Música detenida Urbanismo

En la entrada del 6 de diciembre de 1952, en La vida en México en el periodo presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, recién publicado por el CNCA, Salvador Novo comenta ciertos cambios en el paisaje urbano.

Estamos realmente estrenando ciudad. Allá por la casa de usted sabíamos muy en general y desde hace algún tiempo, que estaba en construcción una gran avenida que comunicaría rápidamente con el centro. Hasta los viejos Estudios Azteca llegaban y se veían los trabajos de pavimentación, y era previsible que la calzada o avenida que ahí desembocara, continuase por sobre el puente hacia el suroeste, y llegara acaso, costeando los Viveros, a la capillita de San Antonio del viejo puente de Chimalistac. Los terrenos al norte de los Estudios Azteca -y aun estos mismos, según dicen- son propiedad bardeada y residencia vieja del general Almazán que una vez iba a ser presidente, y no fueron tocados. Los estudios en cambio, y muchas casas al norte del desembocamiento de esa calzada nueva en la avenida Coyoacán, fueron demolidos en varios metros para añadir espacio a una de las vías.

Estamos realmente estrenando ciudad. All por la casa de usted sabamos muy en general y desde hace algn tiempo, que estaba en construcción una gran avenida que comunicaría rápidamente con el centro. Hasta los viejos Estudios Azteca llegaban y se veían los trabajos de pavimentación, y era previsible que la calzada o la avenida que ahí desembocara, continuase sobre el puente hacia el suroeste, y llegara acaso, costeando los Viveros, a la capillita de San Antonio del viejo puente de Chimalistac. Los terrenos al norte de los Estudios Azteca – y aun estos mismos, según dicen – son propiedad bardeada y residencia vieja del general Almazán que una vez iba a ser presidente, y no fueron tocados. Los estudios en cambio, y michas casas al norte del desembocamiento de esa calzada nueva en la avenida Coyoacán, fueron demolidos en varios metros para añadir espacio a una de las vías. 

Fue cosa de las últimas semanas que gracias al derrumbe de una casa frente a la capilla de San Antonio, y de una barda junto al seminario instalado en la vieja hacienda de El Altillo, apareciera repentinamente al fondo y al sur la Ciudad Universitaria, y al norte, lo avanzados que iban ya los trabajos de conexión del tramo oculto detrás de los Viveros, que conectarían la calzada que parte de la Ciudad Universitaria y cruza la Taxqueña, con la que provenía del Niño Perdido y llegaba a asomarse a los Estudios Azteca. Trabajaban noche y día. Ya sólo les faltaba pavimentar un poco el ancho de la avenida Juárez, hoy Francisco Sosa, y la vía del pequeño tren eléctrico. El 18 trabajaron toda la noche, y el 19, cuando las ceremonias de dedicación de la Ciudad Universitaria, la nueva avenida quedó lista y se abrió a la pública circulación.

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Esa noche, al volver a casa por Insurgentes -mi camino habitual y ya tan congestionado a toda hora- la vi iluminada, y decidí explorar esta nueva vía. Hice un minuto y medio de la capilla de San Antonio a los Estudios Azteca, y descubrí que la avenida se llama Fernando Casas Alemán. Al día siguiente, por ella me fui al centro, recorriéndola toda. De la capillita a Niño Perdido hice exactamente cinco minutos, y diez más de ahí a Bellas Artes, porque el Niño Perdido y San Juan de Letrán están siempre tan llenos de tránsito. 

Pero cuando más disfruté la grata sensación de estrenar ciudad, fue el sábado en la tarde. Tomé todo San Juan de Letrán y Niño Perdido hasta la avenida Casas Alemán; y en vez de torcer hacia casa, seguí adelante hasta la Ciudad Universitaria y fui a desembocar a la entrada de la calzada de Jardines del Pedregal, hasta San Jerónimo, que es adonde iba. El viaje me tomó veinticinco minutos por todo, de Bellas Artes a la casa de los Fournier. 

En los once años -¡once ya!- que llevo de vivir en Coyoacán, dos administraciones sucesivas han beneficiado a la vieja villa con sendas hermosas avenidas. El licenciado Rojo Gómez, con terminar Insurgentes y desviarlo hacia la Taxqueña, dándole así comunicación y salida rápida hasta la calzada de Tlalpan; y ahora el licenciado Casas Alemán, con hacer la avenida Casas Alemán. La Taxqueña -posteriormente rebautizada calzada ingeniero Miguel A. de Quevedo- ha ido en esos años poco a poco poblándose de casas -residencias al norte, fraccionamientos modestos al sur-. Es una lástima que ahora se vea tan destruida porque algo se les debe haber olvidado instalar dentro de su camellón -el agua o el drenaje- que han excavado produciendo una montaña de tierra y un feo y triste aspecto, cuando ya estaba al principio tan bonita y tan limpia como ahora se ve la avenida Fernando Casas Alemán.

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Lo nuevo, al parecer, hace olvidar lo viejo y descuidado. Ya en la época del licenciado Rojo Gómez, la avenida Hidalgo de Coyoacán, estuvo siempre intransitable, despedazada, llena de baches. Así siguió, sin más alivio en su estrechez que el que le proporcionó desviar los camiones hacia la Taxqueña, pero conservándole dos sentidos a su tránsito, estorbado por el tranvía que en los dos la recorre serpenteando y convulsionándose. 

Y ahora, con los años, está todavía peor. Su vejez, su decadencia, se ponen en relieve en contraste con la amplitud y la perfección de la nueva avenida Fernando Casas Alemán. Piensa uno que una calle tan larga, que va desde el atrio de la parroquia de Coyoacán hasta el monumento a Obregón, que está a todo lo largo llena de casas a ambos lados, que pagan puntualmente sus contribuciones prediales, bien merece que la cuiden, reparen y pavimenten; y que habrá con qué hacerlo, ya que hubo con qué hacer una avenida Fernando Casas Alemán que cruza terrenos baldíos que han de pagar contribuciones sin duda menores que las casas de la abandonada avenida Juárez, hoy Francisco Sosa, de Coyoacán.