Amanece el siete de julio y, para desgracia de Krauze, el monstruo de sus pesadillas está ahí, al lado, en la cama, vivito y coleando, aunque algo más flacucho y maltrecho. No podemos decir, llenos de optimismo, “se acabó”, aunque tampoco siga todo igual. 

La decepción depende de las expectativas; si lo que se esperaba es que el siete de julio sería la hora cero, el parteaguas que marcaría el principio del México nuevo, entonces es más que probable que aquellos que buscan el momento inicial de la democracia en la derrota final del PRI sufran una profunda decepción. Si, por el contrario, se entiende el ritmo y las formas del cambio político en este país concreto, con su historia y con su sociedad, entonces lo avanzado se podrá valorar con objetividad, sin triunfalismo, pero sin amargura. 

Lejos del vuelco sorpresivo, la mañana del siete de julio nos desayunamos con que las tendencias marcadas por las encuestas se han materializado: el PRD gana en la Ciudad de México, aunque el PRI sigue siendo el partido más votado en la elección legislativa nacional y el PAN se mantiene como el primer partido de la oposición en el conjunto del país. Todavía no está claro si el PRI ha logrado mantener la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y la incertidumbre se mantiene en torno a si en Nuevo León ha ganado el PAN, pero los resultados que comienzan a conocerse están lejos de ser los de una elección cataclísmica; no ha habido grandes derrotados ni triunfadores aplastantes; todos han ganado algo; casi como ocurre en las democracias consolidadas. 

Sin embargo, los resultados obligarán a los partidos a reflexionar sobre cómo enfrentar las nuevas condiciones que impone la recién estrenada pluralidad, pues ni el marco institucional, ni el sistema de partidos están todavía a la altura de los requerimientos de un régimen auténticamente democrático, capaz de ser eficaz y estable. Hace falta completar el cambio en las reglas del juego para garantizar la convivencia en el poder de la nueva pluralidad expresada en las urnas; además, tampoco los partidos mayores son organizaciones que tengan ya garantizado su lugar como fuerzas sustantivas en la democracia que se abre paso. 

Lejos de la fantasía onírica del paraíso democrático, el siete de julio nos desayunaremos con la sociedad mexicana inmersa en sus problemas de siempre, pero con la buena noticia de que los políticos están aprendiendo a jugar con nuevas reglas, más competitivas y sujetas al arbitrio ciudadano. Nada más, pero nada menos.