Hace más de ciento cincuenta años Alexis de Tocqueville advirtió que una revolución democrática se operaba entre nosotros; “todos la ven -reconocía en la introducción a La democracia en América-, pero no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía, mientras que otros la juzgan irresistible, porque les parece el hecho más continuado, más antiguo y más permanente que la historia reconozca”. De este modo, lenta o aceleradamente según quien la mire, siguiendo un camino largo y sinuoso, plagado de marchas y contramarchas, de búsquedas tentativas y de pasos en zigzag, la democracia viene avanzando en México. Iniciada para algunos hace casi una década, en 1988, o para otros hace veinte años, con la reforma electoral de 1977, siguiendo a ratos una trama conocida y prevista por otros cambios de régimen político, del sur de Europa o de América Latina, inaugurando rutas nuevas o recreándose a sí misma, inventándose junto con la originalidad de su historia política y social, haciendo en definitiva camino al andar, la transición democrática mexicana está llegando al centro del país; al centro geográfico, con la elección del Jefe de Gobierno del DF, y parcialmente también al centro político del sistema, con la renovación de la Cámara de Diputados y con la posibilidad de que el partido de gobierno pierda la mayoría que ha detentado por muchos y repetidos años. Haciendo la salvedad de que a partir del 7 de julio habrá mucha tela por cortar, se me ocurre desde ahorita que estas elecciones marcan un punto de inflexión representado por la emergencia de tres cuestiones, más o menos nuevas, ante la consideración ciudadana. 

En primer lugar se avizora un importante cambio de problemática, un cambio de las cuestiones de la transición democrática propiamente dicha a los nuevos problemas de la gobernabilidad democrática. En un sentido importante están comenzando a salir de cuadro, a desplazarse del ojo de la tormenta, los temas relativos a la definición de las reglas de juego electoral, las disputas por organizar y vigilar las elecciones de manera democrática, y están empezando a emerger con más fuerza los problemas de gobernar democráticamente. Naturalmente, no estoy diciendo que los problemas electorales saldrán abruptamente de escena, pero si como esperamos estas elecciones continúan por la promisoria ruta de creciente transparencia, empezarán a acceder a un primer plano los entuertos propios de gobernar en un nuevo contexto, un esquema en el cual cada una de las fuerzas detenta, a distintos niveles gubernamentales, diferentes porciones de poder, y con ello se hacen necesarios esfuerzos originales para coordinar acciones, para cooperar en soluciones negociadas, para acordar políticas a fin de que sean efectivas. De hecho, de la posibilidad de que la cooperación prime sobre el conflicto, la negociación sobre el enfrentamiento, depende también la posibilidad de que el escenario político del “día después” sea más optimista que pesimista, o de lo contrario habrá que empezar a lamentar la “viceversa”. 

En segundo término, y ligado a lo anterior, lentamente irá cambiando también la composición de la agenda pública: desde los problemas de la construcción de una nueva institucionalidad para el régimen político pasarán a primer lugar, o volverán al primer lugar, los temas de la reconstrucción del Estado, los viejos adeudos de la desigualdad social, la unánime demanda de la población por el buen gobierno. Hace algún tiempo Daniel Bell decía que los Estados se han vuelto demasiado pequeños para tratar con los grandes problemas del mundo globalizado, pero se han vuelto también demasiado grandes para solucionar los “pequeños” problemas de la gente; desde el alcantarillado de una colonia hasta la provisión del agua potable, desde la limpieza de un parque hasta el eficaz combate al delito, la agenda pública ya ha comenzado a poblarse de reclamos puntuales, concretos, cotidianos. En una reciente encuesta de la Fundación Rosenblueth ante la pregunta general sobre la mejor opción de gobierno, cruzada por edad, nivel educativo y monto de ingresos, la respuesta reiterada de la gente fue “ninguno”; y este hecho debería ir encendiendo un foco de alerta en cualquiera de los equipos de gobierno que gane la jefatura del DF.1 

La tercera nueva cuestión que estas elecciones están haciendo surgir es el cambio en la noción misma de democracia. Sospecho que cada vez con mayor insistencia empezaremos a oír hablar de “gobiernos democráticos”, y menos de “la” democracia; y el asunto no es trivial. Hasta ahora, en el imaginario de importantes sectores sociales, en la simplificación de ciertos discursos políticos, y hasta en los anhelos de buena parte de los análisis académicos, “la” democracia aparece como una panacea para todos nuestros problemas, como el puerto de llegada donde nos espera la cálida realización de nuestros deseos. Bastaría simplemente recorrer la historia reciente de América Latina para recordar que los problemas de gobernabilidad que tuvieron buena parte de los países de reciente transición se dieron dentro de regímenes democráticos y no fuera de ellos. De este modo, y poco a poco, iremos pasando de una democracia sobrecargada de expectativas a gobiernos democráticos sobrecargados de demandas, pero en cualquier caso, pasaremos de “la” democracia imaginada, a los gobiernos democráticos de a deveras, con sus virtudes y sus defectos, con sus logros y sus requiebres, con sus limitaciones y sus posibilidades. Cuando progresivamente la oposición pase de reclamar que haya seguridad en las calles a tratar de ofrecerla, irá cambiando también ante los ojos de todos el hecho de que gobernar es solucionar problemas en contextos de restricciones; de aquí en adelante, muchos serán menos ilusos pero cada vez más conscientes de que gobernar es algo muy distinto a sonreír desde una buena foto, o pintar en las paredes llamativas consignas. 

Dicen que el progreso no es dejar de tener problemas, sino cambiar de los “viejos” a los “nuevos” problemas; y algo de eso, creo, tendremos después del 6 de julio, un renovado encuentro con la vieja verdad de que la política se inventó, hace ya muchos siglos, para solucionar los problemas de la gente.

1 Cfr. Este País. Tendencias y opiniones, junio de 1997.