Cassio Luiselli Fernández. Embajador de México en Sudáfrica. Las opiniones que aquí se vierten son estrictamente personales y no expresan de ninguna manera la postura oficial de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

China parece destinada a convertirse en una superpotencia. De ahí viene la oportunidad de este ensayo, que analiza las reformas emprendidas por Deng Xiaoping y su impacto interno y externo. Hay otro punto de interés: con la reinserción de Hong Kong, China despeja cualquier duda sobre su futuro.

Para fortuna de todos, Deng tuvo una muerte largamente anunciada, casi preparada, y hoy la transición ha sido como se esperaba, sin ningún sobresalto. Su muerte es más que simbólica. No se trata sólo del fin del último de los grandes de este siglo en China, casi un fin dinástico, sino que ahora el papel de legitimador y árbitro deberá buscarse en leyes e instituciones. Con él se acaba la era de los grandes héroes revolucionarios. Queda quizás un puñado de nonagenarios en puestos más o menos simbólicos, pero ningún sobreviviente de la Larga Marcha ocupa ya cargo alguno de responsabilidad. El mismo Deng sólo dejó vacante al morir la presidencia honoraria de la Sociedad China de Bridge.

Sin embargo, mientras vivía, nadie dudaba que, aunque de manera cada vez más tenue, él seguía siendo la fuente última de legitimidad y autoridad. Ahí está por ejemplo su dramático veredicto a favor de la intervención militar en Tienanmen y su gira por Guangzhou (Cantón), en un simbólico pero eficaz apoyo a la profundización de las reformas económicas. Ahora, en la abultada agenda china, destaca la necesidad de crear un mecanismo sucesorio formal, una tarea tanto más difícil en cuanto que debe involucrar al Partido Comunista. Muerto el último caudillo, la siguiente transición, no importa cuándo venga, tendrá que contar con un mecanismo legal y claramente establecido para el relevo en el mando.

Emprender esta reforma política y avanzar en las otras que iniciara Deng es el principal desafío del actual grupo dirigente, que pasó bien la prueba de la transición inmediata, tras la muerte de su máximo dirigente el 19 de febrero. Hay un amplio consenso entre los observadores de China, en cuanto a que el grupo en el poder, con Jiang Zemin a la cabeza, no parece en inminente riesgo de ser sustituido; aunque el segundo en jerarquía, Li Peng, deberá dejar el cargo de Premier, porque así está previsto en la Constitución. Pero nadie quiere y a nadie convienen demasiadas turbulencias políticas en una hora crítica para el avance de las reformas denguistas, que son consideradas como la vía a la modernidad y a la prosperidad y universalmente apoyadas.

Además, hay que tomar en cuenta que el calendario político de este año tiene de por sí dos eventos delicados y de gran importancia: el regreso de Hong Kong a la soberanía china el primero de julio y el 15o. Congreso del Partido Comunista Chino en octubre. Todo mundo espera la ratificación y profundización de las reformas, y no hay indicios de cambios sustantivos en el liderazgo; quizá sólo un par de ellos, una suerte de “”enroque” para Li y el retiro de muchos dirigentes ancianos. Pero no se alterará la estructura básica de poder. Así, el compromiso con las audaces reformas de Deng no parece peligrar, pues seguirá al frente el mismo grupo involucrado con ellas desde hace tiempo. Los desafíos a las reformas surgen de su propia dinámica, no de la voluntad de los actuales dirigentes para seguir impulsándolas.

A diferencia de lo que pasa con otros dirigentes chinos, sabemos mucho de la vida de Deng. Tiene numerosos biógrafos, incluida su hija, que escribió una larga, prolija y aburridísima biografía. Nació el 22 de agosto de 1904, en Jiading, un pueblo de Sichuán, al suroeste de China, una suntuosa provincia dividida por el ancho caudal del Yangtsé (Río Azul). Es una tierra agrícola por excelencia, famosa por su comida picante. 

Igual que Mao, fue hijo de modestos terratenientes. Su familia, descendiente de mandarines locales, era culta y muy apreciada. Deng creció despreocupadamente y tuvo una educación adecuada para su tiempo. Desde joven se distinguió por ser un sabelotodo de prodigiosa memoria y por su habilidad para jugar a las cartas. A los 16 años dejó su pueblo natal para no volver jamás. Desde Shanghai se embarcó hacia Francia, donde llegó con muchos otros jóvenes de toda China a participar en un programa de estudio y trabajo. Mientras estudiaba, servía como mesero, recadero y obrero. Francia le regaló tres pasiones que nunca abandonaría: el bridge, el comunismo y los croissant sopeados en leche.

