José Antonio Aguilar Rivera. Politólogo. Ganador del Certamen Carlos Pereyra 1995.

El exiliado rumano Ioan Culianu fue un explorador conspicuo de algunos reinos de este mundo. Estudió la magia en el Renacimiento, el gnosticismo, la experiencia mística. No fue un creyente pero estaba convencido de que el universo se rige por un arte combinatorio. También se distinguió por su rechazo abierto al nuevo régimen rumano, al que consideraba una prolongación de Ceaucescu. Quizá, como informan estas páginas, eso motivó su asesinato.

Cuando llegué a la Universidad de Chicago en 1992, hacía poco menos de año y medio que el profesor Ioan Culianu de 41 años, un exiliado rumano, había sido encontrado asesinado en un retrete del tercer piso de la Divinity School. Culianu fue ejecutado el 21 de mayo de 1991, al filo del mediodía. Según la reconstrucción hecha por la policía de Chicago, el homicida probablemente esperó a que el profesor se encontrara solo en los baños, luego ocupó el excusado contiguo al suyo. Una vez ahí se subió, sin ser advertido por su víctima, a la taza del wc y por encima de la cabeza le disparó un solo tiro en la nuca. Culianu murió instantáneamente: la bala calibre .25 le destruyó el cerebro y se alojó en la nariz. La operación fue realizada con rapidez y precisión asombrosas. Quienes se encontraban en el pasillo, a escasos metros, no escucharon ruido alguno. Nadie recuerda tampoco haber visto a ningún sujeto extraño en los alrededores. El modus operandi era típico de los servicios secretos de Europa Oriental. Durante los años de la Guerra Fría innumerables activistas y opositores políticos sucumbieron a manos de los guardianes de la seguridad del Estado. En Rumania, la Securitate fue el brazo del terror del dictador Nicolae Ceausescu. 

El incidente sacudió a la comunidad universitaria y por semanas policías uniformados y agentes del fbi husmearon por todos lados y metieron las narices en los cubículos de asustados profesores. Alguien, con una dosis más que regular de humor negro, me dijo que el asesinato había inducido en el cuerpo docente un ataque agudo de estreñimiento. Nadie pensaba que un homicidio pudiera ocurrir en la universidad, que es una especie de monasterio donde habitan profesores distraídos y estudiantes bobalicones. Dos años después visité los baños de la Divinity School, en el aniversario de la muerte de Culianu, y descubrí que los muros habían sido pintados color crema. Nada en ese lugar recuerda lo que ahí ocurrió una tarde de primavera. Alguien, sin embargo, había dejado una flor sobre los lavabos. 

ii

“Culianu”, escribió recientemente Umberto Eco, un admirador de su obra, “parecía flirtear constantemente con otros mundos”. El profesor en el exilio era un conocido experto en temas como la magia en el Renacimiento, el gnosticismo, la experiencia mística y la historia del cristianismo. Buscaba describir los caminos que llevan a mundos más allá de la percepción convencional de las cosas, como los trances místicos, el chamanismo y los sueños. Sin embargo, Culianu no era, de ningún modo, un creyente de la magia, o del New Age. En todo caso, era un neoplatónico. Pensaba, como apunta Eco, que existe un universo de ideas que se desarrolla de manera casi independiente del mundo material. Este universo paralelo se rige, pensaba Culianu, por cierto ars combinatoria. Estas combinaciones, de tipo matemático, afectan a la historia de formas a menudo impredecibles. La idea no es descabellada. Pensemos, por ejemplo, que el mundo viviente se encuentra formado por sólo cuatro elementos químicos: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno (chon). Las múltiples combinaciones orgánicas de estos elementos constituyen a plantas y a animales. De la misma forma, las ideas religiosas y filosóficas bien pudieran obedecer a leyes similares. 

El trabajo de Culianu atrajo la atención de Mircea Eliade, un famoso compatriota suyo que enseñaba en la Universidad de Chicago. Eliade, quien se había vuelto célebre por sus estudios sobre la experiencia religiosa, alentó las indagaciones del joven Culianu en el misticismo e intercedió activamente por él para que en 1986 Chicago le ofreciera un puesto académico como profesor visitante. En 1972 Culianu decidió no regresar a Rumania al cabo de una beca en Europa y comenzó un peregrinaje que lo llevó a Italia, Francia, Holanda y finalmente Chicago. Una vez en Estados Unidos, Culianu fue más allá del estudio de la religión y exploró las intrincadas formas en las que la mente inventa mundos imaginarios que de tan reales a menudo se convierten en la realidad misma. 

