Ciudad sin Muros

¿Siempre encontramos el libro que hemos de leer? A veces la duda nos empuja a procurarlo, visitando lugares propicios.

Expedición o refugio. La búsqueda de un libro desemboca en un callejón de dudas. A veces, cuando participa la suerte es posible toparse con el título perseguido en el primer estante; otras, hace falta adivinar la estrategia que ordena la alineación de los autores. Casi siempre ocurre que olvidas el nombre buscado antes de recorrer todos los pasajes del local disimulados por la nube de polvo. Una absoluta casualidad cambia el curso de la inspección. Ahora con la garganta irritada, vacilas y por un momento imaginas que has cumplido con tu propósito, pero algo te detiene. De pronto una voz -juraría que no es interior- retumba en el oído repitiendo que no puedes irte hasta localizar el título que te atrapó como una sanguijuela. Te acercas a la caja, sientes la urgencia de interpelar al dependiente acerca de la ubicación exacta del libro que buscabas. Pero no admites la derrota y renuncias a escuchar la solución del acertijo en palabras ajenas.

Expedición o refugio. La búsqueda de un libro desemboca en un callejón de dudas. A veces, cuando participa la suerte es posible toparse con el título perseguido en el primer estante; otras hace falta adivinar la estrategia que ordena la alineación de los autores. Casi siempre ocurre que olvidas el nombre buscado antes de recorrer todos los pasajes del local disimulados por la nube de polvo. Una absoluta casualidad cambia el curso de la inspección. Ahora con la garganta irritada, vacilas y por un momento te imaginas que has cumplido con tu propósito, pero algo te detiene. De pronto una voz – juraría que no es interior – retumba en el oído repitiendo que no puedes irte hasta localizar el título que te atrapó como una sanguijuela. Te acercas a la caja, sientes la urgencia de interpelar al dependiente acerca de la ubicación exacta del libro que buscabas. Pero no admites la derrota y renuncias a escuchar la solución del acertijo en palabras ajenas. 

Tengo la costumbre de dedicar varias horas de mi vida a recorrer las librerías. Sé que esa expedición significa una pérdida de tiempo, porque nunca pregunto por el autor que quiero. Simplemente buceo en los libreros sin objetivo ni programa. Tras una sorpresa o quizá por ocio. Me niego a retirarme sin haber escarbado largamente entre las hojas de los más disparatados ejemplares. Incluso, me encamino al santuario de los olvidados, cuando sé que el dinero no me alcanza para comprar ninguno. No sé por qué voy. Muchas veces me lo han reclamado mis amigos. Tal vez, solamente en compañía de todas esas opciones de lectura, entre todos estos proyectos de lector, siento la imprevisible tranquilidad de una duda razonable. El recorrido más peligroso -porque entraña los más diversos desbordamientos y contiene miles de afluentes- consiste en marchar con paso inexpresivo rumbo a las librerías de viejo. Esa ruta me ha costado una separación irreparable de una mujer celosa de mis refugios temporales, que son el mejor albergue durante la intemperie sentimental o natural. La persecución más infructuosa y el hallazgo más sorprendente me han encontrado entre sus paredes. Recientemente vivieron un cierto auge. Reaparecieron en zonas abandonadas y renovaron sus tesoros. No deja de extrañarme que los principales contribuyentes de esos libreros sean personas que desean liberarse de la carga fulminante que contienen esas obras. Sólo para que otro soporte el lío, como un Sísifo de papel. 

Javier Marías recuerda, en su ensayo sobre “el mal imaginativo”, a un intuitivo y acechante librero que frecuentó en Buenos Aires. Penúltimo heredero de una tradición en extinción es completamente ignorante “de lo que tiene y vende”. Así que no suele marcarnos precios. “Decide sobre la marcha”. Escucha al probable comprador atento al tono de su voz, a la inquietud que se filtra en sus palabras. “Pues el librero no se guía tanto por la encuadernación, la tirada, la fecha o el autor del volumen cuanto por el interés que muestra el cliente y su manera de contemplarlo o manosearlo. Son gente por tanto avezada, o mejor dicho entrenada por la experiencia de años observando a los husmeadores”.