Ingresó a las ligas juveniles comunistas y se hizo de amigos que le acompañarían por el resto de su vida política, sobre todo de quien llamaría su mentor y “hermano mayor”: Zhou En Lai. Eran aquellos los años de ascenso de la revolución en Rusia y ésta ejercía una gran atracción en esos jóvenes chinos emigrados, desamparados y resentidos. En 1924 se afilió al Partido Comunista Chino.

Llegó a China formado ya como un cuadro ilustrado del Partido y de inmediato inició su carrera de revolucionario de tiempo completo. Conoció a Mao Zedong en Guangxi, en el sur del país, donde éste trabajaba sus tesis sobre el papel de los campesinos en las luchas revolucionarias. A pesar de que Deng era un hombre cosmopolita y de no llevar su sinocentrismo a los niveles asfixiantes de Mao, compartía el convencimiento de que, en el caso de una China abrumadoramente pobre y rural, la forma de lucha adecuada era la de una prolongada guerra de guerrillas de base campesina. Esto contradecía la línea oficial del partido, dominado entonces por una irreflexiva ortodoxia promoscovita. La osadía de disentir les valió a los dos jóvenes militantes una purga. (Deng sufrió además la humillación doble de ser abandonado por su mujer de entonces, quien se casó justamente con su detractor y principal adversario.) Conminado a repudiar a su camarada Mao, Deng Xiaoping se negó valientemente. De ahí nació su amistad y su estrecha relación política. 

A partir de los años treinta Mao y Deng trabajaron codo a codo en Jiangxi, también en el sur. Y en 1934 emprendieron la “Larga Marcha”, hito fundacional de la revolución china y umbral de ascenso para el maoísmo. Como corresponde a toda épica, la Larga Marcha tuvo su mezcla de heroísmo y brutalidad: tras desplazarse 12 mil kilómetros de sur a norte y perder 90 mil hombres, a la ciudad norteña de Yanán, andrajosos y diezmados, sólo arribaron 10 mil militantes. Mao Zedong se convirtió poco después en el líder indisputado de los comunistas. Desde esa base y tras arduas campañas de armas, se despejó el camino para la victoria de los comunistas sobre el imperialismo invasor japonés y el Kuomintang de Chiang Kaishek. Con Mao Zedong estuvieron prácticamente todos los hombres que condujeron a China desde la fundación de la República Popular en 1949 hasta el ocaso del propio Deng Xiaoping: Zhou Enlai, Zhu De, Peng Dehuai, además de los malhadados sucesores que nunca fueron: Lin Biao y Liu Shaoqui.

Deng no era fácil de amedrentar, y jamás rehuía las polémicas. fumador y trabajador empedernido, se acompañaba siempre por su escupidera, que usaba copiosa, generosamente, sobre todo cuando le era imperativo enfatizar un punto importante en algún debate. Su austeridad y apego a la vida familiar contrastaban también con el Gran Timonel, de vastos apetitos, en más de una dimensión.

Para Mao, el camino de China era una sola y lineal vía al socialismo. Mientras que Deng veía primero el engrandecimiento del país y luego el socialismo. Para Mao, China no podía ser sin socialismo. Para Deng, el socialismo podía esperar, China no.

La Revolución Cultural trajo enormes convulsiones a China, incontables exilios y quebrantos. A fin de cuentas le costó la vida a Liu Shaoqui, y a Deng humillaciones, tragedias familiares y un penoso exilio en una remota fábrica de tractores -irónicamente en Jiangxi-, donde tres décadas atrás iniciara su carrera revolucionaria.

Esos fueron años muy oscuros para China y para Deng. En 1969 el ejército salió de los cuarteles a imponer el orden. Pero el aún influyente grupo de radicales bloqueó a Deng, que logró ser rehabilitado hasta 1973, a instancias de Zhou Enlai, que enfermo de cáncer sabía que Deng era su mejor reemplazo. Para entonces China ya había emprendido su apertura al exterior y, tímidamente aún, permitía que soplasen vientos reformistas.

Deng Xiaoping recuperó su cargo de Viceprimer Ministro y fue elegido de nuevo al Comité Central. En 1975 fue también Jefe del Estado Mayor del Ejército. Mao, ya senil y como emperador en el ocaso, se recluyó en su palacio de la Ciudad Prohibida, mientras Deng se ocupaba de las cosas mundanas: administrar al país, combatir a los radicales y preparar sus reformas modernizadoras.

Pero 1976, como todo “año del Dragón”, resultaría fatídico: muere Zhou Enlai en febrero y Deng es inmediatamente acusado por la esposa de Mao, la temible Jiang Qing, de incitar a la rebelión. Mao Zedong muere en septiembre y las luchas intestinas por la sucesión no se hacen esperar. En medio del drama en la cúspide, los radicales pierden la batalla, son denunciados como la “Banda de los Cuatro” y arrestados.

