los umbrales y de que hay seres bien plantados, mas danzantes. Dice Deltoro, tras dejar en claro que la luz del medio día siempre es ella misma a diferencia de la luz del atardecer que sólo es anticipo de la oscuridad: “Los diferentes soles de la tarde / parecen dirigidos a mí y a mis cosas; / ahora los puedo mirar sin levantar la vista, / más creadores de sangre y sombras / que de sol y luz”. 

El fiel de la balanza que describe Antonio Deltoro en este libro también es una suerte de frontera, de playa o de umbral. Traspasarlo implica un respeto por el orden del mundo. Acaso por esta razón el poeta pone de epígrafe este verso de Ricardo Reis: “Bajo la leve tutela de dioses descuidados”. Y bien podría añadirse: con los pies descalzos, ya que Deltoro admira la capacidad de los bípedos para cantar: los hombres y los pájaros cantan sólo si se hallan bien plantados. Los cuadrúpedos no cantan porque su cercanía con el suelo aísla la voz. Voz de bípedos y vuelo son condiciones del poeta, quien con su canto y vuelo consigue sopesar el don de los bien plantados.