Mircea Eliade murió poco tiempo después de la llegada de Culianu a la Universidad de Chicago. Sus últimos años estuvieron opacados por acusaciones de que había colaborado con la organización fascista Guardia de Hierro en la Rumania de entreguerras. Culianu, quien desde muy temprano había sido influido por los escritos de Eliade, se convirtió en Chicago en su colega y biógrafo. El joven profesor intentó demostrar que Eliade simplemente había sido un simpatizante de la Guardia de Hierro y no un miembro activo de la organización. Sin embargo, existe evidencia de que Eliade, si no había sido un antisemita o un nazi, sí había estado cerca de los círculos fascistas. Ante su maestro, Culianu se encontró en la misma posición que muchos de los admiradores de Heidegger frente a la relación del filósofo con el nazismo. Es posible que el ídolo de su juventud se haya estrellado en las narices mismas de Ioan Culianu. A la muerte de Eliade, Culianu se distanció política e intelectualmente de él. Se convirtió en un crítico muy severo del régimen rumano postCeausescu, al tiempo que desarrolló su propia teoría de la historia. También comenzó a aventurarse en el género de la ficción: escribió cuentos borgianos, que fueron publicados en revistas literarias de vanguardia, como Exquisite Corpse. 

iii

Probablemente el despertar político de Ioan Culianu fue el comienzo de su fin. De cualquier forma, Culianu pensaba que la vida terrenal transcurría sólo en uno de los universos posibles. Tal vez, ni siquiera en el más interesante. No por eso descuidaba las tareas de este mundo: cuando murió estaba por terminar tres libros, publicados póstumamente: uno sobre la historia de las sectas gnósticas, otro sobre los viajes después de la muerte y el último un diccionario exhaustivo de las religiones del mundo. 

Culianu conocía de nombre a todos sus estudiantes (lo que me hacía sentir una envidia muy personal, pues algunos de mis profesores ni siquiera sabían que existíamos). Dos de los alumnos de Culianu lo convencieron de que ofreciera un curso especial sobre adivinación. Sin embargo, imaginar a Culianu como alguien fugado de la realidad sería un grave error. Su tiempo, con todo, claramente marchaba a un ritmo distinto. Su activismo político comenzó con la caída de Ceausescu en diciembre de 1989, justo cuando los esfuerzos de muchos opositores rumanos concluían. En los últimos quince meses de su vida Culianu atacó con virulencia al nuevo régimen. A través de la prensa de los emigrados rumanos, el diario italiano Corriere della Sera, la bbc y Radio Europa Libre, Culianu se volvió políticamente visible.

Con el fin del socialismo real el pasado, al igual que el futuro, se abrió. Lo mismo que en Rusia y Alemania, en Rumania la adjudicación de la historia se convirtió en un asunto de salud pública. En este caso, los crímenes de los fascistas en los años treinta apenas si han comenzado a salir a la luz pública. Al parecer, la crueldad de la Guardia de Hierro superó a la de los mismísimos nazis, con los que el régimen rumano colaboró activamente durante la Segunda Guerra. Culianu quería que se iniciase una investigación exhaustiva para exhibir las atrocidades cometidas contra judíos y otros grupos durante este periodo. Un gobierno democrático no tendría objeciones en abrir la cloaca de un vergonzoso pasado autoritario. Sin embargo, la naturaleza del nuevo gobierno no era clara en lo absoluto.

Paradójicamente, la última y más sangrienta de las revueltas de Europa Oriental, la rumana, parecería ser de todas la menos auténtica. El movimiento contra Ceausescu comenzó en la ciudad de Timisoara como una protesta legítima en contra del régimen. Sin embargo, varios observadores coinciden en que la rebelión fue rápidamente cooptada por facciones del ejército y la Securitate que habían estado planeando el derrocamiento del dictador desde tiempo atrás. No hay acuerdo sobre cuándo fue secuestrada la revolución rumana. Algunos creen que las escenas transmitidas por la televisión fueron sólo una farsa montada ex profeso por los conspiradores para simular un verdadero alzamiento popular. Muchos de los funcionarios del nuevo gobierno son veteranos del régimen de Ceausescu. A diferencia de Alemania, Polonia y Hungría, Rumania no ha desmantelado su aparato de seguridad del Estado; simplemente le cambió el nombre: ahora se llama Servicio Rumano de Información. Hay evidencia de que las operaciones internacionales de la rebautizada Securitate persisten al día de hoy. 