Deng fue otra vez rehabilitado en marzo de 1977 e imposo su línea reformadora que desde entonces promueve la apertura y la modernización de China. Con gran ímpetu y despliegue publicitario, se pusieron en marcha las célebres “Cuatro Modernizaciones”: en la agricultura, la industria, el ejército y la ciencia y tecnología. Era como si China naciese de nuevo y Deng, comprometido a fondo con ellas, las celebra, pronunciando dos máximas ya también famosas: “hacerse rico es glorioso” y “menos palabrería hueca y más trabajo intenso”. Del dicho al hecho: se acelera la apertura externa, se establecen mercados libres y se abren de par en par las puertas a la inversión extranjera y al comercio mundial. La economía reacciona rápido y la producción crece aceleradamente. 

Pero dichas reformas no incluían lo que algunos llamaban la “Quinta Modernización”: el arribo a la democracia plena. Ante el creciente reclamo de mayores libertades civiles, más pluralidad e información, Deng reaccionó con moderación y cautela, pero, llegado el momento, con la mayor dureza. Primero la estabilidad, el partido y el ejército, garante del orden en última instancia. Así, mientras algunos cuantos alcanzaban la gloria de hacerse ricos, las aceleradas reformas económicas chocaron con el clamor de muchos otros por acompañarlas de pluralidad y apertura política. Por eso el grave enfrentamiento de estudiantes y otros grupos civiles con el ejército en la plaza de Tienanmen y sus inmediaciones. Deng actuó a pesar del alto costo y la condena internacional. Removió al premier Zhao Ziyang, quien aún hoy permanece en virtual arresto domiciliario, e impuso cambios en la cúspide dirigente. Poco después, emitió su veredicto sobre los sucesos en Tienanmen: se trató de una provocación perpetrada por bandas de antisociales. En ese mismo año, 1989, Deng Xiaoping abandonó sus cargos públicos y se dio cada vez más tiempo para gozar de las añoradas delicias de la vida doméstica: se ocupaba sólo de retozar con los nietos, jugar al bridge, espetar máximas que marcaran la línea y ser el fiel de la balanza.

Es importante dejar claro que las reformas han sido muy exitosas. Tanto en sus números como en sus alcances -en contraste, piénsese en el costo humano y político que tienen las reformas-, pero en parte derivado de su propio éxito y en parte por los dramáticos problemas demográficos y ambientales, ahora presentan dificultades y obstáculos crecientes. “Se debe insistir en las reformas por 100 años”, sentenció Deng, y es cierto: China está en una espiral ascendente que confronta su éxito con nuevos y constantes retos, cada vez mayores, que a su vez obligan a profundizar las reformas. A pesar de su éxito están en un punto delicado y de no retorno. Veamos, sin embargo, por qué fueron exitosas, sobre todo en tres importantes aspectos.

Primero, los dirigentes se propusieron un rápido crecimiento económico y lograron que la economía china fuese la de mayor crecimiento mundial durante casi 15 años. Con tasas de crecimiento del producto anual de por encima del 10%, se está induciendo un profundo y muy rápido cambio estructural. Cada ocho años se duplica el ingreso personal disponible, lo que a su vez genera un vastísimo mercado interno (pero también enormes cuellos de botella en muchos sectores de actividad). También hay que señalar que, muy a la asiática, China ha logrado una elevada y envidiable tasa de ahorro cercana al 30%, y un gran auge exportador que llegó a generar 152 mil millones de dólares en 1996. Del mismo modo, ha acumulado reservas por 105 mil millones de dólares (sin contar a Hong Kong). Genera un vastísimo mercado interno. 

Los dirigentes también se propusieron, y lograron, minimizar al máximo el número de perdedores con sus reformas. Esto en marcado y favorable contraste con Rusia y los países del centro de Europa. De hecho, en los casi 20 años de reformas la pobreza absoluta ha decrecido hasta llegar a casi 10% del total de la población china. No sólo han tenido relativamente pocos perdedores, sino que las reformas tocaron a casi todas las capas de población. Desafortunadamente, esto tiende a cambiar: se acentúan las diferencias y se agota el impulso dinámico de las reformas originales, sobre todo las agrícolas.

