El Pasaje Zócalo-Pino Suárez se reinauguró recientemente, ahora con el uso permanente de librería, una extensa, kilométrica, librería que ha vuelto permanente la Feria Metropolitana del Libro.

Durante muchos años el Pasaje Zócalo-Pino Suárez del Metro albergó la Feria Metropolitana del Libro, en la cual múltiples stands que representaban a la mayoría de las firmas editoriales y distribuidoras mexicanas se repartían los espacios a lo largo del túnel subterráneo peatonal que inaugurara el 13 de septiembre de 1970 el entonces presidente Díaz Ordaz. 

Durante muchos aos el Pasaje Zcalo-Pino Surez del Metro alberg la Feria Metropolitana del Libro, en la cual mltiples stands que representaban la mayoría de las firmas editoriales y distribuidoras mexicanas se repartían los espacios a lo largo del túnel subterráneo peatonal que se inaugurara el 13 de septiembre de 1970 el entonces presidente Díaz Ordaz. Sin embargo, debido al proliferante -casi genético- ambulantaje de nuestra raza citadina, llegó el momento en el que los encargados de los stands libreros tuvieron que lidiar con vendedores de artículos de distinta índole a la editorial, que se arrogaban el derecho de exigir espacios; esta delicada situación, sumada a la fama de los asaltos en este andador merced a sus accesos a plazoletas umbrosas del Centro de la ciudad, motivaron que las autoridades del Sistema de Transporte Colectivo clausuraran durante cuatro años el Pasaje, hasta su reapertura, el pasado 27 de febrero, convertido en “Un paseo por los libros”.

El DDF, el STC, la Fundación Cultural Metro A.C., y la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CNIEM), son las instancias que patrocinaron la realización de esta “feria” permanente (que pudo, por cierto, haberse llamado “Paseo Octavio Paz”, pero no fue así por no haber conseguido los organizadores el consentimiento de nuestro Premio Nobel). En este “Paseo por los libros” intervienen cincuenta firmas: el veinte por ciento de las 250 registradas ante la CNIEM, las cuales conforman el ochenta por ciento de la producción y venta del país; estamos hablando de una producción mexicana de libros que va de cuatro mil 500 a cinco mil títulos al año, con lo cual México ocupa, en el orbe de habla hispana, el segundo lugar, antes que Argentina y después de España. Todas estas cifras conforman un espectro ajeno o insulso para el hipotético metronauta transeúnte que recorra el “Paseo de los libros”, ya que el usuario del Metro no es más que una entelequia compuesta por cinco millones de personas a quienes se supone intentan cautivar las instancias alfabetizadoras mostrándole libros, pasando por alto, ingenua o bienintencionadamente, un detalle fundamental: la gente en México no lee no porque los libros se hallen escondidos, sino porque, además de resultar inaccesibles por su precio para la mayoría, en México no existe una cultura de la lectura -se antoja irónico que una película en videocaset cueste menos que un libro, a veces que el libro en rústica que inspiró cierta película. 

La cincuentena de stands del túnel peatonal “Un paseo por los libros” adolece de soledad. Bien iluminados, éstos son atendidos por muchachas o muchachos somnolientos que se entretienen entablando charlas breves unos con otros para no descuidar los changarros respectivos, los cuales se hallan dispuestos a un lado y otro del túnel como acuarios de llamativos colores -los de los libros para niños o las novelas para la playa, por ejemplo. 

De pronto, surge de algún stand un tufillo a incienso de la India o a café: hay allí abajo dos fuentes de sodas, además de un pequeño auditorio y un banco, para aquel que desee agotar sus ahorros y comprar caros libros de arte o colecciones completas de Porrúa destinadas a la decoración de su despacho. Pocos, muy pocos son los atrevidos que vencen la timidez y se meten a los stands ya no digamos a comprar, sino simplemente a curiosear.