En el siglo XIII, un tal Juan de la Capea se ahorcó por considerarse indigno de Francisco de Asis. Yo conocí a otro Capea, cantor, que a un pie vivía a imágenes de Barfly y San Francisco, encarnados en la pantalla por Mickey Rourke. Mi Juan Manuel Capea apareció en las tardes de tallereo literario en el Rufino Tamayo. Noté sus muletas y la mitad de pierna. No me atreví a preguntar. Fue mi amigo-hermano y confesor. Páginas de Frankl, Benedetti, León Felipe; los ritmos mediterráneos y las malas compañías de Serrat. “Perdí la pata en el metro”. Yo pensé que la sola mención del cortometraje El Héroe evitaría un nuevo intento. Capea llenó de cartas mi cajón y me ofreció un hombro telefónico. Hizo una canción con mi nombre. Se debatía entre el ideal franciscano y el hombre enamorado. Sus arrebatos en público me atemorizaban, aunque siempre era grato divisarlo en camino al snob de Polanco, donde solíamos encontrarnos para consumir un desayuno económico en lo que nos daban la una o las dos de la tarde. Cuando se refería a su enfermedad, yo le prestaba poca atención. Me parecía absurdo que un hombre tan bondadoso y agudo pudiera estar enfermo de algo. El día que volví de Cuba, su mamá me dijo que estaba internado en la San Rafael por un ataque depresivo. No fui a verlo. Volví a hablar con él sólo un par de veces después. Un lunes de diciembre, conforme avanzaba la noche, me embargaba una angustia desconocida: él se encaminaba hacia el riel. La noticia se dispersó una hora más tarde. “Otro suicida en el metro”, anunciaron en Ciudad Desnuda. Mi padre se acordó de Capea. Yo perdí un amigo y las estadísticas ganaron credibilidad: los hombres tienen una mayor tendencia a suicidarse por medios violentos, especialmente los lunes, sobre todo en la medida en que se acerca la Navidad. Yo había confiado en que la sola mención de El Héroe… Hace dos días volví a soñar con él. Le pregunté qué sintió al morir así: “igual que un jitomate aplastado”. Anoche, mientras le daba un aventón, aproveché para reprenderlo por haberse matado: “la vida exige arrojo, sí, pero no al metro, cabrón». El se quedó callado.