Por último, se decidió que el modelo se sustentaría en una gran apertura externa, para poder así generar divisas, absorber capital, tecnología y prácticas gerenciales modernas, sólo disponibles en el exterior. China lo ha logrado. Seguramente, cuando los planificadores en Beijing iniciaron sus programas de apertura, los países de donde derivaron sus lecciones fueron Corea del Sur y el propio Taiwán, modelos de Estado fuerte, autoritario, y modernizados por una denodada política de exportar a toda costa para poder crecer. Pero, a diferencia de Corea y Taiwán, en este caso el auge exportador tuvo que ser inducido por la propia inversión extranjera; casi una tercera parte de las exportaciones están vinculadas a la presencia de empresas e inversionistas extranjeros. De entre los países emergentes, China, con más de 50 mil millones de dólares, tiene la mayor cantidad acumulada de inversión foránea del mundo (México ocupa el segundo lugar). Los principales inversionistas son precisamente Hong Kong (58% del total) y Taiwán (8%), aunque esta inversión se concentra justamente en las llamadas Zonas Económicas Especiales de las provincias costeras adyacentes. Como en los dos casos anteriores, el reto es hacer penetrar el impulso dinámico y modernizador hacia las provincias del interior, toda vez que las reformas agrícolas han llegado a un punto de inflexión en su ascenso y la industria estatal se halla estancada.

Pero las exitosas reformas y sus dilemas tienen como telón de fondo dos grandes desafíos estructurales que no pueden soslayarse y cuyo impacto, dada la dimensión de China, desborda sus fronteras, actuando como un gran condicionante para el liderazgo en Beijing. Nos referimos al tema de la dinámica demográfica y al gravísimo deterioro del medio ambiente, ambos íntimamente vinculados.

La población de China supera ya los 1,250 millones de habitantes y sigue creciendo, quizá poco más de 1.2% anual. Esto quiere decir que nacen cerca de15 millones de personas al año. Si bien la tendencia es decreciente, el aumento poblacional no podrá disminuir mucho más en el corto plazo. La política vigente de limitación de nacimientos es suficientemente draconiana: “una pareja, un hijo”. Posteriores reducciones tomarán tiempo y su éxito requerirá de un ingreso per cápita mucho mayor, como suele ocurrir en las transiciones demográficas. Con este perfil poblacional y con las reformas económicas en marcha, el fenómeno conlleva dos dinámicas en verdad preocupantes: una formidable y masiva urbanización y un rápido envejecimiento de la población.

Inevitablemente China arribará al año 2025 con no menos de 1,500 millones de personas, equivalente a toda la población mundial en 1950. Por más drástica que sea la caída del crecimiento, tendrá más de 100 ciudades de más de un millón de habitantes y varias megalópolis de más de 10 millones cada una, así como el mayor número de ancianos jamás conocido. Se estima que para el año 2008, una cuarta parte de los ancianos del mundo (de más de 60 años) vivirá en China; y para el año 2025, gracias a su progreso, la esperanza de vida se habrá acercado a 78 años y contará con 300 millones de ancianos, básicamente improductivos y demandantes de costosos servicios de salud y bienestar. La presión que ejercerá está enorme población sobre los limitados recursos naturales y financieros de China es sencillamente formidable. Piénsese en las demandas sobre el sistema alimentario, el de salud y el de educación, pero ante todo sobre el medio ambiente en general.

Y precisamente, el segundo gran desafío es el ambiental. Se ha escrito mucho sobre el agudo problema ecológico chino que además de muy preocupante en sí mismo, dada su escala, nos afecta a todos. Son tres sus principales ámbitos. Por un lado, el que se deriva de su rápida industrialización y la contaminación que trae consigo y que en ese país se agrava por la masiva utilización del carbón de hulla. Por otro, el asedio a los limitados recursos naturales en el medio rural y, al final, por los muy severos problemas de disponibilidad y calidad del agua.

Los grandes problemas demográficos y ambientales nos dan un marco claro de las restricciones y desafíos que se imponen a la marcha de las principales reformas, fundamentalmente en la agricultura y la industria, que son el corazón productivo de una China todavía rural, pero de rapidísima urbanización-industrialización. Es en estos dos grandes ámbitos de actividad donde se dan los mayores retos demográficos y ambientales al avance de las reformas: desempleo, migración, urbanización, vejez, disponibilidad de agua, contaminación, por señalar los principales. Nos corresponde ahora revisar brevemente las reformas mismas.

No es sólo por una concesión a la estabilidad y continuidad política interna, el que en China se siga afirmando que se busca todavía la “construcción del socialismo”. Para muchos parecería un anacronismo barrido por el vendaval histórico de 1989. Pero los chinos añaden: “con características chinas.” A nuestro juicio, todo indica que en China lo que se está construyendo es una economía de mercado con “características sociales asiáticas”: muy pausada liberalización política, autoritarismo, disciplina, solidaridad social y gran nacionalismo.

