Entre la idea y la materia 

Lo que bebe el ojo Artes plásticas

A partir del 21 de julio, en el Museo Rufino Tamayo, se podrá apreciar una muestra retrospectiva de la obra de Manuel Felguérez.

Desde su primera exposición individual de pintura, en 1958, Manuel Felguérez ha mostrado no el rostro cambiante de los artistas convulsivos, sino la paciencia y la persistencia de los artistas que aprenden a construir su mundo particular. En Felguérez la idea mantiene la supremacía frente a los aspectos materiales y formales de su obra. Esos aspectos no son poco relevantes, ha utilizado lo mismo chatarra que conchas de ostión en sus murales y a través de las texturas otorga a sus pinturas relieves sorpresivos, se trata del uso y la transformación de materiales a partir de un diseño, de una idea. 

Trabajo que obtiene resultados preconcebidos. Si debido a la fama de los expresionistas abstractos este arte suele relacionarse con los poderes del azar, de lo inmediato y la acción, el arte abstracto de Felguérez, en cambio, busca las aristas, las formas definidas, diseñadas, ideadas de acuerdo con una lógica matemática de objetivos claros. El color, por ejemplo, se utiliza para descubrirle al ojo algunas cualidades de la materia. Esta refracta la luz, al abrirle caminos nuestra percepción inventa colores nunca vistos, matices sorprendentes para el espectador, pero siempre planeados por el pintor. Felguérez sabe conducir, amable pero firmemente, nuestra mirada; vemos en su pintura aquello que estamos obligados a ver, que de otra forma no veríamos o evitaríamos, pero que frente a un Felguérez siempre reconoceremos: el tiempo, el espacio, el vacío corregido y reinventado a través de convenciones como la línea y el color -nunca efectos de claroscuro o perspectiva- que crean una sola imagen de toda su obra, como si cada cuadro no fuera sino un fragmento, un corte de un proceso cuya duración es su propia vida. 

Felguérez fue uno de los primeros artistas que trabajaron con una computadora, subrayando así la intención de Duchamp y sus ready-made: por una parte crítica del arte y del artista, por otra celebración del gesto que hace de una producción en serie un objeto único; su Máquina Estética le entregaba los diseños, pero era la mano del artista la que los llenaba de color. Pese a su gusto por la ciencia y esa utilización de la técnica, sus cuadros no son un puro hecho físico, relaciones de colores y de formas, de “materia y energía”, como escribió el propio pintor; además actúan la intuición, la experiencia y los afectos. Si cada diseño es una fuente de posibilidades prácticamente infinitas, un relieve, una pintura o una escultura pueden salir de un solo diseño, la mano del pintor hace de esas posibilidades objetos sensibles que se ofrecen al espectador como espacios donde la precisión y el concepto dan paso a la belleza; su belleza consiste en la idea que el espectador se hace libremente de ellos. 

Su obra sintetiza todas las formas y crea a partir de ellas construcciones, nada parece dejado al azar, aunque se diría que sus cuadros y esculturas crecen del centro de sí mismos. Como los cristales, corregidos por la idea y la mesura, ninguno de sus cuadros parece desbordarse; tampoco son rígidos y solemnes como si salieran de una fábrica: los materiales pueden convulsionarse, pero siempre dentro de una estructura que los contiene y les da forma. Quizás el mejor ejemplo es su Espacio escultórico, una circunferencia que al mismo tiempo muestra, exalta y constriñe la lava solidificada, muestra a la naturaleza como creadora, pero a condición de que sea intervenida por el proceso quirúrgico del artista, por los sucesivos deslindes del diseño: recoge la realidad en la abstracción bidimensional de un proyecto que puede transformarse en la realidad tridimensional de su escultura. 

El arte, escribió, “es creación y en la medida en que es claramente preconcebido y su forma-idea transmitida con precisión en un diseño, el acto creativo está prácticamente concluido”. La sensación de que aquello que vemos no es un producto sino una presencia, late y vive como cualquiera de nosotros atado a múltiples combinaciones electroquímicas que contradictoriamente permiten la voluntad, la independencia de movimientos y de acción. Su obra atiende al mismo tiempo al orden preconcebido y a la libertad de la creación. 

La afición de Felguérez por las series permite entrever que no existe un diseño total, la idea siempre puede matizarse, corregirse, olvidarse y es el trabajo creativo del espectador el que ha de descubrir la mínima diferencia, la extrema diferencia que se crea repitiendo o fragmentando un mismo diseño. “No hay nada absoluto”, escribió Kandinski, “toda forma es tan sensible como una nubecilla de humo: el más mínimo e imperceptible cambio en cualquiera de sus partes, la modifica esencialmente (…), la repetición exacta es imposible”. 

La idea y la materia, utilizadas en favor de la belleza, trascienden su significado, están allí no para decirnos algo -aunque lo digan, no significan, pero son formas orgánicas que se muestran, aparecen ante nuestros ojos con la belleza intacta de una flor, una raíz o un fruto. 

Sin decir, la obra de Felguérez se despliega con el ritmo mental de esos estados de conciencia que no pretenden llegar a una conclusión, sino que alcanzan, a fuerza de comprensión y compasión, un estado de serenidad momentánea que nos permite ir hacia el siguiente cuadro.