Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

Sueño y sueños

Se ha calculado que, en promedio, un ser humano pasa la tercera parte de su vida durmiendo. Pero dormir no sólo lleva tiempo, y mucho. También requiere de un espacio peculiar que suele recibir el nombre de “cuarto”, “habitación”, “recámara” u otro sinónimo, en el que es preciso contar con un conjunto de objetos por lo demás especializados como la hamaca, la cama, el catre, el sleepping bag, las sábanas, la almohada, el buró, la lámpara, el cobertor o cobija, las pijamas y todos aquellos más que cada uno de nosotros va volviendo imprescindibles para gozar del sueño y, eventualmente, disfrutar de los sueños que, a veces, degeneran en pesadillas.

Curiosa actividad. Todos los libros considerados santos por las diversas culturas del mundo -y la Biblia no es en esto excepcional- se refieren al sueño y a los sueños, respectivamente, como el tiempo de las apariciones, las revelaciones y hasta los mandatos divinos, y como los vehículos de premoniciones, avisos o profecías. El sueño y los sueños son unipersonales, intransferibles, inevitables, incoercibles. Un tío abuelo que ilustró mi infancia y mi adolescencia con miles de dicharajos, anécdotas, poemas picarescos y otras maravillas, instruía a su mujer todos los días, antes de iniciar su tórrida siesta, con estas palabras: “no me despierten ni para contar dinero”.

¿Para qué dormir?

El tema de marras ha sido abordado recientemente por una escritora cuyo libro lleva en francés el título Dormir, les 1001 rituels du sommeil. En castellano, equivaldría a “Dormir, los mil y un rituales del sueño”. Le edita Bonneton. Cuenta con 256 páginas. A lo largo de éstas, uno puede enterarse de que Aristóteles consideraba que el sueño tenía como finalidad la buena digestión y que Voltaire -siempre tan agudamente imaginativo- sostuvo toda su vida que las sábanas de lino blancas, limpias y bien planchadas eran la mejor terapia contra la lepra. Asimismo, la autora consigna que en los días inaugurales de nuestro agonizante siglo xx, el uso de las pijamas era considerado una especie de excéntrica locura femenina, en tanto que la bata o batín de dormir merecía el juicio de “símbolo de una virilidad auténtica”. Por allí aparece también una opinión sobre el sueño que, sin lugar a duda, fue emitida antes de que la profusión y difusión de todo género de lámparas demostrara lo contrario: dormir sería el preventivo puesto a nuestro servicio por la bondadosa Naturaleza, con el propósito de evitarnos colisiones y tropiezos durante la inevitable y cotidiana negra noche.

Contra el insomnio

Sería impensable un libro sobre el sueño -dialéctica obliga- que soslayara el tema de las dificultades para dormir y el de los problemas para despertar. El que entrega Denise Gluck aborda el uno y el otro con gracia y memoria. Así enlista el remojo de los pies en agua caliente y la toma de infusiones de ortiga y de lechuga entre los procedimientos para lograr un buen reposo, en la mejor tradición naturista de nuestros mayores, y no deja de lado el moderno recurso a los hipnóticos, somníferos o tranquilizantes de diversa factura y efectos.

Entre el conjunto de datos que al respecto aporta la seguramente insomne escritora se halla uno que es una perla: el término barbitúrico nació de la prolongada y etílica fiesta que se organizó el inventor de tales productos, la noche de una conmemoración anual de santa Bárbara, patrona por cierto de la menos dormitiva de las actividades, es decir, ¡la artillería!

Contrario sensu, nuestra curiosa y afanada hipnóloga recuerda que en el siglo xix un alemán -no podía ser de otro rumbo, como se verá- inventó un despertador mecánico que, para el nada improbable caso de resistencia a la llamada matutina de sus campanillas, arrancaba las sábanas del lecho, inclinaba éste 45 grados en relación con el piso y ponía al alcance de los labios del dormilón una taza de café caliente. De aquí a la invención del horno crematorio no pasaría más de un siglo. Suele haber nimiedades en el origen de todo gran desvarío, como lo intuyó Goya al afirmar que hay sueños de la razón que engendran monstruos.

El libro no deja tema relacionado con el sueño sin explorar: pesadillas, ronquidos, sobresaltos nocturnos son abordados con prolijidad y embridado sentido del humor. No faltan alusiones inclementes a los términos y expresiones de los estudiosos más sesudos del tema, entre los que destacan la úvulopalotofaringoplastia o, más sonoro aún, la fase polifásica en ondas theta que, aunque al lector le suene a grosero albur, parece referirse a un asunto de lo más serio.

La recomendación que cruza indemne toda la obra se podría sintetizar en la añosa conseja de nuestros ancestros: lo mejor que puede hacer un ser humano para llegar a viejo es acostarse a la hora que las gallinas callan y levantarse a la hora que los gallos cantan. Un sueño, hoy, imposible.

¿La primera rumoróloga?

Otra mujer, investigadora con la más confiable de las credenciales al respecto -trabaja en el Centro Nacional de la Investigación Científica, el famoso cnrs de Francia-, de nombre Véronique Campion-Vincent, acaba de situar en los anaqueles de las librerías el tal vez primer tratado respetable de rumorología que ve la luz en nuestro atribulado planeta, territorio cada vez más asolado por todo tipo de inventos que pasan de espejismo hablado y difundido a hurtadillas, a noticia comentada por analistas de la más diversa laya y a punto de partida para decisiones políticas insensatas. De éste, como del libro citado antes, da cuenta el semanario galo L’Express en un número reciente.

La obra se refiere a los supuestos robos de niños pobres, cuyo detestable propósito sería mutilar a los secuestrados en favor y beneficio de ricos clientes necesitados de órganos vitales. Habría detrás de todo esto toda una organización mundial, criminal como ninguna, capaz de las peores atrocidades. La señora Campion-Vincent ejecutó una minuciosa pesquisa a partir de informaciones dadas por buenas desde 1985, procedentes de América Latina, y que llegaron a ser tema en el seno del Parlamento Europeo. Entre los elementos que apoyaron el surgimiento y expansión de ese rumor, estuvo -según la investigadora- el descubrimiento de la ciclosporina, sustancia que inhibe el rechazo de tejidos ajenos y amplía el ámbito de lo trasplantable para las personas que requieren de aquéllos.

La conclusión de la autora es tajante: no hay una sola prueba válida para dar rango de verdad a semejante rumor, para avalar tamaña y tan macabra leyenda. No se sabe si el análisis pueda extenderse a otros casos, pero es más que deseable que nadie pueda aportar datos ciertos ni testimonios veraces en contrario, al menos para este ámbito. Así sea.