Existen también en las reformas específicas rasgos muy sui generis, muy chinos, que vale la pena subrayar. Uno es la reforma agrícola que logró volver a la eficiencia de la granja familiar, sin alterar de hecho los ambiguos derechos de propiedad que en última instancia siguen siendo del Estado. Se creó, de modo casi espontáneo y sobre el esqueleto de las comunas populares, una vastísima red de industrias rurales que no son “ni privadas ni públicas” y que le han dado vitalidad económica a la China rural. Tampoco se abolieron las empresas estatales que siguen obedeciendo a un plan central y que deberían ser el centro del esfuerzo modernizador industrial. No hay hasta ahora un esfuerzo medular de privatización, como sucede en Europa Central y en Rusia. Lo que se intenta hasta ahora, irónicamente, apelando a la traumática historia de finales del siglo pasado, es modernizar al país a partir de verdaderos enclaves en las periferias costeras, con inversión, tecnología y mercadeo externo.

Con la ciencia y la técnica se ha tratado de aprovechar selectivamente sólo aquello que funciona y sirve para China. Así con el ejército, al que además de “modernizarse” hasta donde es posible con tecnología y armamento externo, se le consintió tener empresas y fuentes autónomas de fondos a fin de que pudiese modernizar y acrecentar su ya impresionante arsenal.

Pero esas características y peculiaridades fueron resultado de la forma en la que se iniciaron las reformas, sin trastocar el orden inicialmente imperante. Ahora, hacerlas avanzar requerirá justamente alterar muchas de esas “características”. Así como pensamos que las reformas son irreversibles -y que la percepción de su conveniencia es el factor más poderoso de continuidad para el equipo gobernante-, suponemos también que estas características adjetivas al modo de modernización chino no se sostendrán por mucho tiempo, a pesar del socialismo.

En la propia lógica y dinámica de las reformas está el continuar con la transformación de las onerosas e ineficientes empresas industriales del sector estatal, reintroducir derechos de propiedad en el campo y crear figuras empresariales modernas para contar con acceso al crédito, quitar al ejército de su papel de empresario y no discernir a priori y desde un gabinete burocrático cuál puede ser la ciencia y cuál la tecnología que conviene a China. Las características “chinas” son y serán en cuanto que son asiáticas y, si se quiere, exclusivamente chinas, puesto que este país es la matriz fundadora de la cultura “asiática”; pero no es un “socialismo”, no por lo menos como los socialismos que vimos surgir y desplomarse en el siglo xx.

Repasemos primero la situación agrícola, recordando que China realiza la hazaña cotidiana de alimentar a más del 20% de la población mundial, con sólo el 7% de la tierra arable y el 8% del agua disponible. El hecho de haber empezado las reformas en dicho sector fue muy afortunado pues trajo, y pronto, beneficios tangibles para muchos y en consecuencia un sólido apoyo popular a las reformas: simplemente se empezó por aumentar los precios pagados a campesinos por cosechas previamente pactadas mediante cuotas; poco después, se sustituyeron las comunas populares por un sistema de contratos o de “responsabilidades” que operó a nivel de las familias, las que de facto recuperaron el dominio de las tierras donde cultivan y viven, pero sin recuperar formalmente la propiedad individual de las mismas. Con ello se eludió una díficil y seguramente contenciosa reforma agraria “hacia atrás”, y se postergaron reformas de más fondo.

Los resultados fueron, por muchos años, sencillamente asombrosos. El auge rural de los años ochenta permitió paliar las crecientes desigualdades que las reformas en su conjunto trajeron consigo, sobre todo en los cruciales primeros años, cuando casi todo mundo ganó algo con ellas. Aunque los más pobres permanecieron pobres, los niveles de pobreza absoluta se abatieron, la inmensa mayoría de la población campesina vio aumentar sus ingresos y sus expectativas.

Desafortunadamente, el relativo estancamiento en producción y rendimientos empieza a ser serio. En 1995 China importó del exterior cantidades récord de granos; todo indica que comprará cada vez mayores cantidades. La proporción de tierra cultivada por habitante se deteriora a medida que crece la población, se urbaniza el país y avanza la industria sobre tierras aledañas a las ciudades, hasta hace poco su hinterland agrícola natural. Por ejemplo, en 1957 se cosechaban 112 millones de hectáreas y para 1996 ya sólo alrededor de 90. Así pues, los dilemas agrícolas del mayor sistema alimentario del mundo se ven muy difíciles de resolver. Ahora se necesitan reformas mucho más complicadas y profundas.

Desde luego, puede argumentarse que China es cada vez más rica y pueden pagarse mayores importaciones de granos, pero existen dos temas a considerar. Primero, que el uso de las divisas para comprar alimentos se distrae de la espiral creciente de necesidades de importación de tecnología, bienes de capital y equipo militar; segundo y muy delicado, si China, como ya hay indicios, acude sistemática y masivamente al “delgado” mercado mundial de granos, los precios de los mismos tenderán a aumentar.