Culianu fue uno de los primeros en exhibir a la supuesta revolución como una impostura. Más aún: seis meses antes de la caída de Ceausescu, cuando nadie se imaginaba que el dictador pudiera ser derrocado, Culianu publicó en Italia un cuentito, “Intervención en Jormania”, donde se describía una rebelión contra un régimen opresivo. Como la isla de Arepa en la novela Maten al León de Jorge Ibargüengoitia, Jormania era un país ficticio que se asemejaba peligrosamente a uno muy real. Un segundo texto, “Jormania libre”, narraba cómo se había dado un golpe de mano en el interior de una revolución genuina. Facciones de la policía secreta se enfrentaban entre sí y los líderes golpistas exhumaban de fosas comunes cadáveres para inflar el número de bajas y confundir a la opinión pública. Una investigación de la televisión norteamericana reveló después que los líderes de la revolución rumana habían grabado en video los cuerpos desenterrados de indigentes para presentarlos como víctimas de la represión de Ceausescu. 

Un mes antes de morir Culianu fue entrevistado por la revista rumana disidente 22. La opinión del nuevo régimen que ofreció el profesor en esa entrevista fue virulenta en extremo. Denunció la alianza de la extrema izquierda y de la extrema derecha en el gobierno rumano, llamó a la Securitate una fuerza de “estupidez epocal, pero de una profundidad aún desconocida”, descreyó de las elecciones afirmando que en su país los únicos beneficiarios de ellas eran los fascistas de nuevo y viejo cuño. La supuesta revolución había sido un trágico desperdicio, orquestado por la kgb. Algunos piensan que esa entrevista fue su sentencia de muerte. 

En noviembre de 1989 el departamento de Culianu en Hyde Park fue robado. Los ladrones se llevaron una televisión, una computadora, diskettes y algunas botellas de vino. El hecho tal vez haya sido una simple coincidencia, pero convenció al profesor de que debía mudarse a un edificio más seguro a la orilla del lago Michigan. Tal vez el robo fuera una advertencia de la Securitate. Cuando indagaba sobre todo esto caí en cuenta de que Culianu había vivido hasta el momento de su muerte en Regents Park, el mismo lugar donde yo vivía. Un par de años antes podría haberme topado con él en alguno de los elevadores.

La secuencia de eventos que terminó con la violenta muerte de Culianu ha sido reconstruida fielmente por el periodista Ted Anton, quien publicó recientemente un libro en Estados Unidos (Ted Anton: Eros, Magic and the Murder of Professor Culianu. Northwestern University Press, Chicago, 1997). Segun Anton, si Culianu recibió amenazas nada dijo al principio a la policía o a sus amigos. A uno, sin embargo, le confió en una ocasión que sus escritos políticos lo estaban llevando a un territorio peligroso. Finalmente, Culianu le confesó a su amigo, el poeta rumano Dorin Teudoran, que a menudo recibía amenazas por teléfono y en el correo. Los anónimos mensajes le advertían que de seguir escribiendo sobre Rumania lo matarían. Sin embargo, la crítica política de Culianu no sólo no cesó, sino que se hizo aún más vehemente. Un mes antes del asesinato, la Universidad de Chicago había ofrecido una recepción al rey de Rumania en el exilio y en esa ocasión Culianu había mencionado la posibilidad de establecer una monarquía constitucional en su país. 

Algunas semanas después del crimen, el diario oficial de Rumania, Libertatea (Libertad), publicó una nota informando que de acuerdo con un reporte de la policía de Chicago, ningún servicio de seguridad extranjero había estado involucrado en el homicidio. El reporte nunca existió. De la misma manera, el presidente rumano, Ion Iliescu, afirmó en una conferencia de prensa que altos funcionarios del Departamento de Estado le habían asegurado que el asesinato de Culianu no había tenido móviles políticos. Sin embargo, nadie en el Departamento de Estado norteamericano está al tanto de ese comentario. 

