Los perredistas habrán celebrado hasta la madrugada, pero el siete tendrán que abocarse a pensar en el tigre que se sacaron. Las preguntas obligadas: ¿podrá Cuauhtémoc Cárdenas empezar a tejer la trama de gobierno que le dé a la capital la estabilidad que requiere? ¿Podrán los empresarios asomarse a un nuevo entorno y no volverse un factor adicional de incertidumbre? ¿Podrán los perredistas dejar de ser el partido de la irritación y la vendetta y volverse una formación política de gobierno y reflexión? 

Son preguntas que no tienen respuesta fácil ni el triunfo las producirá de modo automático. Se trata de respuestas que deben producirse políticamente, por dirigencias y cuadros medios y trocarse pronto en postulados y retórica que busquen educar y convencer a un electorado expectante, sobrado de ofertas e ilusiones pero carente de perspectivas claras que asuman la falibilidad irremediable del gobierno y la existencia de restricciones económicas, financieras, materiales. Lo peor que puede pasar en esta tesitura de triunfo opositor es que la restricción mayor sea la de la imaginación y el discurso políticos. Que de repente, el día después, se caiga en la cuenta de que no hay opciones más allá de la elección. 

Pero lo más importante a aquilatar a partir del siete de julio no está en el Distrito Federal, a pesar de la importancia de lo ocurrido ahí. La gran prueba de la democracia mexicana del fin de siglo se ubicará en el Congreso, en especial en la Cámara de Diputados. Será ahí donde se ponga a prueba la capacidad y la destreza de los políticos que se disputan la conducción nacional y buscan formas de gobierno alternativas a las que nos legó el presidencialismo postrevolucionario. Se pondrá a prueba también la flexibilidad del grupo gobernante, su disposición a inventar y reinventar formas y modos de interlocución a los que no está acostumbrada y para los cuales no hay referencia sencilla en los manuales.

Sea cual sea la composición final de la Cámara, tendremos un Congreso distinto a todos los conocidos. Un triunfo priísta le dará fuerza al PRI, pero no necesariamente espacio al gobierno. Una Cámara que obligue a un gobierno compartido, de corresponsabilidad, le dará fuerza a la oposición pero la obligará a encarar tareas y compromisos a los que no está acostumbrada y para los que no ha mostrado hasta la fecha tener talante y ganas. Las apuestas para el dos mil, así, se cruzarán obligadamente en el Congreso, y los estados se dibujarán y desdibujarán una y otra vez al calor de la deliberación sobre impuestos y presupuestos y asomarán la oreja cada vez que se dirima el tema federal, la nueva distribución de fondos y concurrencias, la cuestión social tan severamente postergada por todos. 

Quizás, con uno u otro veredicto ciudadanos, habrá de iniciarse el siete de julio la hora de la política como diálogo, como invención de espacio y producción racional de tiempo. A no ser que el siete lo único que haya sea una cruda majestuosa. Lo veremos pronto, cuando esta nota esté en blanco y negro.