Por otra parte, la ruta del incremento de los rendimientos por unidad de superficie está llegando a niveles considerados internacionalmente como altos; aumentarlos requerirá de mucho más fertilizante, riego y mecanización. Esto no sólo requiere de grandes inversiones, sino de aplicar tecnologías modernas, que además tienen un alto costo ambiental. Más aún, hay indicios de que la agricultura no se está encaminando hacia esas necesarias reformas; preocupa observar que en los últimos años no hay un adecuado ritmo de incremento en la inversión y modernización agrícola. Pareciera ser que los campesinos, sobre todo los más jóvenes, encuentran más atractivo emigrar a las ciudades, o invertir sus magros ahorros en el comercio, antes que seguir cosechando alimentos básicos.

Pero, como es de sobra conocido, el mayor desafío a las reformas está en los muy serios problemas de la gran industria estatal, no sólo atrasada e ineficiente, sino terriblemente endeudada. Está creando, por efecto dominó, una vasta crisis bancaria que cuesta mucho al Estado y desvía preciosos recursos en onerosos rescates financieros. El endeudamiento de la industria estatal se estima que asciende a la colosal cifra de 600 mil millones de dólares. De hecho, esta industria ineficiente ocupa el 90% del crédito disponible, según estimaciones del especialista Nicholas Lardy, de la Institución Brookings, quien además calcula que hasta un 30% de dichas deudas son impagables. Con esta situación, desde luego, la Banca resultaría de facto insolvente pues no cuenta, ni con mucho, con capital propio suficiente para enfrentar esa cartera vencida. De tal manera que las reformas deberán ahora incluir un costoso rescate del sistema bancario.

Es así que el problema de este sector, mientras se percibía como eminentemente fiscal, podía tolerarse siempre y cuando la economía siguiera creciendo a tasas superiores al 10% y creando empleos; pero los problemas de la gran industria estatal heredada del modelo anterior no pueden enfrentarse con una modernización gradual, en espera de que el crecimiento de toda la economía haga tolerables los costos de ajuste, al perder este sector peso relativo. El problema afecta ya al sistema financiero y amenaza con extenderse por toda la economía. No podrá postergarse un ajuste drástico. Este incluye el cierre de plantas y la dolorosa pérdida de gran número de empleos, en un sector que se estima emplea a más de 100 millones de personas. Pero no enfrentar el problema puede comprometer el crecimiento de toda la economía, pues afecta su competividad global y la solvencia del sistema financiero.

Pensamos que aún es tiempo de reformar el sector de la industria estatal, sin comprometer al gran impulso dinámico y modernizador que viene de los enclaves costeros del sur, pero se debe actuar ya. Este gran impulso es, sobre todo, de las provincias costeras de Guangdong y Fujien, que han tenido como verdaderas nodrizas capitalistas a Hong Kong y Taiwán, respectivamente, debido a la creación de las Zonas Económicas Especiales que han permitido un influjo masivo de capital y tecnología. Valga ilustrarlo con una digresión: resulta fascinante observar cómo en la desembocadura del Río de Las Perlas se está gestando una majestuosa megalópolis del siglo xxi, al enlazarse Hong Kong con Cantón a través de Macao (que también revierte a China), Zhuhai y Shenzen. A su vez, Taiwán, con su inversión y comercio, también ha transformado la Zona Especial de la ciudad de Xiamen. Existen esfuerzos más recientes y hasta ahora exitosos de crear algo parecido con Shanghai en cuyas afueras se construye -literalmente- otro Singapur, justamente con capital y tecnología de aquel muy exitoso Liliput.

Toda esta deslumbrante y progresista industria moderna, competitiva y exportadora, debe articularse con el viejo caparazón de la gran industria estatal. Las cosas no pueden seguir así, la economía es porosa y los mercados se entrelazan. China no puede seguir avanzando con esa estructura industrial, desvinculada y distorsionada, sin pagar un alto precio por ello. Ni podrá diversificar inversiones, pues, como se sabe, la inversión extranjera está demasiado concentrada en los polos de desarrollo de Guangdong, Fujien, y más recientemente Shanghai.

La apertura de China al mundo no puede pasar desapercibida. Cuando un país de esas dimensiones se decide a comerciar, afirmarse e interactuar, ineludiblemente afecta intereses y variadas circunstancias. Desde luego, es positivo y enriquecedor el pleno rencuentro de China con la familia de naciones. Pero no se trata de un acomodo fácil; el arribo a la escena mundial de la otra superpotencia genera un entorno internacional muy complicado, para decirlo con suavidad. Esta civilización vestida de Estado nacional tiene mucho que aportar y darnos, pero también que aprender y recibir. A menudo surgen diferencias y se producen ríspidos desencuentros, sobre todo con sus vecinos y con los Estados Unidos. La agenda externa China arroja un complejo y contrastante panorama de sólidos avances y espinosos temas sin resolver, que dan cuenta de su dimensión e importancia en un mundo cada vez más integrado. 