Quedan pocas dudas de que la muerte de Culianu fue un asesinato político. Más difícil resulta elucidar la forma en que se tejió el crimen. En los meses posteriores al homicidio muchas personas recibieron en Chicago, Nueva York y Atenas amenazas de muerte: amigos personales de Culianu, otros opositores rumanos en el exilio, académicos, la viuda de Eliade y algunos periodistas que dieron a conocer el caso. Estas amenazas tal vez pudieran haber sido hechas, de manera independiente, por fanáticos resentidos. Se sabe que en 1947, cuando los soviéticos establecieron su hegemonía en Rumania, muchos miembros de la Guardia de Hierro huyeron a los Estados Unidos. Chicago parece haber sido uno de los puntos donde los “guardianes” se concentraron en mayor número. Muchas de las amenazas recibidas utilizaban el lenguaje arcaico del nacionalismo rumano. Esta es, según los expertos, una vieja táctica de distracción utilizada por la Securitate. La policía secreta empleaba la bizantina retórica para intimidar a los opositores, a quienes les hacía creer que eran víctimas de la animadversión de algún grupo extremista. A menudo la Securitate misma inventaba esos grupos. 

Entre líneas, el libro de Anton deja abierta la posibilidad de que el asesinato haya sido perpetrado por alguna secta. En alguna ocasión las investigaciones de Culianu lo habían metido en problemas. Por ejemplo, en una conferencia dictada en Francia sobre la magia en el Renacimiento, tres “brujas” objetaron la injerencia en sus asuntos. El comentador, varias personas del público y Culianu mismo cayeron enfermos. Podría pensarse, tal vez, que Culianu metió imprudentemente las narices en los asuntos de algún grupo y fuera víctima de una conjura, como los personajes de El péndulo de Foucault. Sin embargo, Culianu siempre guardó cierta distancia con su objeto de estudio. Empleó, como afirma Eco, la ironía para no tomarse muy en serio los afanes esotéricos que investigaba. Le gustaba, incluso, burlarse un poco de sí mismo. Con cierto desparpajo e irreverencia leía en fiestas el tarot y a menudo predecía acontecimientos en la vida de sus alumnos. Un examen final para su clase consistió en adivinar el futuro. El, claramente, fue incapaz de adivinar el suyo propio. 

iv

El ocultismo es una de esas cosas que lo invitan a uno a descreer, no sólo de su naturaleza críptica sino también de sus iniciados. Por algo escribió Umberto Eco El péndulo de Foucault, que es una monumental burla de quienes tienen demasiada fe en el poder de los mundos que no podemos ver. La literatura es un poderoso antídoto de la imaginación contra la fantasía con visos de realidad. Culianu sabía esto tan bien, que su último escrito no fue un trabajo académico, sino un cuento breve publicado en Exquisite Corpse justo un mes antes de su muerte: “Sobre el lenguaje de la creación”. 

En el último cuento de Culianu se narra la historia de un supuesto Jean Baptiste Gaspard Bochart De Saron, procurador del reino de Francia en el momento de la revolución. Bochart era, entre otras cosas, miembro fundador de la secreta Sociedad de Pesos y Medidas. Esa fraternidad tenía un peregrino ideal: implantar, a través de encubiertas y furtivas subdivisiones del diámetro de la tierra, un sistema universal de medición. En su laboratorio secreto Bochart había logrado fundir el platino y acuñar el primer metro estándar, el mismo que luego conquistaría al mundo. Menos sabido era el hecho de que Bochart pretendía haber descubierto el lenguaje hablado por Dios antes de la creación. Eso, por supuesto, significaba que el procurador había encontrado la lengua con la que Dios creó al mundo. Más aún, para hacer accesible al resto de la humanidad este portentoso descubrimiento, Bochart había construido un artefacto mecánico, una caja, que, se decía, podía reproducir los sonidos divinos de la creación. 

El narrador, en primera persona, de la historia hace el anterior recuento mental mientras espera que dé comienzo una subasta de antigüedades en un oscuro país de Europa Oriental. Ha acudido al remate presa de un gran nerviosismo porque entre los objetos de la subasta se encuentra una pequeña caja de música del siglo xviii en la que nadie ha reparado y que logra comprar, sin gran dificultad, a un precio módico. Es la caja de Bochart. “Yo era”, afirma el protagonista de la historia, “un hombre de cuarenta años que vivía en aquel entonces en un alto y seguro edificio a la orilla del Lago”. 

