La revista WIRED de junio de l997 publica un artículo de Alex Frankel titulado Name-o-rama. Frankel, escritor vecino de San Francisco, es también ocasionalmente “consultor en nombres”, oficio que, como él mismo explica, lo ejercen personas que se dedican a encontrar patronímico, mote, esto es, a bautizar novedosos productos desarrollados por empresas de alta tecnología que por su originalidad y rareza no tienen un referente apelativo anterior por el cual se les pueda llamar. 

Frankel describe dos métodos para encontrar o inventar un nombre. Algunos consultores reúnen en sus oficinas a grupos formados por individuos poco parecidos entre sí. Un grupo de este tipo podría estar interesado por un escritor, una actriz, un decorador, un periodista, un lingüista y un fotógrafo. Una vez reunidos, se entregan a una frenética tormenta de ideas parecida a una sesión de improvisación jazzística, en la que los nombres saltan, van y vienen como palomitas de maíz bajo la supervisión de expertos que esperan de estos eclécticos arreglos de personas, resultados espontáneos, naturales y útiles. Un segundo método es el que rechaza la improvisación creativa en favor de un acercamiento casi “científico”, acumulando una enorme cantidad de morfemas (parte de las palabras que les da su significado) que reúnen para formar neologismos de acuerdo a los criterios que el cliente define. 

Independiente de la categoría del nombre o del método que se utilice para llegar a él, lo más importante para quienes solicitan los servicios de los bautizólogos es saber si el nombre inventado es capaz de servir como vehículo de comunicación de una idea o de contener en él varias esferas de significado que ayuden al comprador a relacionar al producto con esa idea. 

Consultores de nombres como Frankel han sido los creadores de marcas como Compaq, Pentium y PowerBook para empresas que lo solicitaron y que en cada caso debieron pagar no menos de 30 mil dólares por apelativo comprado, aunque no todos los nombres terminan siendo marcas comerciales.