Los dos grandes temas de China en Asia son aquellos que se relacionan con los territorios que se reconocen como su parte integral: Hong Kong y Taiwán. Hong Kong revertirá a la soberanía china en este mes. El escenario está dispuesto y, aunque subsisten dudas y diferencias con Inglaterra, la moneda está en el aire y no hay ningún pánico ni desbandada en Hong Kong; a lo sumo una espera nerviosa. Con Hong Kong reintegrado a su territorio y soberanía, China contará con una ciudad próspera, moderna y “global” que le servirá de formidable punto de encuentro con los grandes centros financieros y tecnológicos del mundo; de un plumazo las reservas chinas se incrementarán a 167 mil millones de dólares. De hecho, la pequeña ciudad le mejorará los coeficientes y promedios en virtualmente todos los indicadores económicos y sociales. Pero más que en las estadísticas, las ventajas se harán sentir en la capacidad y experiencia en abordar mercados, producir y vender manufacturas complejas y proveer de servicios financieros y telecomunicaciones de manera competitiva y a escala mundial.

Es evidente que no está en las intenciones ni el interés de nadie acabar con el éxito y la prosperidad de Hong Kong, ni menguar su civilidad o limitar las amplias libertades de sus ciudadanos. China se dispone a respetar la tesis denguista de “un país y dos sistemas” y el compromiso de mantener “por lo menos 50 años más al sistema capitalista” de Hong Kong. Como el mismo Deng sentenciaba con picardía: “las bailarinas seguirán danzando en los clubes nocturnos, por lo menos 50 años más”. El problema es otro, el de posibles discrepancias en las percepciones entre el gobierno central en el lejano y adusto Beijing y la liberal y rica ciudad sureña, acostumbrada a mandarse a sí misma, con mínima interferencia de ningún gobierno. Por eso es muy importante que el gobernador recién nombrado por Beijing, el magnate naviero Tung Chee-Hwa, sea aceptado como el hombre que vele por los intereses de Hong Kong en Beijing y no al revés. También importará que ni dentro ni fuera de China se use a Hong Kong como una carta en negociación alguna, sobre todo con relación a Taiwán. Esto será un punto siempre álgido, que habrá que observar con cuidado en esta delicada transición.

Más díficil y seguramente de solución a mayor plazo es la situación con Taiwán. Considerada por China como una “provincia renegada”, es también una isla de gran pujanza y prosperidad. Hay que decir también que quizá es Taiwán, y no su inmenso vecino socialista, la economía más igualitaria del mundo (medida por el método del coeficiente de “Gini”), y que cuenta ya con muy altos índices de bienestar social y educación. Sus 21 millones de habitantes se saben y se reconocen chinos, pero de Taiwán. De tal suerte que la doctrina de “un país y dos sistemas” no es aceptada en cuanto que no se admite una reintegración sin más a la República Popular. Pero hay pasos en la dirección correcta. Hasta hace muy poco, Taiwán (bajo el Kuomintang) reclamaba oficialmente ser el único gobierno legítimo de toda China. Ahora ha abandonado ese desmesurado reclamo. Los vínculos entre la isla y el continente, impensables hace apenas un par de décadas, se multiplican de continuo, también en parte como fruto de las reformas de Deng. Los intercambios comerciales entre Taiwán y China han crecido espectacularmente más de cien veces en diez años. Taiwán ha invertido masivamente, sobre todo en la vecina Fujien. Pero mucho del comercio entre Taiwán y China es vía Hong Kong, y este vínculo triangular puede ser fuente de conflicto, sobre todo a partir de julio.

China afirma que los asuntos de Taiwán son materia interna y sólo de su incumbencia. El mundo reconoce casi unánimemente que existe una sola China, la República Popular, pero de ahí a admitir cualquier presión o inclusive una invasión a Taiwán hay una gran distancia. Si bien China ha definido algunas graves razones por las cuales se reservaría el derecho de invasión -una declaración unilateral de independencia, por ejemplo-, señala también que no lo desea ni lo está preparando. De hecho, todos confiamos que la situación se resolverá, aunque sea a largo plazo, de modo pacífico. Este escenario es también el más probable: las reformas, que empujan a más y más encuentros e intercambios y a oleadas cada vez de mayor liberalización y convergencia de políticas, podrían, al hacer más semejantes las circunstancias internas de ambos territorios, llevar a una progresiva aceptación de alguna variante mutuamente aceptable del sistema “un país, dos sistemas” o, quizá, alguna fórmula de tipo federal.