La caja de Bochart tiene un pasado que se remonta mucho tiempo atrás. Leemos que la idea de la existencia de una lengua divina estaba ya contenida en el hebreo Libro de la Creación, ilustre predecesor de la Cábala. Combinaciones de letras podían reproducir el “sublime lenguaje de las Creaciones, la lengua que nombraba a todos los mundos, visibles e invisibles”. La siguiente estación de paso en esta historia es, de acuerdo con el narrador, Raimundo Lulio, a quien en la soledad de las montañas de Palma de Mallorca, le fue revelado “El Arte”. Este es, por supuesto, la semántica divina. La clave estaba en el árabe, que se construye a base de permutaciones de agrupaciones de tres letras. Dios había creado al mundo empleando un número infinito de combinaciones derivadas de unas simples leyes generativas. Armado con esta “arma secreta”, Lulio se lanzó a la aventura de convertir infieles. La eficacia de su “Arte Universal” era dudosa, y el cruzado de la lengua de Dios acabó como mártir a manos de los infieles. 

Trescientos años después un monje dominico, Giordano Bruno, continuó los empeños de Lulio. Giordano creía haber atisbado el lenguaje de los ángeles en los jeroglíficos egipcios. Practicaba asiduamente el Arte de Lulio y sus sueños de inmortalidad lo condujeron inexorablemente a la hoguera. Algunos años más tarde Descartes se atrevió a llevar hasta sus últimas consecuencias lógicas la posibilidad de que el hombre fuera el producto de una fuerza divina. Si las personas eran obra de Dios, entonces se seguía lógicamente que las lenguas de los hombres no podían ser la Lengua del Creador así como que el idioma secreto de Dios debía ejercer un poder ilimitado sobre los seres humanos (que tienen un órgano especial, la glándula pineal, capaz de comprenderlo). De esta forma, quedó claro que quien fuera capaz de descifrar el lenguaje de Dios adquiriría “un arma formidablemente versátil, capaz de alcanzar cualquier objetivo terrenal y aún más”. 

Bochart, el último eslabón de esta historia, murió en la guillotina. La caja había pasado de mano en mano sin que sus fortuitos dueños supieran qué era. Sólo el protagonista, “profesor de historia en una renombrada y gris universidad del Medio Oeste”, sabía cabalmente el significado de ese artefacto musical que no tocaba música alguna. El mecanismo era mudo: simplemente estaba construido para no funcionar. He aquí en palabras del protagonista la ironía a la que se refiere Eco: “después de agotar las hipótesis sobre la caja de música de Bochart me dí cuenta de que la caja, en lugar de ser la encarnación de una verdad eterna de algún tipo (justo como un coche es la encarnación del primer principio de la termodinámica), era más bien un objeto de valor histórico, en el cual uno podía descifrar lo que Bochart y su generación creían era el lenguaje de Dios”. Tal vez el silencio era la lengua divina. El protagonista se hallaba en posesión de una absurda caja que absorbía todas sus energías: “mis días estaban repletos de pensamientos del siglo xviii y mis noches llenas de predecibles sueños en los cuales miembros del Tercer Estado conversaban en inescrutables dialectos”. Desde que era dueño de la caja, el narrador experimentaba extrañas ocurrencias: pasaba desapercibido en los lugares más conspicuos, lo asaltaban premoniciones sobre el futuro, aunque éstas apenas si involucraban percances sin importancia. De la misma forma, el protagonista se convirtió en el objeto de los desvelos amorosos de varias incautas. Tal vez, razonó, estos poderes podrían ser empleados “contra un desagradable régimen político”. El hecho descarnado era, sin embargo, que todos los que se habían aventurado a descifrar el lenguaje de la creación murieron violentamente. Preocupado, el narrador decide retirar uno de los inútiles engranes del interior de la caja y colocarlo en una bóveda de seguridad, borrar las iniciales de Bochart y abandonar casualmente la caja en una venta de garage en un anónimo pueblo en Massachussets. El narrador pensaba que de esta forma había burlado al destino. 

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La muerte de Culianu es una muestra del poder, no de las tradiciones herméticas sino más bien de la palabra escrita y de la imaginación. Atestigua lo peligrosa que puede ser la honestidad intelectual. Nunca conocí a Ioan Culianu. Tal vez, si hubiera llegado a Chicago un año antes lo habría visto subir al changarrito del edificio de Classics, acompañado de sus alumnos, para beber café y conversar largo rato, como era su costumbre. Ahora Ioan Culianu seguramente pasa las horas en el mítico Uqbar de Borges, explorando ruinas, aprendiendo la lengua de Tlön y burlándose de todos los tiranuelos de este mundo.