Para terminar, consideremos las ríspidas y zigzagueantes relaciones con los Estados Unidos, que aunque no han mejorado desde 1989, son múltiples y de gran solidez. Se trata de una relación vital para ambos y para la paz mundial. Pocos dudan que China será, más pronto que tarde, la otra superpotencia. Los Estados Unidos saben que tiene todos los atributos para serlo y que difícilmente habrá, en el escenario mundial previsible, otro país que pueda ocupar ese rol.

Pero además, China y los Estados Unidos se encuentran con intereses convergentes en el vasto escenario del Pacífico, la zona económica más dinámica del planeta. Una relación de persistentes conflictos y confrontaciones, traería consecuencias muy negativas para la continuada prosperidad y expansión de toda la cuenca.

En el caso de la formidable expansión comercial china, los Estados Unidos se han convertido en el “comprador de última instancia”. Bástenos observar el volumen y composición de su comercio exterior (y el que se triangula vía Hong Kong), así como su muy holgado superávit de 40 mil millones de dólares con los Estados Unidos, para darnos cuenta que éstos son, en última instancia, el perno sobre el cual gira el gran esfuerzo de crecimiento hacia afuera de China. Pero en Estados Unidos, sin embargo, hay muchas voces autorizadas o poderosas que se siguen oponiendo al ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio, aduciendo que tanto en temas propiamente comerciales, como también en materia de derechos humanos y política externa, “no se comporta” como debe de ser. Por esa razón también sus numerosas disputas comerciales que sólo encuentran contenciosas sesiones bilaterales para encararse y eventualmente resolverse. Así, mientras se le presiona por ese lado, por el otro se le extienden, año con año, conflicto tras conflicto, las condiciones comerciales de nación más favorecida. Se avanza poco y la relación es de continua tirantez.

Esta ambivalencia se observa también con relación a Taiwán. Por un lado, los Estados Unidos aceptan que hay una sola China, pero por otra parte no pueden abandonar a Taiwán a su suerte. Esto sin duda obedece a su papel mismo de superpotencia, que debe buscar mantener o imponer el orden global. Pero también hay que decir que los Estados Unidos no han acabado de ponerse de acuerdo en cómo deben tratar a China. Es fácil observar una desgastante relación pendular: de pronto surgen ríspidas confrontaciones, pero luego se proclama la solidez de la amistad y se celebran los crecientes intercambios, un continuo ir y venir de ambivalencias y señales encontradas. Hay, como se sabe, dos tesis contrapuestas: la de la “contención”, que aún tiene un fuerte sabor a Guerra Fría y que señala que mientras China no “se comporte” habrá que confinarla y contenerla, como se hizo en su momento y finalmente con éxito con la Unión Soviética. La otra tesis, la adoptada como oficial, es la de multiplicar los intercambios y la creación de vínculos (engagement). Hace apenas unas semanas, cuando el vicepresidente norteamericano Al Gore visitó China, reiteró que era esa la política oficial de su país. Pero lo que sucede, dadas las continuas discordias y conflictos entre ambos, es que los Estados Unidos practican en realidad una mezcla confusa de las dos doctrinas, toda vez que el Congreso mantiene una política mucho menos amistosa hacia China. Pero a la larga es de esperar que prevalezca la filosofía de mantener las puertas abiertas con todas las naciones, comenzando por las del Pacífico. Por ahí hay que encaminar las relaciones entre la superpotencia y el único aspirante al mismo status, cualquier regresión nos pondría en escenarios de gran riesgo, donde nadie ganaría.

Visto en perspectiva, para China este siglo que agoniza será recordado como el de su ardua búsqueda por encontrar su lugar y finalmente abordar al mundo, integrado y occidentalizado. Tanto Sun Yatsén, como Mao Zedong y Zhou Enlai intentaron afirmar a China y modernizarla a su modo. Ahora se les une Deng Xiaoping en el Panteón de sus grandes. El emprendió, aunque con signo distinto, cambios tanto o más profundos y su impacto sin duda trascenderá hasta muy entrado el siglo venidero. Aquellos intentaron el socialismo; éste la apertura externa y el mercado, pero el hilo conductor de todos fue modernizar al país y confrontarlo de una vez por todas con el resto del mundo.

Aquí hemos visto lo formidable de los desafíos que todavía aguardan a China, tan vastos y de resonancia tal que ineludiblemente nos involucran a todos. En muchas otras ocasiones el magnífico País de En Medio ha vencido obstáculos mayores y nada permite suponer que no podrá salir al paso de estos retos. Vale la pena confiar que China culmine su modernización y con ella contribuya al bienestar y progreso de la humanidad toda, aportando a la cultura universal no sólo las lecciones y logros de su esplendoroso pasado, sino su gran potencial creador para que su futuro sea por fin parte de todos nosotros.